Los otros indignados
Llovía a cántaros en Oaxaca, sur de México. La caravana arribaba cansinamente en autobuses destartalados, a eso de las dos de la mañana, a la Plaza de la Danza, claro entre bonitas casas bajas de estilo colonial. Transcurría septiembre de 1997. Era la primera vez que el ejército de Marcos, el Sub a secas como se hacía llamar, marchaba desde la enmarañada selva Lacandona, en el Estado de Chiapas, hasta la polifacética ciudad de México. Los gobiernos mexicanos habían sido sordos a sus reclamos desde mucho antes de que empezaran los tiros, el 1° de enero de 1994. Esa fecha coincidió con el ingreso de México en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC, en español; Nafta, en inglés). Nafta o gasolina echó al fuego el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). El presidente Carlos Salinas de Gortari, bendecido por su par Bill Clinton, rociaba con champaña los brindis de una noche que prometía ser inolvidable en Los Pinos, sede del gobierno. El año nuevo significaba el comienzo de una era auspiciosa (leer más)
