Cuando llueve, diluvia




Los magros resultados de la cumbre del G-20 demorarán la solución de varios asuntos

La nave va, pero “sigue habiendo riesgos”. Es el punto más preciso de la recatada declaración final del G-20, dominada por el temor a una recaída en el proteccionismo capaz de revivir los fantasmas de la Gran Depresión de 1930. Los daños colaterales son públicos y notorios mientras arrecian las protestas contra los ajustes drásticos. El escaso progreso de los Objetivos del Milenio, pautados por las Naciones Unidas para 2015, refleja cuánto pueden demorarse metas tan necesarias como la reducción de la pobreza y el hambre a la mitad de los índices de 1990, dos tercios de la tasa de mortalidad infantil y las tres cuartas partes de la mortalidad materna.

De la cumbre de Seúl no surgieron certezas, sino discrepancias. Y esas discrepancias, centradas en la guerra de divisas entre China y los Estados Unidos, demoran, también, la solución de otros pendientes cruciales, como el tráfico de armas, drogas y seres humanos; el lavado de dinero, y la violación de los derechos de propiedad intelectual. Son las cinco guerras de la globalización, como supo definirlas Moisés Naím en su libro Ilícito. Esas guerras están entrelazadas entre sí: “Las fuerzas que impulsan el auge económico y político de las redes mundiales de contrabandistas son las mismas que motorizan la globalización”.

En Europa, el narcotráfico traza nuevas rutas y monta laboratorios cada vez más sofisticados para perfeccionar sus técnicas de elaboración de drogas, según el informe anual del Observatorio Europeo de Droga y Toxicodependencia (OEDT). “Los traficantes y sus cómplices controlan partidos políticos, poseen importantes empresas mediáticas o son los principales filántropos que se ocultan tras las organizaciones no gubernamentales”, señala Naím, ex ministro venezolano y director de la revista Foreign Policy. Las grandes redes de tráfico tienden a imitar a las grandes compañías: se diversifican e invierten en política para armarse de una insultante impunidad.

De ella se valen para trasponer fronteras y despachar embarques con un saldo inaudito de muertes. Sólo en México, sumido en la guerra contra el narcotráfico, 10.035 personas perdieron la vida entre el 1° de enero y el 3 de noviembre, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Es de tal magnitud de la violencia en América latina en general que un 85 por ciento de su población ve ahora con buenos ojos a las fuerzas armadas después de haberlas denostado en algunos países por los crímenes cometidos al amparo de las dictaduras militares. El 91 por ciento de la gente “se muestra amenazado por alguna forma de delincuencia”, señala la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

En el estudio de opinión pública Gobernabilidad y Convivencia Democrática en América Latina 2009-2010, realizado en 28 ciudades de 18 países, dice Flacso que siete de cada diez personas temen ser víctimas de un delito. Ven la semilla de la violencia en el desempleo (21 por ciento), la falta de oportunidades educativas (18 por ciento) y la pobreza (12 por ciento), “siendo los tres elementos consecuencias tangibles de la reducida confianza social con la que cuentan las estructuras de gobierno”. El 58 por ciento, a su vez, percibe que en sus comunidades hay venta y consumo de drogas, y el 60 por ciento cree que la policía no cuenta con los medios necesarios para repeler al narcotráfico.

Tanto descalabro viene a ser consecuencia de la incertidumbre económica y la flaqueza institucional. ¿Es culpable una mujer que ha ingresado en forma ilegal en otro país y logra proporcionar bienestar a sus suyos dedicándose a la prostitución o vendiendo productos falsificados? Ciertos hábitos, aunque vayan contra la ley, han terminado siendo aceptados, como las películas piratas; los cigarrillos contrabandeados, y los relojes, el software, los discos y hasta los medicamentos falsificados. En las ciudades más o menos grandes de la región abunda la oferta en la vía pública. Es otro síntoma de la complacencia de los Estados frente a fenómenos que parecen inofensivos, pero terminan siendo nocivos.

¿Qué habría sucedido si el gobierno de Colombia hubiera aceptado la propuesta del narcotraficante más poderoso de la historia, Pablo Escobar, jefe del cartel de Medellín, de pagar la deuda externa? Le hizo la misma oferta a Panamá. Años después, “a muchos adolescentes estadounidenses les resulta más fácil conseguir un cigarrillo de marihuana que comprar una botella de vodka o un paquete de tabaco, y saben que, al hacerlo, en realidad no corren un riesgo grave –observa Naím–. Mientras tanto, honestos jueces y policías colombianos son acribillados en una guerra contra la droga que el gobierno estadounidense financia nada menos que con 40.000 millones de dólares anuales.” La aparente contradicción refleja la dimensión del negocio.

En Seúl no se abordaron estos temas ni los Objetivos del Milenio. Los gobiernos de los países desarrollados y emergentes establecieron  “lineamientos indicativos” para medir los desequilibrios entre sus economías, pero prefirieron discutirlos sólo en el primer semestre del 2011. “El crecimiento desigual y los amplios desequilibrios están creando tentaciones de abandonar las soluciones globales y adoptar medidas no coordinadas”, advierten en la declaración final. Es lacónico: cuando llueve, diluvia. Y, mientras tanto, la nave va. ¿Dónde? Esa es la cuestión.



1 Comment

Enlaces y comentarios

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.