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Política

Invasión Big Mac

Apenas estalló la crisis de Kosovo, decenas de personas indignadas por los bombardeos de la OTAN contra los dominios de Slobodan Milosevic asaltaron, en Belgrado, el edificio vacío de la embajada norteamericana y, vaya paradoja, dos restaurantes McDonald’s. ¿Qué culpa habrá tenido el reino del Big Mac de las decisiones de Bill Clinton y compañía? Ninguna, seguramente. Es la otra guerra, o la otra reprimenda, de la guerra, o de la reprimenda, de los Balcanes, en la cual Milosevic y Clinton, independientemente de la OTAN y de los refugiados, apelaron desde el comienzo al intercambio del poco honroso mote de Adolf Hitler, desvirtuando de ese modo, en un juego semántico peligroso, el horror que significó el Holocausto. En esta otra guerra, o reprimenda, no cuentan los serbios ni los norteamericanos, sino sus líderes, como un asunto personal. En medio del ping-pong, con un villano que se siente héroe y víctima a la vez mientras las manos heróicas de sus víctimas luchan en el cielo por una hogaza de pan, la otra cara de Clinton, amante (leer más)