Haz lo que digo, no lo que hago




Casi sin inhibiciones, los Estados Unidos imponen condiciones frente a instancias capaces de perjudicar sus intereses

DESPUES del 11 de septiembre, George W. Bush preguntó: “¿Por qué nos odian?” No obtuvo más respuesta que el silencio. Piadoso, en algunos casos. Prudente, en otros. Fraguado, como los escombros de las Torres Gemelas, en rencores, y en reproches, soslayados por las circunstancias. No era momento, ni lugar, para meter baza en la razón, si pudo existir, del atropello contra la razón. Unánime el silencio, pues, frente al duelo de un pueblo laborioso, devoto, optimista, más propenso a la ingenuidad que a la ironía y menos inquieto por el mundo exterior que por la vida extraterrestre. Convencido del mérito de haber nacido, y crecido, en el país más grande, más civilizado, más justo, más democrático y más poderoso del universo y alrededores.

Invulnerable, hasta aquella mañana, creía el norteamericano medio que era su país. Más concentrado en los asuntos del condado que en los asuntos estatales y federales. Menos sensible al proteccionismo del acero, los subsidios a la agricultura, la emisión nociva de gases, las armas biológicas, los experimentos nucleares, las minas antipersonales o la extracción de petróleo en una región ecológica como Alaska que a la liga de béisbol. Liga mundial, por más que sólo intervengan equipos propios.

No por ello egoísta, sino formado, e informado, con la consigna de preservar el interés nacional ante todo y ante todos a pesar de haber registrado, y exportado, las virtudes de la globalización. De la igualdad, de la tolerancia. Herido, sin embargo, por los traumas de Pearl Harbour y de Vietnam. Herido, ahora, por una catástrofe con restricciones: no apta para menores de 18 años, en Hollywood; apta para todo público, en CNN. Capaz de alterar aún más la relación con el planeta y, si cuadra, hasta con Dios. Al punto que Bush trazó una raya con la cruzada entre el bien y el mal.

Arco, o arca, por la cual ha procurado imponer, más que establecer, el liderazgo. La hegemonía, de modo de refirmar, puertas adentro, las consignas del país más grande, más civilizado, más justo, más democrático, más poderoso. Sin distinguir, puertas afuera, entre los aliados y los otros. Los malos. Súbitamente intimidados, todos, ante la creación del Tribunal Criminal Internacional.

Setenta y siete países. Entre ellos, la Argentina figura entre los primeros signatarios, como miembro fundador, desde el Estatuto de Roma, en 1998. Pero Bush, avalado por el Capitolio, no ve con buenos ojos que un tribunal permanente juzgue criminales de guerra internacionales y, como correlato de ello, impida abusos. Rigidez por la cual esgrime, más allá de sus ventajas comparativas, razones de Estado.

Sustentadas, en realidad, sobre el concepto de imperio que el norteamericano medio procuraba disimular. O atenuar. Hasta los atentados terroristas, al menos. Antes, digamos. Ya no, poniendo en un aprieto, o entre la espada y la pared, a aquellos que creyeron que la globalización, la igualdad y la tolerancia eran valores compartidos. En tanto no afecten el interés nacional, folks: todo país que participe del Tribunal quedará huérfano, en principio, de ayuda militar de los Estados Unidos.

De espaldas a un mundo cada vez más peligroso en el cual los norteamericanos, a falta de emociones, hasta tienen un servicio de secuestros a la carta, en Nueva York, por el cual las presuntas víctimas pagan entre 500 y 1500 dólares con tal de ser amordazadas y ocultas durante horas o días. Otra excusa para no ir de vacaciones a Colombia, México o la Argentina.

La jugada de Bush consiste en exceptuar a los norteamericanos de los alcances del Tribunal. De ahí que presione, o amenace, mientras, con el presupuesto más elevado de la historia para combatir el terrorismo, dispone de leyes por las cuales hasta podría recurrir a la fuerza con tal de rescatar a un compatriota sometido a juicio.

Omite, no obstante ello, la lógica que intenta aplicar en la caza de seres poco recomendables para la cena, como Slobodan Milosevic o Saddam Hussein. Con todas las armas para evadir procesos en sus países mediante manipulaciones y otras artes. Pésimas, todas ellas. Frecuentes, empero, mientras no exista una instancia superior como el Tribunal de marras. ¿Qué teme Bush? La humillación de ver a un norteamericano en el banquillo. O de convalidar la igualdad y la tolerancia como ejes de la globalización.

Imperdonable sería. Tan imperdonable, tal vez, como ignorar el derecho de otros países a crearlo. En esencia, no está diseñado con espíritu de revancha contra los Estados Unidos, sino con intención de juzgar genocidios, crímenes de guerra y atentados contra la humanidad. No para rever los bombardeos contra Hiroshima y Hanoi.

Doble visión, entonces. O doble moral. En un repliegue abrupto hacia el conservadurismo compasivo (sin compasión para países en crisis, como la Argentina), el patriotismo informativo (coartada la libertad de los canales de televisión de exhibir un video en el que aparezca Osama ben Laden) y el fundamentalismo religioso (cruzado de la fe, al fin, en la lucha contra el mal).

Vacilante, al comienzo. Enérgico, después. Envuelto en ecuaciones que, suma que te suma, no dan: dos más dos, cinco, y Bush, revisadas las controvertidas boletas de Palm Beach, terminó ganando las elecciones. Renuente, tanto él como Al Gore, su rival, a una virtual intervención de veedores de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Como en el Perú de Fujimori.

Situación, ridícula por sí misma, que ningún norteamericano habría aceptado. Ni permitido. Cual intromisión en el derecho soberano de elegir a sus representantes. O de tomar decisiones. Que, después de los atentados, han fomentado, en el inconsciente colectivo, la idea descabellada de un republicano duro como Pat Buckanan de tender alambres de púas, o murallas, en la frontera sur.

Acosado, más allá de la influencia maligna de los factores externos, por los escándalos domésticos. De números que tampoco dan en los balances de Enron, WorldCom, Global Crossing, Merk, Tiko y otros colosos del ala más firme de la economía (energía y comunicación, en especial) en los cuales Bush, hombre de negocios antes de ser gobernador de Texas, no parece libre de pecado. Ni su vicepresidente, Dick Cheney. Ni otros miembros del gobierno. No expuestos, por cierto, al Tribunal Criminal Internacional.

Orientado a prevenir, más que a reprimir. O, precisamente, a evitar masacres, réplicas y daños colaterales. Caso Kosovo, pisoteados los derechos humanos de los albaneses por Milosevic. Enjuiciado en un tribunal extraordinario, en La Haya, que no contempla revisar los motivos del bombardeo de la alianza atlántica (OTAN) contra la embajada china en Belgrado o de las muertes de civiles en la represalia contra el régimen talibán en Afganistán.

Ayudamos a Brasil y a Uruguay, en otro plano, pero excluimos, o ninguneamos, a la Argentina. Creemos en unos, no en los otros, pero, en el fondo, o en el Fondo Monetario, desconfiamos de todos. Aliados y malos. Y, mientras Bush prepara la invasión de Irak y el derrocamiento de Hussein sin reparar en la premisa constitucional por la que sólo el Congreso puede declarar una guerra, insiste con la pregunta: “¿Por qué nos odian?” Recurrente, como la concepción del país más grande, más civilizado, más justo, más democrático. Más poderoso.



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