Sonríe, mañana será peor




El 11 de septiembre y los colapsos financieros han acentuado el escepticismo de la gente y el descrédito de los políticos

Era una mañana de invierno. Fría, ventosa. Alejandro Magno, o El Grande, marchaba rumbo a la India; iba a conquistar el mundo, decía. En el itsmo de Corinto se topó con Diógenes, el filósofo. Quedó  deslumbrado, viéndolo tumbado, irreverente frente al poder y la gloria. Lo llamó señor, trato que no dispensaba a nadie. Y quiso saber si podía hacer algo por él. Muy poco, obtuvo como respuesta, que te apartes del sol.

Si Alejandro fuera un político contemporáneo, la gente proferiría, tal vez, el desplante de Diógenes: que se aparte del sol. Que se vaya Chávez, en Venezuela. Que se vaya Toledo, en Perú. Que se vayan los defensores de los inmigrantes, en Europa. Que se vayan Arafat y Sharon, en Medio Oriente. Que se vayan los cómplices de los estafadores, en los Estados Unidos. Que se vayan todos, en la Argentina.

La ola de escepticismo, corregida y aumentada por los atentados terroristas y por los colapsos financieros en Nueva York, no respeta fronteras. Ni repara en ellas, por más que el césped tienda a verse más verde del otro lado de la valla. Es como el grano en la nariz que, en apariencia, afea el vestido más sugerente y, por añadidura, la cara más bonita.

Aquel que aspira a un cargo público provoca dudas. O, peor aún, sospechas. Aquí, allá y más allá. Sobre todo, porque sus ingresos, en tanto y en cuanto sean sanctos, dependerán de impuestos que, por sí mismos, no despiertan entusiasmo. Como no despiertan entusiasmo las elecciones, en especial en donde no ha habido rutina democrática. Asunto que compete sólo a los políticos, o militantes, que, en algún momento, serán partícipes de ellas.

Motivo de ausentismo, en algunos casos. O de desinterés, en otros. Como si se tratara de la crónica de un fraude anunciado, y crónico, en el que no priman promesas, ni ilusiones, sino apenas certezas: nada es tan fácil como parece, todo tarda más de lo que uno cree, siempre será cuesta arriba y, con suerte, nadie puede caerse del suelo.

Ondas de paz y amor, pues: pare de sufrir. Pero, mientras tanto, el pesimista se queja del viento, el optimista espera que cambie y el realista ajusta las velas. En eso estamos, ajustando las velas, dejando que el pesimista, como Diógenes, sólo pretenda seguir tumbado al sol y el optimista, como Alejandro, sólo pretenda seguir conquistando el mundo. El realista, a mitad de camino, parece empeñado en curarse de promesas incumplidas. De demagogias baratas. De populismo.

No hace negocio, sin embargo, si obtiene como respuesta sólo alergia a las urnas. O falta de expectativas de cambio, como ha sucedido en las elecciones de Francia, de Italia, de Bolivia, de Colombia, de la Argentina…. La concurrencia magra de votantes, frecuente en los Estados Unidos, no tiene por qué deparar escepticismo, aunque, desde los derrumbes de las Torres Gemelas y de Enron, las teorías apocalípticas hayan desplazado a las teorías conspirativas.

Menudo favor al capitalismo, avenida ancha por la cual transitan las democracias modernas, están haciéndole los descalabros contables de compañías norteamericanas de fachada poderosa. Pagan justos por pecadores. En los Estados Unidos, de hecho, la tercera parte de la población no busca fondos en el circuito bancario, sino en el mercado de valores. Con el cual, incluso, planifica su futuro a pesar de las pérdidas que vienen acumulando los índices Dow Jones y Nasdaq desde enero de 2000.

Es el grano en la nariz, después de los atentados terroristas, por el cual no fallan las políticas ni los políticos, sino el sistema, con una repercusión enorme fronteras afuera. El consumo de los norteamericanos representa un cuarto del consumo mundial. Si la tercera parte de ellos se queda sin dinero, tampoco necesitará reponer stocks. Y, en ese caso, bajarán las importaciones; es decir, las exportaciones de los otros países. Que, a su vez, no deberán producir la misma cantidad y, por lo tanto, prescindirán de hombres, y herramientas, mientras los hombres, no las herramientas, advierten, en casa, que no pueden confiar en aquel que, en su afán de ganar elecciones, reparte certidumbres, o incertidumbres como en la Argentina, en lugar de panes.

El dinero se ha inventado para saber cuánto debemos, al parecer. Cuando habla, la verdad calla, según los chinos. La acción de una compañía líder como WorldCom cayó, en tres años, de 63 dólares a un quarter (25 centavos). Es un escándalo. Que, con bancarrotas en cadena, roza al vicepresidente de los Estados Unidos, Dick Cheney, demandado por haber engordado los beneficios de la petrolera Halliburton Corporation con el asesoramiento de la firma de auditores Arthur Andersen, contratada, también, por Enron.

Serio revés para un bien caro y, al mismo tiempo, escaso: la confianza. Hasta George W. Bush está en aprietos por haber vendido acciones de una petrolera que regenteaba en 1990, Harken Energy, sin haberlo notificado correctamente a los organismos reguladores. Días después, cerrada la compra de un equipo de béisbol de Texas con el cual hizo el único negocio rentable de su vida, el precio de las acciones cayó en picada. Tardó un año en recuperarse.

Todo parecido con la crisis de los bancos argentinos, en los cuales la gente depositó su confianza como los norteamericanos en Wall Street, no es casual, entonces. Ni antojadizo. Así como no es casual, ni antojadizo, que, cada tanto, un presidente latinoamericano se queje del viento. O de las calificadoras de riesgo. Caso Fernando Henrique Cardoso, agobiado por el fenómeno Lula: “Es cruel que unos jovencitos que mal conocen la realidad de una nación le rebajen, desde su escritorio, la nota a un país entero”, dijo.

Ofuscado e impotente frente a los daños colaterales del sistema. Para el cual el senador norteamericano John McCain, opuesto como todo republicano a la regulación de la actividad privada, ha pedido correcciones profundas. Casi una redefinición, abogando por el restablecimiento del sistema gubernamental de comprobaciones y balances, de modo de devolver la confianza a los inversores.

Rara parábola de un conservador, rival de Bush en las primarias partidarias, después de concluir que las compañías en apuros inventaron ingresos, disfrazaron gastos en inversiones, hincharon artificialmente sus beneficios y ocultaron deudas fuera del balance por medio de sus filiales mientras sus ejecutivos maximizaban sus salarios, a espaldas de los clientes, con el auxilio de venerables sociedades auditoras que destruían documentos para esconder las fechorías.

Alejandro, el optimista, tenía un proyecto; Diógenes, el pesimista, tenía una excusa. El realista contemporáneo, más cerca del escepticismo que de la confianza, carga con el lastre apocalíptico del 11 de septiembre, contagiado con la seguridad como horizonte, y de los colapsos financieros, contagiados con la inseguridad como posibilidad. Es mejor no saber cómo se hacen las salchichas ni las leyes, dicen. Y apartarse del sol.



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