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Donald Trump pagó con creces haberse envalentonado contra Irán cuando no entrañaba riesgo alguno para Estados Unidos. Fue la causa de la derrota de los republicanos en las elecciones de medio término, según el vicepresidente JD Vance. Una de las causas, en realidad. La popularidad de Trump cabalga cuesta abajo por el declive de la economía; el impacto doméstico de los aranceles revoleados a diestra y siniestra; las redadas contra los inmigrantes, y siguen las firmas. Frutos de órdenes ejecutivas, práctica habitual de su segundo gobierno para prescindir del Congreso, más allá de contar con mayoría en ambas cámaras.
La bluenami, asociación de blue por el color azul de los demócratas y la palabra tsunami, gana fuelle después de un referéndum, como todo comicio de mitad de mandato en el cual suelen perder los partidos de gobierno, y coincide, allende las fronteras norteamericanas, con el reciente batacazo de Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta de Brasil después de haber mordido el polvo en la primera frente a Flávio Bolsonaro, nuevo protegido de Trump; las horas bajas de Benjamin Netanyahu, y la renuncia y el juicio político de otro de sus aliados, Santiago Peña, presidente de Paraguay.
Golpazos en la región para la Doctrina Donroe. La Estrategia de Seguridad Nacional, estrenada con la captura de Nicolás Maduro y de su mujer, Cilia Flores, en Venezuela, consta de cuatro ítems titulados Corolario Trump. Validan la consigna America First con un mensaje implícito: América para los norteamericanos. Se trata de una adaptación de la Doctrina Monroe, aquella que puso a raya la influencia de Europa en el hemisferio occidental en el siglo XIX. El plan incluye apoyo económico de ser necesario, como ocurrió en las elecciones de medio término de 2025 en Argentina frente a un virtual traspié de Javier Milei.
El pase de factura del vicepresidente Vance, cultor del movimiento MAGA, precipitó la carrera para la sucesión presidencial en las filas republicanas
No es casual cualquier parecido con el reparto de los petrodólares de Hugo Chávez, al margen de militar en facciones opuestas. Trump prometió a cada ciudadano de su país un cheque de 5.000 dólares, proveniente de las arcas estatales, no de su enorme fortuna, si los republicanos retenían el Congreso. Una promesa tan inusual en casa como impúdica más allá de sus fronteras. Al final del día, los suyos perdieron algo más que escaños. Estados en los cuales se creían imbatibles, como Texas, Carolina del Sur y Kansas, entre otros, quedaron en manos demócratas.
El pase de factura del vicepresidente Vance, cultor del movimiento MAGA, precipitó la carrera para la sucesión presidencial en las filas republicanas. En Israel, a su vez, cayó como una piedra la decisión de Trump de suspender a fin de año la ayuda financiera de 4.000 millones de dólares anuales, anunciada el mismo día de las elecciones. Expiraba en 2028. Un intento desesperado de ganar votos sobre la hora mientras peligra la permanencia de Netanyahu tras los comicios en su país. El líder opositor, Gadi Eisenkot, podría formar gobierno con los partidos árabes.
Golpazos, también, para Milei tras su segundo viaje a España en pocos días. Esta vez, después de haber insultado al presidente Pedro Sánchez, participó de la insulsa Cumbre Iberoamericana. Sin fuego cruzado con Sánchez, Milei se limitó a estrecharle la mano, así como al rey Felipe VI, antes de equiparar al socialismo con el fascismo durante su discurso. Solo se reunió con el líder de Vox, Santiago Abascal, y con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, encantada de usarlo como en la visita anterior para tomar distancia de Alberto Núñez Feijóo, secretario general y candidato presidencial del PP, su partido.
Tras el fiasco de Trump, la derrota de Bolsonaro, el eventual final de Netanyahu, Milei vio caer varias fichas en el casillero político. La renuncia y el juicio político de Peña, su par de Paraguay, tras el colapso del Ueno Bank, del cual había sido accionista a través de Ueno Holding, resquebrajó aún más la premisa de “pintar el continente de azul”, cual símbolo del avance de líderes afines. Curiosa analogía con el color azul de Estados Unidos, adoptado por los demócratas en las reñidas presidenciales de 2000 por imperio de los canales de televisión a contramano de la tradición británica de usarlo para los conservadores.

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