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A la política económica global se le suelen imputar innumerables defectos, pero jamás se le podrá objetar la falta de creatividad cuando la necesidad de votos apremia y el calendario electoral impone urgencias. Donald Trump tiene un talento imbatible, casi místico: la milagrosa capacidad de transformar la ortodoxia conservadora de Estados Unidos en una especie de populismo de feria en un solo discurso de campaña. El último conejo que sacó de la galera de cara a las elecciones de medio término de noviembre haría sonrojar al más entusiasta economista heterodoxo iberoamericano.
La propuesta es tan simple como asombrosa: entregar un cheque de 5.000 dólares a cada ciudadano adulto. La inusitada generosidad viene acompañada de una letra chica que haría sonrojar a los viejos caudillos clientelistas de la región: el dinero solo se liberará si los votantes eligen en forma correcta y le garantizan al Partido Republicano el control absoluto de la Cámara de Representantes y el Senado. Algo así como una compra de votos descarada, sin filtro, en un país que arrastra una deuda externa récord de algo así como 35 billones de dólares.
El pragmatismo transaccional de la medida refleja una metamorfosis ideológica sin precedente. El argumento oficial para justificar este desembolso masivo roza el realismo mágico financiero. El colosal río de dinero no saldría de la máquina de imprimir billetes de la Reserva Federal, sino de los aranceles a las importaciones. Draconianos, por cierto, así como los recortes masivos de la burocracia estatal. Un banquete a cargo de China, Europa o México, más allá de que los aranceles sean, en realidad, un impuesto al consumidor norteamericano.
Los paladines del rigor fiscal se ven obligados ahora a aceptar el edicto del jefe para salvar a la nación
La idea de inyectar de buenas a primeras más de 1,3 billones de dólares adicionales al pasivo, que es el costo estimado de otorgarles el premio a unos 260 millones de adultos, resulta, cuanto menos, temeraria. Ni los republicanos reunidos en una convención partidaria atípica porque se realizó en vísperas de elecciones legislativas, no de presidenciales como suele ocurrir, estaban al tanto del anuncio de Trump. El Tesoro gasta más en pagar los intereses de la deuda que en Defensa con una guerra en curso, la de Irán, y otras intervenciones en el exterior, o en programas cruciales como el de salud Medicare.
Una porción gigantesca de la deuda está en manos de acreedores extranjeros, con Japón y, paradójicamente, China a la cabeza. Los republicanos, celosos guardianes de las finanzas públicas, se toman la cabeza con las manos. Militaban en el partido de la austeridad, el de Ronald Reagan, y eran alérgicos a las intervenciones estatales al estilo del peronismo argentino con su último hit electoral, el plan platita. Cara y cesa con el gran aliado de Trump en el continente, Javier Milei. Los paladines del rigor fiscal se ven obligados ahora a aceptar el edicto del jefe para salvar a la nación.
Patriótico y patético en un país que predicó durante décadas ajustes en el territorio comprendido por la Doctrina Donroe. En la era de la polarización extrema y la transacción directa, el llamado Dividendo Trump no requiere demasiada lectura ni debate: votá a mi partido, aunque yo no figure entre los candidatos, y te transfiero 5.000 dólares si ganamos. Después del anuncio, el vicepresidente JD Vance procuró descafeinarlo: del premio quedarán excluidos los norteamericanos con mayores ingresos. Pretendió ser un alivio, pero la bomba ya había estallado.

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