|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Flaco favor les hizo Javier Milei a su amigo Flávio Bolsonaro, candidato presidencial en Brasil, y a su propio país, Argentina, con sus insultos en estéreo contra Luis Inácio Lula da Silva. Primero, en un mitin en San Pablo; después, en una entrevista televisiva en Buenos Aires. Sus diatribas desembocaron en la decisión de Lula de retirar a su embajador en Buenos Aires. Lejos estuvieron de apuntalar al hijo de Jair Bolsonaro, preso por el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023. Mala copia de los muchachos trumpistas dos años y dos días antes en Estados Unidos.
Milei desató una tormenta diplomática inédita entre los dos miembros fundadores del Mercosur. La distancia ideológica con Lula se reduce a la tentación demagógica de transformar los vínculos internacionales en un apéndice de la política doméstica. Con esa retórica insiste en cavar trincheras. Las cadenas de valor industrial, el sector automotriz, los agronegocios y el intercambio energético continúan operando por necesidad de supervivencia. Los empresarios de ambos lados de la frontera comprenden aquello que los mandatarios prefieren ignorar: la geografía no se elige y la interdependencia es un activo que la pirotecnia verbal no puede desmantelar.
La dinámica de la polarización, solo funcional para políticos que se valen de un sinfín de usuarios de redes sociales que ven el mundo en blanco o negro, coincide con el empeño de Donald Trump en favorecer a Bolsonaro en las presidenciales del 4 de octubre. Otra práctica que se ha naturalizado: el apoyo de mandatarios a líderes o pares de otros países sin reparar en el principio de no intervención, piedra angular del ordenamiento jurídico mundial. La diplomacia electoral, ensayada con Milei en los comicios de medio término de Argentina, sirve tanto para apuntalar a un candidato afín como para despotricar a otro que no sea de su agrado.
El rencor se retroalimenta y llega a extremos en los cuales las rencillas personales terminan siendo un asunto de Estado
No la creó Trump, en realidad. En 2017, Barack Obama se pronunció a favor de Emmanuel Macron, o en contra de Marine Le Pen, antes de la segunda vuelta de las presidenciales de Francia. Años antes, en 1996, otro presidente demócrata, Bill Clinton, había adoptado una postura similar con Shimon Peres tras el asesinato del primer ministro israelí Yitzhak Rabin. En los años 2000, Hugo Chávez arropó en su galaxia rosa a Evo Morales en Bolivia, Ollanta Humala en Perú y Rafael Correa en Ecuador, entre otros. Luego iba a venir Trump con su apoyo a Boris Johnson y el Brexit en Reino Unido; Viktor Orbán en Hungría; Bolsonaro; Milei, y compañía.
Poco a poco, tanto Trump como Milei se cobran caro el virtual respaldo de mandatarios extranjeros a sus rivales. Uno, con el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, humillado en el Salón Oval por haber hecho campaña a favor de los demócratas durante los comicios de 2024. El otro contra Lula; el presidente de España, Pedro Sánchez, y los expresidentes Gustavo Petro, de Colombia, y Andrés Manuel López Obrador, de México, por haber grabado videos a favor de su rival en las presidenciales de 2023, Sergio Massa. El rencor se retroalimenta y llega a extremos en los cuales las rencillas personales terminan siendo un asunto de Estado.
Si esto ocurre en la superficie, peores aún son las tropelías secretas para empiojar las campañas y los votos con tácticas de desinformación, financiación ilícita y operaciones en el ciberespacio, ahora dominado por la inteligencia artificial. En la periferia de la Unión Europea, Moldavia y Georgia se han convertido en un campo de prueba para las herramientas de influencia de Rusia mientras Trump insiste en clamar contra la intrusión de China en las elecciones que perdió con Joe Biden en 2020. Denuncia habitual en Taiwán, blanco de contenidos manipulados y comunicados falsos del régimen de Xi Jinping.
En Eslovaquia, Rumania y la región de los Balcanes, la intromisión de Rusia y la inyección de fondos opacos en partidos emergentes de corte ultranacionalista o populista con donaciones difíciles de rastrear buscan debilitar el consenso trasatlántico e interrumpir el apoyo a Ucrania. La llamada guerra cognitiva también afecta a Brasil, donde el poder del agronegocio, las iglesias evangélicas y los sectores vinculados con la seguridad pujan contra la reelección de Lula, así como los aranceles, la revocación de visas a altos funcionarios y la presión diplomática directa de Trump, abonada por la cruzada de Milei. Sin medir las consecuencias nacionales y regionales.

Be the first to comment