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La historia no se repite, pero a menudo rima con un eco perturbador. En mayo de 1924, el representante republicano Albert Johnson justificó ante el Capitolio la drástica Ley de Inmigración con una sentencia terminal: «Se ha vuelto necesario que Estados Unidos deje de funcionar como un asilo». Poco más de un siglo después, la misma retórica eugénica y nativista recobra impulso con la discrecionalidad de Donald Trump y la complacencia de los tribunales. Caldo de cultivo de los excesos públicos y notorios del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) contra todo el que no sea o no parezca nativo, observa The New York Times.
Aquello que en los albores del siglo XX requería cuotas legislativas para frenar el flujo de italianos, polacos y asiáticos ahora depende de órdenes ejecutivas de la Casa Blanca: la cancelación del asilo en la frontera sur, el fin de los estatus de protección temporal, la selección explícita de refugiados bajo el yugo de la «capacidad de asimilación» y la suspensión de la migración de decenas de naciones de África y Medio Oriente. Coinciden los argumentos en defensa de la identidad y la seguridad, pero esa retórica, la del control y la violencia, choca de frente con un costo político insoslayable. Más aún en un año electoral.
Mientras el ICE y la Patrulla Fronteriza expulsan inmigrantes, muchos de ellos afincados desde hace años y con los papeles en regla, España procura impedir el ingresode marroquíes vía Ceuta y Melilla, sus enclaves en el norte de África, después de haber anunciado una legalización masiva de indocumentados. Se trata del espejo europeo del mismo drama: uno echa a los radicados; el otro repele a los desesperados. El frágil edificio de la solidaridad continental se desmorona frente a un giro conservador e identitario afín al norteamericano. El llamado efecto llamada, denunciado por la primera ministra de Italia, Georgia Meloni, amenaza con restablecer controles internos e incluso suspender el espacio Schengen, de libre circulación de personas.
Un arma de doble filo, aunque, como en los años veinte, ya no se muestren dispuestos a recibir a “tus cansados, tus pobres, tus masas hacinadas”
La renuncia a la integración a favor del blindaje nacional retrotrae las agujas. Convierte al extranjero en una amenaza existencial para justificar la suspensión del derecho de asilo y la erosión de los estándares humanitarios y a las fronteras en trincheras políticas con una pretendida renta electoral. Trump está a punto de poner a prueba su gobernabilidad en el último tramo de su mandato con sus políticas de detención masiva, reducción arbitraria del estatus de protección y retórica punitiva para movilizar a las bases más duras del movimiento MAGA, desencantado con la creación de guerras innecesarias, como la de Irán.
Sectores cercanos a las filas conservadoras perciben a la maquinaria de deportación como una amenaza a sus familias e industrias. La agricultura, la construcción, la hostelería y la salud sufren escasez de mano de obra. En Estados con peso agroindustrial y de servicios, los republicanos expresan preocupación por las pérdidas. La idea de que detener el flujo migratorio fortalecía la economía choca con cosechas sin recoger y costos operativos al alza. Un arma de doble filo: como en los años veinte, no estén dispuestos a recibir a “tus cansados, tus pobres, tus masas hacinadas”. Rima con la España de Pedro Sánchez, en las antípodas de Trump.

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