Cara o Meca
El retorno de los refugiados palestinos a Israel, como pide Arafat, sería echar combustible al fuego que acecha la región Pasan los primeros ministros de Israel. Pasan los presidentes de los Estados Unidos. Pasan hasta los líderes árabes. Pero Yasser Arafat queda. ¿Cómo queda ahora? Queda, en el barranco en el que cayó el proceso de paz, como el intérprete de un pueblo atado por generaciones a una reparación histórica que, por justa que sea, no es necesariamente sabia ni, menos aún, oportuna: el retorno de los refugiados palestinos a territorios cuya gente habla otra lengua, profesa otra religión y cultiva otra cultura. El retorno, o la invitación, a nuevos enfrentamientos. El último Arafat es, quizá, más rígido que el primero. Es más quisquilloso. Y es, a su vez, tan vacilante como su mentón mientras libra una guerra íntima, e inconfesa, contra sus contradicciones. Sabe que, como Ehud Barak y Bill Clinton, juega contra el tiempo. No por razones políticas, en su caso. Pero, igualmente, insiste en jalar al máximo una cuerda delgada, aunque se (leer más)
