Presidente por un rato




Haya ganado Bush o haya ganado Gore, el próximo gobierno estará signado por la falta de legitimidad

WEST PALM BEACH, Florida.– Pálpitos, o justificaciones, hay por doquier. Hasta en los Estados Unidos. Dicen en Washington, por ejemplo, que el resultado de las elecciones presidenciales suele estar sujeto al último partido de los Redskins, crédito local de fútbol americano. Si ganan el domingo previo, gana el martes el candidato por la Casa Blanca; si pierden, paciencia, gana el candidato por la oposición.

Es una leyenda urbana a la cual prestan especial atención los apostadores. ¿Qué pasó el domingo? Perdieron los Redskins por margen escaso: 16-15 contra los Cardinals, de Arizona. ¿Qué pasó el martes? George W. Bush, el candidato por la oposición, habría ganado por margen escaso el voto electoral (es decir, tendría la mayoría de los delegados en el Colegio Electoral si redondea, finalmente, su victoria en Florida), y Al Gore, el candidato por la Casa Blanca, habría ganado, también por margen escaso, el voto popular (es decir, tendría la mayoría de los votos, pero, en elecciones indirectas, ello no cuenta).

¿Entonces? Perdieron los Redskins y, por lo tanto, ganó Bush. Momento. Perdieron los Redskins y perdieron, también, el candidato por la oposición y el candidato por la Casa Blanca. O no ganaron. Empataron, digamos. Lo cual significa una derrota para ambos, sobre todo por las grietas profundas que desnudó el sistema. Imperfecto, como todo sistema, pero nunca llevado al borde de la desconfianza de la gente como en esta ocasión.

Quizá porque nunca, desde las elecciones en las cuales John Kennedy derrotó a Richard Nixon en 1960, haya habido tanto tironeo por un voto más o uno menos hasta en el condado más recóndito del país. Ni hubo tanto interés hasta en el voto en el exterior, siempre agregado, tiempo después, cual confirmación de la tendencia general.

Gane Bush o gane Gore, el próximo gobierno no tendrá legitimidad. Si gana Bush, el país tendría por primera vez desde 1888 un presidente con menos votos que su rival y, asimismo, el mismo color político en la Casa Blanca y en ambas cámaras del Congreso. Si gana Gore, el país tendría un presidente arrinconado en todos los frentes.

No es un capricho de Gore, sin embargo, su reclamo en Florida, en donde la gente confundió las flechas que indicaban su nombre con el casillero del ultraconservador Pat Buchanan, candidato por el partido de Ross Perot. La boleta era realmente confusa. Con un diseño no apto para mayores de 65 años que no imaginaban que iban a equivocarse. En más de 19.000 casos hubo impugnaciones por votaciones dobles.

¿Pueden aducir ahora los demócratas que no sabían cómo era la boleta? Tarde piaron. ¿O acaso desconocían que su clientela en West Palm Beach y alrededores estaba compuesta por jubilados, de origen judío, identificados con Joe Lieberman, compañero de fórmula de Gore, que se hubieran quedado en casa, o cortado la mano, antes de votar por Bush o, menos aún, por un nacionalista a ultranza como Buchanan?

Ha sido un error, más que un truco, que coronó, en cierto modo, la larga caravana de desaciertos que cometió Gore desde que, con una autosuficiencia rayana en el suicidio político, soslayó los méritos de Bill Clinton, o los réditos de la bonanza económica, y decidió ser el artífice de su propio destino. De su campaña, convencido de que los zigzags proselitistas, un día a la izquierda, otro a la derecha, iban a consolidarlo al tope de las preferencias.

Terminó mal. No por haber rechazado los favores de Clinton (nunca desinteresados), sino por no haberse cargado, como vicepresidente en los últimos ocho años, una cuota de responsabilidad en la pujanza que vive, y disfruta, el país. Gracias, en parte, al lápiz rojo con el cual él mismo redujo áreas del gobierno federal con ortodoxia de republicano y flexibilidad de nuevo demócrata. Y gracias, también, a la lealtad con la cual ambos se entendieron en una suerte de dream team.

¿Fue vergonzoso para él haber puesto el pecho por Clinton en medio del escándalo Monica Lewinsky? Parece que sí. La gente, no obstante ello, objetó las mentiras bajo juramento y la conducta inapropiada en el Salón Oval, pero no aprobó el impeachment (juicio político) ni se embarcó en la caza de brujas que desataron los republicanos del Congreso.

Las elecciones en sí iban a ser borrón y cuenta nueva, pero han sido un drama en tres actos. Primer acto: las cadenas de televisión, haciéndose eco una de la otra con inusitada falta de rigor, anunciaron que Gore había ganado en Florida, uno de los Estados grandes de la Costa Este. Aplausos; cae el telón. Segundo acto: las cadenas de televisión, desconcertadas, dijeron que, en realidad, había ganado Bush en Florida. Suspenso; cae el telón. Tercer acto: las cadenas de televisión se apresuraron a proclamar la victoria de Bush en las elecciones. Ovación en Austin, Texas; lágrimas en Nashville, Tennessee.

¿Cómo se llama la obra? Presidente por un rato. Gore felicitó por teléfono a Bush. Iba a dar el discurso de aceptación de la derrota en el War Memorial Plaza, de Nashville. Pero, a medida que avanzaba, uno de sus colaboradores, Michael Feldman, iba advirtiéndole que las diferencias en Florida estaban achicándose. De 6000 votos a 1000. Y menos también. El jefe de la campaña demócrata, William Daley, llamó entonces a su par republicano, Don Evans, y detuvo todo.

Gore habló otra vez por teléfono con Bush, de modo de retirarle la llamada concesión. Una forma de evitar que se proclamara vencedor sin la certeza del resultado en Florida. “Dejame asegurarme si entendí bien –escuchó del otro lado de la línea–. ¿Me estás llamando para retractarte de tu admisión de mi victoria?” Cortaron en forma abrupta, sin saludos ni bendiciones.

La mitad del electorado votó por Bush, o por su promesa de reducción de impuestos, y la otra mitad votó por Gore, o por su mejor preparación para el cargo. Bush, el menos populista de los dos, ganó más con una promesa populista (habría ganado, al menos, más votos de los que valen); Gore, el más populista de los dos, ganó más con la identificación con Clinton, cual señal de continuidad en el rumbo económico, que él mismo procuró evitar (habría ganado, al menos, más votos de los que no valen). Una de las dos mitades (sólo un cuarto del electorado general) se ha visto defraudada por el desenlace.

Perdieron los dos, en verdad. La obra, medio desprolija, se llama ahora Dinastía. No por la hazaña del hijo mayor que llega al lugar que ocupó su padre, Bush, el candidato por la oposición, ni por el ascenso a la presidencia del hijo del senador, Gore, el candidato por la Casa Blanca, sino por la victoria de Hillary Clinton, senadora electa por Nueva York. Fue la única que ganó el martes. De la derrota de los Redskins, el domingo, ni se enteró, al parecer, libre de pálpitos y de justificaciones.



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