Alquilo casa / buena ubicación / apta presidente




Si el Norte fuera el Sur, la crisis electoral norteamericana sería propia de las desprolijidades nuestras de cada día

Dios no juega a los dados, según Einstein, pero, en un descuido, dejó caer el cubilete. Y organizó el caos. Al punto que México tiene por primera vez en 71 años un presidente no comprometido con las mañas, y con las artimañas, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), y los Estados Unidos tienen por primera vez en 124 años un conflicto de intereses, y de mezquindades, digno de las peores tradiciones latinoamericanas.

¿Contagio mutuo? Pellízquese si no puede creerlo. Minutos después del cierre de las elecciones mexicanas, el 2 de julio, Televisa encabezó la caravana de cadenas de televisión que conmovió al mundo con la victoria de Vicente Fox, o la derrota del PRI, aceptada de inmediato por Ernesto Zedillo. Minutos después del cierre de las elecciones norteamericanas, el 7 de noviembre, Fox (no Vicente) encabezó la caravana de cadenas de televisión que conmovió al mundo con la victoria de George W. Bush, o la derrota de Al Gore, aceptada de inmediato por él mismo.

Era previsible que los dinosaurios del PRI, en el poder desde 1929, apelaran a cuanto artilugio hallaran debajo de la mesa con tal de anular la victoria de Fox. No lo hicieron. Era imprevisible, del otro lado del Río Grande, que Gore se retractara después de haber felicitado por teléfono a Bush. Lo hizo, sin embargo, y armó el revuelo fenomenal en el cual están envueltas las elecciones en un país más familiarizado con las catástrofes urbanas (largas filas en el café Starbucks o embotellamientos tediosos en las carreteras) y de las otras (huracanes y terremotos) que con las incertidumbres.

¿Será cierto? Pellízquese de nuevo. No es para contentarse ni para consolarse. Ellos, los norteamericanos, siguen siendo ellos mismos, con sus virtudes y sus defectos, y nosotros, los latinoamericanos, de México para abajo, seguimos siendo nosotros mismos, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Juntos, no unidos, por razones más geográficas que culturales. Entre nosotros mismos, incluso.

Pero son curiosos los contrastes. O el contagio mutuo. Televisa carga sobre sus hombros la frase célebre de uno de sus fundadores, Emilio Azcárraga: “Soy un soldado del PRI”. De ahí, la sorpresa por haber sido la primera en cantar la victoria de Fox. Fox (la cadena norteamericana) carga sobre sus hombros el estigma de haber confiado en John Ellis, primo de Bush, su dirección de noticias durante las elecciones; era doble contra sencillo que iba a precipitarse en la silla si la encuestadora que había contratado, Voter News Service (VNS), daba algún indicio en favor del pariente texano. De ahí, la sorpresa, también, por haber sido la primera en equivocarse.

Eso no es nada: CNN, ABC, CBS y NBC, soslayando el principio básico de no depender de una sola fuente de información, contrataron a la misma encuestadora y, como correspondía, cometieron el mismo error. Horror, convengamos. Tan severo que llevó a Gore a dar un paso en falso, acaso el peor de su carrera: concederle la gloria al rival con el cual pleitea ahora, convencido de que no perdió.

¿Qué pasó entonces? Falló la televisión (el cartero, en este caso). ¿Y en Florida? Fallaron las máquinas que contaron los votos. ¿Sólo ellas? El desenlace no sería tan dramático, o sería más de lo mismo, si las elecciones hubieran sido en otro país. En México, por ejemplo, en donde las computadoras, después de una colosal caída del sistema, invirtieron en 1988 el resultado adverso hasta entonces para el candidato por el PRI, Carlos Salinas de Gortari, luego presidente, en desmedro de un hijo rebelde de ese partido, Cuauthémoc Cárdenas, candidato por el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Si el Norte fuera el Sur, Nueva York sería la ciudad más contaminada del mundo, Elvis cantaría cada día mejor, Disneyworld quedaría en Brasilia y Bush estaría a la altura de Salinas de Gortari. O de Fujimori. Sería sospechoso, al menos, de haber manipulado a su antojo las elecciones en el Estado que gobierna su hermano menor, Jeb, marcado (sobre todo, el exilio cubano de Miami) por la brutal devolución del balserito Elián a su padre. Un imprevisto triunfo diplomático de Fidel Castro que melló la imagen de Bill Clinton y, por extensión, perjudicó a Gore.

Pero nadie piensa en una maniobra de Bush en los Estados Unidos. Que, asimismo, jamás aceptarían observadores de la Organización de los Estados Americanos (OEA), u otras intromisiones, en caso de que las elecciones debieran realizarse de nuevo en Florida. O presiones del exterior con tal de que solucionen el entuerto de las boletas mariposas y embarazadas, de modo de atenuar los reclamos de compañías que hayan invertido en su país.

Los exportadores de democracia, no obstante ello, están perdiendo materia prima. Ergo, autoridad. De las elecciones, despojadas de toda duda, no surgió un presidente, sino una duda. Esa duda, hecha gobierno, certificará las políticas antidrogas de América latina, sin certificar las propias, y evaluará el respeto a los derechos humanos, entre otras gentilezas, como alzar pulgares o bajarlos en organismos multilaterales de crédito. ¿Qué legitimidad tendrá en el patio trasero, sin ir más lejos, una duda no develada en la cocina?

México terminó a su modo con el PRInochet (mote derivado de la dictadura de Pinochet) y los Estados Unidos terminaron a su modo con la prolijidad. Con el cubilete, agitado desde enero de 1998 por el escándalo Monica Lewinsky, cayeron los dados y, al parecer, algunas máscaras. O unos no eran tan malos como parecían, o los otros no eran tan buenos como presumían.

Era previsible que Fox, con una estructura paralela al Partido Acción Nacional (PAN), explotara su paso por la actividad privada, del rancho de Guanajuato a Coca-Cola, como garantía de cambio en México. Así como era imprevisible, del otro lado del Río Grande, que Gore se divorciara de Clinton y, en especial, no explotara la bonanza económica que juntos supieron conseguir desde la Casa Blanca (a propósito: vacante desde el  20 de enero / buena ubicación / amplios jardines / apta presidente).

Quizá Gore, un moderado radicalizado por las elecciones, se haya fiado de su carisma exultante, idéntica su expresión en un partido de la NBA, en una sesión del Senado o en un bombardeo contra Irak, o del cariño entrañable de la gente de su Estado, Tennesee, en donde perdió. Y quizá Bush, como opositor de un gobierno exitoso, se haya fiado de su aspecto de cowboy que sopla el revólver después del duelo o, más que todo, de los errores ajenos. El mero empate es la derrota de uno y la victoria del otro, respectivamente.

Será que el pragmatismo, en un centro desprovisto de los extremos más rancios de la izquierda y de la derecha, provee licencias. Y que los mexicanos, con Fox, están comenzando a recorrer el camino que los norteamericanos trazaron hace un par de siglos. Camino que también recorren los argentinos, con la trilogía Alfonsín-Menem-De la Rúa, y los vecinos del Sur que importaron la democracia como alternativa única en un mundo globalizado y, en cierto modo, uniformado.

Si Clinton es el primer presidente rock n’roll en la historia de los Estados Unidos, como dice Joe Eszterhas en el libro American Rhapsody, Gore vendría a ser el primero en versión blues o Bush vendría a ser el primero en versión folk. O ranchera, en clave de sol con Fox. Pero el blues y el folk, o Gore y Bush, no convencen del todo. Pellízquese, no más: está destinado uno de los dos a ser el mal necesario de un país que, a diferencia de los nuestros, puede jugar a los dados y, en un descuido, dejar caer el cubilete.L



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