Nos han declarado la guerra




En 1973, la crisis en la región disparó el precio del petróleo e hizo tambalear durante una década las economías occidentales

WASHINGTON.– Recriminaciones mutuas es todo lo que comparten Ehud Barak y Yasser Arafat en medio del caos en el que viven, o sobreviven, sus pueblos desde que dejaron aflorar las iras contenidas durante años. Que todo haya comenzado el 28 de septiembre con la provocativa visita del líder del partido derechista Likud, Ariel Sharon, a un sitio sagrado de Jerusalén para judíos y musulmanes, como la Explanada de las Mezquitas, no es más que la punta del ovillo. O, acaso, la chispa que hizo estallar el polvorín mientras la relaciones parecían normalizadas entre las cúpulas.

¿Era un espejismo? El polvorín iba a estallar de todos modos: lo demostró la saña con la cual unos y otros bombardearon y apedrearon, respectivamente, el proceso de paz. Que estaba más avanzado que nunca desde el momento en que Barak accedió a debatir la cesión del sector oriental de Jerusalén (Al Qods, en árabe) a los palestinos. Dos capitales en una misma ciudad. Ergo, combustible al fuego.

Quizá la necesidad de rubricar un acuerdo con tal de obtener un rédito político haya llevado a Barak a soslayar las dudas de los israelíes sobre el costo y el beneficio que implicaba. Sobre todo, frente al dilema que representa la devolución de los territorios ocupados desde la guerra de 1967. Lo cual no significa que no quieran la paz. La quieren, pero no a un precio tan alto.

Tanto quieren la paz los israelíes como Clinton no quiere una guerra. Y menos aún en los últimos meses de su segundo y último mandato. Ingrato fue saber, el jueves, que el destructor USS Cole había sido blanco de un atentado de aspecto y olor terrorista en Aden, Yemen, en un alto del control de los movimientos de las tropas de Irak que realizaba en el Golfo Pérsico. Más ingrato aún fue saber que habían muerto 17 marineros y que otros tantos habían resultado heridos.

El atentado coincidió con la escalada de violencia en Medio Oriente, como procura definirla Clinton. Y coincidió, también, con la declaración de guerra, como procura definirla Arafat después de que tanques y helicópteros israelíes bombardearon cuarteles y edificios gubernamentales de Gaza y de Cisjordania (entre ellos, su residencia) en represalia por el linchamiento de tres reservistas israelíes en Ramala. Una advertencia simbólica, como procura definirla Barak, renuente a aceptar que una comisión internacional investigue los orígenes de la violencia mientras negocia con la guerrilla Hezbollah, del sur del Líbano, la liberación de tres soldados israelíes secuestrados.

Una atrocidad tras otra, en definitiva. Arafat, superado por un frente interno más poderoso que él, no ha movido un solo dedo con tal de serenar los renovados bríos de la Intifada (agitación). Por más que hayan muerto más civiles propios, chicos entre ellos, que soldados ajenos, y que, del otro lado, haya cosechado ultimatums y represión.

Está todo a media luz, pero el músculo no duerme. Es como si los muertos que los otros matan gozaran de buena salud mientras Clinton y la diplomacia internacional, sean las Naciones Unidas, sea la Unión Europea, no cejan en su afán de aplacar la ira. ¿Cómo? En especial, cuando se trata de gente enardecida, y radicalizada, que, honestamente, nunca toleró la vecindad con sus primos.

El optimismo, traducido en esperanza, engendra muchas veces exageraciones. Como la posibilidad de que ambas partes cumplieran con el acuerdo que rubricaron en octubre de 1998 en Wye Plantation, Estados Unidos. Eran entonces Arafat y Benjamin Netanyahu. El ejército israelí no estaba dispuesto a retirarse de Cisjordania. Y los palestinos exigía el sector oriental de Jerusalén y la devolución de otros territorios.

En Camp David, casi dos años después, la presión de Clinton naufragó en el océano que separaba las dos islas, cada vez más distantes. Mucho margen de maniobra tampoco tenían. Arafat no podía sofocar el reclamo de las bases por el pacto a cambio de la tercera parte de los territorios ocupados. Barak, el sucesor de Netanyahu, ya había perdido la mayoría parlamentaria; zigzagueaba como podía frente a los embates del Likud y de los partidos religiosos.

Una movida interna, la súbita aparición de Sharon en el sitio incorrecto y en el momento inoportuno, hizo estallar el polvorín. Y, como sucedió en 1973, con el Líbano y Siria involucrados en aquella guerra, se disparó el precio del petróleo, causa de una crisis de más de una década en las economías occidentales, y se hundió el índice Dow Jones.

Nos han declarado la guerra, entonces, por más que la esperanza de un arreglo, al menos precario, sea lo último que se pierda. Guerra en la cual los palestinos, en inferioridad de condiciones, corren el riesgo de ser aplastados en un santiamén, salvo que reciban apoyo de sus hermanos árabes, y los israelíes, respaldados por los Estados Unidos, corren el riesgo de volver a ser un Estado militarizado que generaría dudas y desconfianza. Guerra que, como toda guerra, declaran los gobiernos y sufren los pueblos. Otra destrucción del espíritu humano, como decía Henry Miller. Que, con los 17 marineros norteamericanos muertos en Yemen, también podría desencadenar un virtual rebrote del terrorismo.

Es un consuelo que una eventual guerra, a diferencia de 1973, no convenga, ni convenza, a Siria ni a Egipto. De ahí la rápida reacción de Hosni Mubarak, en diálogos telefónicos con Clinton, con tal de sentar a la mesa a Barak y Arafat. Son los únicos que pueden evitarla, por más debilitados que estén puertas adentro.

Pero, mientras tanto, los extremistas de Hamas, opositores de Arafat, reclaman la venganza y la excarcelación de sus militantes presos en Palestina; la derecha religiosa israelí, opositora de Barak, es partidaria de conservar el statu quo. La ambición no descansa, sin embargo. Ellos, en el fondo, también quieren la paz, pero con otros métodos.

El proceso chocó con los sucesivos cambios de gobierno en Israel. En los últimos cinco años hubo cuatro primeros ministros: Yitzhak Rabin (asesinado por un extremista israelí), Shimon Peres (interino), Netanyahu (una piedra en el zapato) y Barak (¿por ahora?). Chocó, asimismo, con los intereses bipartidarios de los Estados Unidos desde el gobierno de Richard Nixon, también cambiantes. Y choca ahora con las dolorosas concesiones, como llaman los israelíes a su aporte en esta etapa crucial.

Esas dolorosas concesiones implican, según el acuerdo de 1993, la creación del Estado palestino. Y una fórmula: autonomía de la población, no de la tierra. Es decir, los palestinos de los territorios ocupados dispondrían de la administración municipal, no de la tierra. Fórmula que, entre tantas piedras, bombas y funerales, sólo depara más recriminaciones mutuas. O algo peor.



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