Cuando aclara, oscurece




La Argentina incurre inevitablemente en la paradoja del país que tiene todo para prosperar y, sin embargo, no prospera

¿Qué nos sucede, vida, que, últimamente, los kosovares, sobrevivientes de la limpieza étnica de  Slobodan Milosevic y de las bombas de la alianza atlántica (OTAN), son los más optimistas del mundo y nosotros, los argentinos, sobrevivientes, a lo sumo, de una transición presidencial después de una década de Carlos Menem en el poder, vamos cabizbajos entre los más pesimistas? Gallup, autora del estudio comparativo en 68 países, arriesga una respuesta: a fines de 1999, la gente tenía expectativas de cambio por el comienzo inminente de la gestión de Fernando de la Rúa. Expectativas económicas, sobre todo.

Era algo así como la escoba nueva que prometía barrer bien. En especial, la corrupción. Quizá como ocurre ahora con los mexicanos, con Vicente Fox como nuevo presidente, después de siete décadas de rutina en el gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Son los más optimistas de América latina a pesar de la desigualdad entre ricos y pobres. Acaso tapada durante años, en la Argentina, por las leyendas del granero del planeta, de la invención del colectivo y de la birome, y del apostolado de la viveza criolla.

Nos han blindado la ilusión, sin embargo. Las penas argentinas no se ahogan; saben nadar. Y, cual camino de retorno, muchos, acosados por aumentos de impuestos que han aguijoneado a la clase media y por rebajas de salarios que han aguijoneado a los empleados públicos, no vislumbran otra salida que no sea Ezeiza. Decepcionados, asimismo, por la impunidad en casos de corrupción, como los sobornos en el Senado, menos transparentes que las aguas del Riachuelo. Cada vez que aclara, oscurece, digamos.

No es consuelo, pero, por haber vivido aislados o en un submarino durante más de un siglo, nos pega con demora el estigma del éxodo. Estigma que, como dice Francesc Relea en la última edición de 2000 de El País, de Madrid, también pega, por otras razones, en Colombia, en Venezuela y en el Ecuador: «La Argentina fue, a principios del siglo XX, la tierra promisoria para decenas de emigrantes españoles e italianos. Hoy vive una extraña paradoja: es una nación que dispone de recursos naturales interminables, que atraen la confianza de las mayores empresas españolas, que han invertido miles de millones de dólares, y, sin embargo, para muchos ciudadanos, no hay futuro».

Futuro tampoco hay para los mexicanos que, día tras día, contratan coyotes (guías) con tal de ingresar como mojados (ilegales) en los Estados Unidos. Ni para los balseros cubanos que, entre olas y adioses, desafían tiburones con tal de ir a Miami. Ni para los guatemaltecos que cruzan a pie la selva del sur de México y crean poblados, como Patria Nueva, en Chiapas. Ni para los africanos que prueban fortuna en España o en Francia. Ni para los turcos, nunca bienvenidos en Alemania. Ni para los marginados de los países que pertenecieron a la órbita soviética, diseminados en la otra Europa.

Los corre el desempleo, causante, en el camino, de costos altos no contemplados en presupuesto alguno. A futuro, en realidad. Por la fuga de cerebros, más que de mano de obra. Que redondea la parábola en la cual sigue habiendo cuatro clases de países: los desarrollados, los subdesarrollados, el Japón (a pesar de su actual recesión) y la Argentina.

En la ranura entre milenio y milenio, la Argentina está apenas dos escalones por encima de Turquía en el índice de pesimismo en alza, o de optimismo en baja, de Gallup. Ambos, curiosamente, recibieron ayudas excepcionales, o blindajes, de organismos de crédito y del Fondo Monetario Internacional (FMI), criticado por su incapacidad para prever crisis, como la mexicana, la asiática y la brasileña, y por su obsesión en vender recetas únicas de ajuste macroeconómico en varios países a la vez sin reparar en los problemas coyunturales de cada uno de ellos.

La Argentina, a diferencia de Japón, no goza de la mayor confianza del mundo. Y, por ello, paga tasas de interés más altas que el Tesoro de los Estados Unidos, por ejemplo. La paridad del peso con el dólar, uno a uno, ha sido elogiada por el FMI como un modelo para otros países, pero los precios nacionales rozan las nubes. Y los inversores, cual broche, no ven con buenos ojos el malestar social.

En el mundo, en general, peligro de revoluciones no hay. De golpes de Estado, tampoco. Pero prevalece la desigualdad entre los países y dentro de ellos. Es el déficit urgente de la globalización. O el nuevo, o renovado, paradigma en el que, después de la caída del Muro de Berlín, la democracia llenó casilleros (menos en China, en Cuba, en Vietnam y en Corea del Norte) en medio de la llamada mundialización de los mercados financieros (no del trabajo, ni de los bienes y servicios). El comunismo, como alternativa, comenzó a cotizarse en baja. Prima desde entonces la protesta contra el sistema por las fallas del sistema mismo, no el reclamo de cambios radicales ni de aventuras de correlato incierto.

La globalización no implica uniformidad frente al vértigo de la tecnología. Razón por la cual un obrero o un empleado puede ganar menos en los Estados Unidos que en la Argentina, pero, rédito al fin, puede vivir con mayor comodidad, tener la oportunidad de ahorrar y, si cuadra, lanzarse por cuenta propia. De ahí, la tentación del éxodo, por más que la adaptación al medio, sea en donde fuere, signifique un antes y un después. Brutal, a veces. Despiadado, otras. Imposible, tal vez. Con el pago frecuente del derecho de piso como cuota inicial.

¿Es posible que los kosovares, corridos por los serbios y despojados de sus pertenencias antes de la guerra, sean un canto a la alegría por la victoria de Vojislav Kostunica sobre Milosevic? Bueno, el nuevo presidente dijo alguna vez que quería que Yugoslavia fuera un país normal y aburrido. Con ambos atributos, cuatro de cada 10 argentinos se muestran turbados y piensan que este año será igual que el anterior. ¡Animo! Abrigamos más esperanzas que Corea, Bélgica, Australia, Luxemburgo, Suiza, Bolivia, Francia, el Reino Unido (sin contar Irlanda del Norte), Zimbabwe y El Salvador, según Gallup.

Ningún país puede solo, en realidad. México debe su recuperación económica, después de la estrepitosa caída del peso, al favor que recibió de los Estados Unidos. Bill Clinton estuvo concentrado durante casi todo su primer mandato en cuestiones domésticas, salvo el conflicto de Medio Oriente y la evolución de Rusia y de China, pero, en enero de 1995, recibió una advertencia del secretario del Tesoro, Robert Rubin: «Vino a decir que a México le quedaban 48 horas de vida», recuerda Sandy Berger, consejero de seguridad nacional.

El rescate iba a costar 25.000 millones de dólares (algunos pensaron que eran 25 millones) y, cual impuesto al valor agregado, la carrera de Clinton por la reelección frente a la mayoría republicana del Congreso, renuente a aprobar sus iniciativas. Pero existía el riesgo de una avalancha de inmigrantes ilegales. Nació, de ese modo, la diplomacia económica. ¿Y eso? El eje es exportar democracia como garantía de estabilidad en aras de favorecer inversiones de compañías norteamericanas con la promesa de prosperidad en un mundo cada vez más comunicado (ergo, sin barreras) por medio de Internet.

No elimina las desigualdades, pero cierra. Y cerró: México, con un tecnócrata prolijo en el gobierno como Ernesto Zedillo, devolvió los 25.000 millones y 1000 millones más en concepto de intereses. Encaró, al mismo tiempo, las reformas estructurales que, según los asesores de Clinton, contribuyeron al fortalecimiento de la democracia.

De la emergencia surgió una regla de oro de la política exterior norteamericana: los incentivos económicos, o el levantamiento de embargos que se remontaban a la Guerra Fría, para fomentar cambios políticos. Como el aval a China para su inscripción en la Organización Mundial de Comercio (OMC) a pesar de no haber lavado sus culpas por la masacre de Tiananmen.

¿Es necesario tocar fondo para recuperar el optimismo o, al menos, para ver la luz al final del túnel? Los kosovares, al parecer, creen que vivimos en el mejor mundo posible; los argentinos tememos que sea verdad.



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