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La llaman era de la despoblación. Un fenómeno recurrente e histórico. Por primera vez desde la peste negra de Eurasia, en el siglo XIV, la población mundial disminuye en forma significativa. No como entonces por una enfermedad mortal transmitida por las pulgas a las ratas, sino por la caída sostenida de los índices de natalidad. En la ciudad de Buenos Aires, sin ir más lejos, los perros y los gatos superan ampliamente el número de niños menores de 14 años, según datos oficiales. Ladridos y maullidos en detrimento de llantos de bebés. La tendencia se consolida en todo el planeta.
Dice Nicholas Eberstadt, catedrático de economía política en el American Enterprise Institute y exconsultor del Banco Mundial y del gobierno de Estados Unidos: “Lo que nos espera es un mundo compuesto por sociedades que se encogen y envejecen. La mortalidad neta (es decir, cuando una sociedad registra más muertes que nacimientos) también se convertirá en la nueva norma. Impulsadas por un colapso implacable de la fertilidad, las estructuras familiares y las condiciones de vida que hasta ahora solo se imaginaban en las novelas de ciencia ficción se convertirán en características comunes y corrientes de la vida cotidiana”.
Se trata del invierno de la humanidad por decisión propia. En los últimos siete siglos, la población mundial aumentó casi 20 veces. ¿Qué impulsa ahora la creciente despoblación? La baja del deseo de procrear por razones personales. Las sociedades se encaminan a tener menos trabajadores, empresarios e innovadores y más personas mayores que dependerán de cuidados y asistencias. En Japón, desde 2012, se venden más pañales para adultos que para bebés. El gobierno incorporó el Ministerio de la Soledad para evitar el aislamiento social y los suicidios tanto de adultos, que viven más años que antes, como de jóvenes.
Todos los países vieron caer sus tasas de natalidad entre 1965 y 2015, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)
El declive va en ascenso. En Corea del Sur, los índices de fertilidad están varios puntos por debajo del promedio, así como en Japón, China y Taiwán. Otro tanto ocurre en Tailandia, donde las muertes superan a los nacimientos. La familia era una institución blindada por la tradición en Iberoamérica. Ya no. En Bogotá o Ciudad de México, el promedio no llega a un hijo por mujer. Para el 2050 está previsto que, de seguir esta tendencia, 130 países sean zonas de «mortalidad neta». Un término aterrador por el cual abogó en sus días el papa Francisco con su prédica en “una época de una dramática desnatalidad”.
La fertilidad se ha desplomado desde la explosión demográfica de los años sesenta. Todos los países vieron caer sus tasas de natalidad entre 1965 y 2015, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Entre los países desarrollados, Estados Unidos se resiste a la despoblación con índices de fecundidad relativamente altos. Un caso excepcional solo comparable con el llamado “excepcionalismo demográfico” de África subsahariana. ¿La causa? El economista norteamericano Lant Pritchett descubrió en 1994 el predictor de fertilidad más poderoso: lo que las mujeres desean más allá del deseo de sus parejas.
Otro factor, mencionado por Eberstadt: la “huida del matrimonio”. Las personas se casan a edades más avanzadas o no se casan y, a su vez, tienen mascotas en lugar de hijos. Eso ocurre en el 62% de los hogares de Estados Unidos, dice un estudio del Pew Research Center. El perro o el gato forma parte de la familia. Símil de otras latitudes, donde están de parabienes los veterinarios, los paseadores y los dueños de pet shops. En los parques reciben más visitas los caniles que los juegos infantiles. Fecha histórica: el 15 de noviembre de 2022, la población mundial llegó a 8.000 millones. Una cifra inédita, hoy en retroceso por las cunas vacías.

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