Matan a pobres corazones




El autor con el ex presidente paquistaní Pervez Musharraf

El horror sacudió esta vez a Pakistán, donde los talibanes ingresaron en una escuela a la que concurren hijos de militares y mataron a más de un centenar de personas, en su mayoría estudiantes

En la película Charlie Wilson’s War (La guerra de Charlie Wilson), distribuida con el título Juego de poder, el representante demócrata Charlie Wilson (Tom Hanks), alentado por una millonaria texana ultraconservadora y católica, Joanne Herring (Julia Roberts), y secundado por un agente secreto desencantado con la CIA, Gust Avrakotos (Philip Seymour Hoffman), acuerda repeler a las tropas soviéticas de Afganistán, regado de campos de refugiados, con el dictador paquistaní Mohamed Zia ul-Haq (Om Puri). Se trata de una historia real, basada en la biografía de Wilson escrita por George Crile.

La condición del convenio era que las armas cedidas por Israel no tuvieran estrellas de David. Wilson empeñó su palabra. Era un rústico representante (diputado), de botas puntiagudas, de un distrito perdido de Texas. Se ufanaba de su anticomunismo y de su debilidad por el alcohol, las drogas, las juergas y las prostitutas. Todas sus asistentes eran mujeres. Las llamaba cariñosamente “sweetums”, algo así como dulzuras. Tenía la capacidad de caerle bien a todo el mundo al presentarse como un demócrata jacksoniano (de izquierda en economía y duro contra la Unión Soviética, como el senador Henry “Scoop” Jackson).

Wilson libró su guerra («¡Es mi guerra, maldita sea!”) en el Comité de Asignaciones Presupuestarias de la Cámara de Representantes. Logró que los fondos para las operaciones clandestinas en Afganistán ascendieran de cinco millones a mil millones de dólares. Eran para expulsar a las tropas soviéticas. Y servían a la cruzada de Ronald Reagan contra el “imperio del mal”, émulo del “eje del mal” lanzado por George W. Bush. El desenlace lejos estuvo de ser feliz: “Como siempre, llegamos para cambiar la situación y después nos vamos, pero, ¿sabes qué?, esa pelota que hemos puesto en movimiento sigue rebotando aún después de que nos hayamos ido”.

La pelota, como en la metáfora de Wilson, siguió rebotando hasta convertirse en la bola de fuego que acabó con la vida de 141 personas, de la cuales 132 eran estudiantes, en una escuela militar de Peshawar, Pakistán. La matanza fue perpetrada por Tehrik-e-Talibán Pakistán (TTP), organización que agrupa a una treintena de facciones de Al-Qaeda, en respuesta a la operación del ejército paquistaní Zarb-e-Azb (afilado y cortante) contra la insurgencia en Waziristán del Norte, uno de los siete distritos esparcidos en la frontera con Afganistán. El TTP, fundado en 2007 por Baitulá Mehsud, pretende establecer un Estado islámico.

Mehsud, muerto en 2009 por un dron norteamericano, era acusado del asesinato de la ex primera ministra Benazir Bhutto, ocurrido en 2007. Su viudo, Asif Ali Zardari, gobernó el país entre 2008 y 2013. El padre de Benazir, el primer ministro Zulficar Ali Bhutto, murió ahorcado en 1979 por la dictadura de Zia ul-Haq, con la cual negoció el representante Wilson y acordó el presidente Reagan. No iba a ser el único: tras la voladura de las Torres Gemelas, Bush también acordó con un mandatario de facto, Pervez Musharraf, por su deseo de cazar a Osama bin Laden. El líder de Al-Qaeda terminó siendo abatido en Abbottabad, Pakistán, en 2011, durante el gobierno de Barack Obama.

Musharraf, reivindicado por Bush y por su socio en las guerras contra el régimen talibán en Afganistán y contra Irak, el primer ministro británico Tony Blair, me contó en una ocasión que ambos debían estar agradecidos con él por haber cerrado la frontera con Afganistán seis días después de la voladura de las Torres Gemelas, por haber cedido su espacio aéreo para el avance de la mayor coalición de la historia contra el régimen talibán en el país vecino y por haber enviado a sospechosos de ser terroristas a Guantánamo. La mayoría de esos sospechosos aún permanece en un limbo legal.

En el ínterin crecieron en la Media Luna Dorada, zona montañosa que comprende Afganistán, Pakistán e Irán, los cultivos de opio, fuente de financiamiento del régimen talibán, nido de Al-Qaeda aupado y pertrechado por la coalición que expulsó a las tropas soviéticas de Afganistán en 1987. De ella participó Bin Laden con armas e instrucción suministrados por el servicio de inteligencia militar de Pakistán (ISI), la CIA y agencias de otros países. Entre los talibanes del TTP, muerto Baitulá Mehsur, asumió el liderazgo su primo, Hakimullah Mehsud. Lo mataron los norteamericanos en un ataque aéreo en 2013.

Eligieron entonces como líder al mulá Fazlullah, antes jefe de los suyos en el valle del Swat. Está acusado de haber ordenado allí el atentado contra la activista Malala Yousafzai, horrorizada ahora por la brutal matanza de Peshawar. La reciente premio Nobel de la Paz, de 17 años de edad, estuvo a punto de ser asesinada en 2012 al recibir un balazo en la cabeza por promover el derecho a la educación de las niñas. Vive en el Reino Unido. En las escuelas privadas de Pakistán está vedada su autobiografía “Yo soy Malala”. Dicen que es irrespetuosa con el profeta Mahoma por no añadir tras mencionarlo la expresión “que la paz sea con él”, habitual entre los musulmanes piadosos. Es sólo un pretexto para evitar las represalias de los talibanes impiadosos.

 

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