El capricho de los dioses




Si no es posible un mundo más seguro, algunos políticos comienzan a preguntarse si no será posible, al menos, uno más feliz

En un siglo, la expectativa de vida creció de los 30 a los 70 años. O más. En las sociedades desarrolladas, la gente comenzó a preguntarse cómo alcanzar la felicidad en ese período de gracia. En las elecciones autonómicas y municipales de España de fines de mayo, Nadal Galiana, candidato socialista a la alcaldía de Finestrat, Alicante, creyó hallar la respuesta: ofreció financiación pública para adquirir Viagra, la medicina contra la disfunción eréctil que se ganó el mote de “píldora de la felicidad”. Apuntó de ese modo al núcleo duro de los votantes; más maduro que duro, en realidad, por la baja tasa de natalidad. No olvidó a los jóvenes, sin embargo, beneficiados por la gratuidad de la píldora abortiva del día después.

En la costa de Levante, la felicidad en sí misma, con Viagra o la otra píldora, también nutrió el debate por el Estatut de Cataluña. Los redactores quisieron incorporar el párrafo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos que proclama que todos los hombres “están dotados por un Creador de ciertos derechos inalienables. Entre ellos, el derecho a la vida, a la libertad y al alcance de la felicidad”, de modo que el pueblo organice “su autoridad en la forma que estime más conveniente para obtener su seguridad y su felicidad”. Convinieron después que era más sensato consagrar el derecho “a la búsqueda de la felicidad” que al “alcance de la felicidad”, como si se tratara del capricho de los dioses.

Lo es. En el comienzo de los tiempos, cuenta la leyenda, se reunieron los dioses con un solo fin: crear al hombre a su imagen y semejanza. Hubo objeciones. Sobre todo, por la posibilidad de concebir un nuevo dios con su forma, su fuerza y su inteligencia. El cupo era limitado. Debían evitar que el hombre, hecho a su imagen y semejanza, tuviera todos sus dones. Desecharon uno: la felicidad. El cónclave pasó a un cuarto intermedio.

Decidieron esconder la felicidad. ¿Dónde? Uno propuso la cima de una montaña; en algún momento, el hombre iba a poder alcanzarla. Otro propuso el fondo del mar; en algún momento, el hombre iba a poder tocarlo. Otro propuso un planeta lejano; en algún momento, el hombre iba poder visitarlo. ¿Dónde, entonces? Uno de los dioses, hasta ese instante callado, rompió su silencio: el sitio perfecto para esconder la felicidad, dijo, era dentro del hombre. Todos asintieron: el hombre iba a estar tan ocupado en buscarla fuera que jamás iba a imaginar que la traía consigo.

En cualquier campaña electoral, cual expresión de los deseos colectivos, se habla más de la seguridad que de la felicidad. La seguridad, vinculada al temor a los atentados terroristas, la delincuencia común, las guerras preventivas, las limpiezas étnicas y los daños colaterales, desplaza a la felicidad. La relega a la categoría de rareza en la agenda política. Pasa a ser un excéntrico un candidato que, como Galiana en Finestrat, postula: “No hay mejor inversión que hacer felices a los vecinos”. ¿Cómo? En su caso, con Viagra y la otra píldora como garantías de sexo sin contratiempos.

Felicidad es sinónimo de dicha; dicha proviene del verbo decir. Los romanos sostenían que la felicidad dependía de las palabras que pronunciaban los dioses cada vez que nacía una criatura. El hado (destino) quedaba trazado en la dicta (lo dicho); hado proviene de fatum, participio pasivo de fari (hablar, decir).

Tres siglos antes de Cristo, Aristóteles, discípulo de Platón y maestro de Alejandro, concluía que el fin de la polis era “la felicidad de los ciudadanos” y que, para lograrla, podían valerse de “las distintas formas de organización política”.

En la ciudad de Port Phillip, Australia, la alcaldesa Janet Bolitho se concentró en estimular la felicidad de los contribuyentes. En algunas zonas, los carteles no fijan máximos de velocidad, sino mínimos de sonrisas. Diez sonrisas por hora, por ejemplo. Sin multas por incumplimiento, uno debe sonreír o saludar con el típico “G’day” australiano cada vez que se cruza con alguien, conocido o no. Sonreír, según Peter Singer, profesor de bioética de la Universidad de Princeton y emérito de la Universidad de Melbourne, “alienta a la gente a relacionarse y a sentirse más segura”. En principio, reduce algunos de los temores que engordan la agenda de la seguridad.

El dinero no hace la felicidad; la compra hecha. ¿En serio? Los neocelandeses ganan menos que los norteamericanos, pero son más felices que ellos. Los colombianos, a pesar de su guerra interna, y los brasileños, a pesar de sus bolsones de pobreza, son más felices que los franceses y los japoneses.

La prosperidad por sí sola, según estudios comparativos, no garantiza la felicidad. En especial, si a medida que crece el patrimonio, decrece el ocio. Los gobiernos se concentran en el ingreso nacional per capita, no en el ocio nacional per capita. Pasó a ser un deporte la acumulación de riqueza. Un deporte de pocos al cual aspiran muchos. Casi todos.

En la Universidad de Havard, Tal Ben-Shachar, profesor de psicología positiva, inauguró un curso dedicado a la felicidad. Lo llaman “el gurú de la felicidad”. Sus alumnos deben responderse a sí mismos una pregunta: ¿quiero estar en Wall Street y amasar fortunas o quiero estar en Calcuta y trabajar como voluntario? La respuesta entraña otra pregunta: ¿soy auténtico y disfruto la vida? La felicidad reside en el estado de ánimo. Está dentro de nosotros, como si del capricho de los dioses se tratara.

¿Por qué, si no, los daneses, con menos sol y peor clima, son más felices que los españoles, los italianos, los portugueses y los griegos? Los daneses, los finlandeses, los irlandeses, los suecos, los holandeses, los luxemburgueses, los belgas, los austríacos y los británicos son más felices que los europeos del Sur, según un sondeo de Cambridge entre 20.000 ciudadanos de 180 regiones de la Unión Europa. Esa universidad creó el Instituto del Bienestar, dedicado al estudio de la felicidad.

Influye la confianza en la sociedad, en los gobiernos, en las leyes (en particular, en el sistema de pensiones) y en ellos mismos. En el Este, los nuevos europeos son menos propensos a declararse felices. Unos, por miedo a los extraños; otros, por pudor. En un mal día, por asuntos de familia, de trabajo o de calendario, uno puede sentirse el ser más infeliz del mundo. En la mayoría de los casos, la incertidumbre laboral abona el resultado negativo de las estadísticas, así como la insatisfacción con el trabajo.

En España, pocos creen en los políticos. Pocos creen, a diferencia de los holandeses, los alemanes, los franceses y los italianos, que los políticos sean capaces de suministrarles el elixir de la felicidad, subordinado a la salud, la familia y los amigos, no al sexo satisfactorio. En Finestrat, feudo socialista desde 1991, Galiana perdió las elecciones frente al Partido Popular (PP). No pudo sacarle provecho al Viagra y la otra píldora.

En España, también, el gobierno de la Generalitat de Cataluña, obsesionado con el asunto, encargó un estudio sobre la felicidad para incorporarla al Estatut al mejor estilo de los norteamericanos. Por más que los norteamericanos no sean los seres más felices del mundo. Por el capricho de los dioses, quizá.



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