Motines a bordo




Resistencia al cambio siempre hubo. Resistencia y miedo. Que llevaron a Octavio Paz, por ejemplo, a escribir: «Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo». Del miedo al cambio. Sobre todo, en momentos en que no se ve, ni se vislumbra, la luz al final del túnel. Como ahora, tal vez.

Destello de ello ha sido la derrota en las elecciones regionales italianas de Massimo D’Alema (en retirada después de haber sido el primer comunista converso que llegó al gobierno) frente al ultraderechista Silvio Berlusconi. Un outsider (forastero de la política), millonario y políticamente incorrecto como Ross Perot, que, a diferencia del norteamericano, supo obtener millones de votos gracias a la decepción de la gente con la partidocracia. Sinónimo de los aparatos que manejan los partidos tradicionales.

En Italia, sin embargo, primó más el efecto arrastre de la onda conservadora que surca Europa (es decir, la resistencia al cambio) que una mala gestión de D’Alema.

Onda conservadora, o revolución, que comenzó con la victoria en cadena de la opositora Unión Cristiana Demócrata (CDU) en las elecciones regionales de Alemania antes del destape de los fondos de origen dudoso que alimentaron las campañas de Helmut Kohl, y que continuó con el éxito de un nazi como Joerg Haider en Austria, la reelección de José María Aznar en España y el triunfo en Rusia del espía que vino del frío, Vladimir Putin, como correlato de la limpieza étnica que emprendió en Chechenia.

Duros reveses para la tercera vía, tendencia que procura frenar el desenfreno del capitalismo después de deshacerse del Estado de bienestar. Sus líderes (Bill Clinton, Tony Blair, Gerhard Schroeder y D’Alema) hicieron prevalecer más que nunca los derechos humanos en Kosovo, pero, al parecer, soslayaron los mismos principios mientras los rusos hacían de las suyas en el Cáucaso.

Campea ahora un repliegue táctico. Cuya expresión política en Europa, mientras el mundo se presume sin fronteras, son los partidos que, inclinados hacia el centro con franca oscilación hacia la derecha, prometen más seguridad, menos inmigración ilegal, más empleo, menos impuestos, más participación de la gente que del Estado y menos corrupción. Son los más conservadores, en definitiva, aunque algunos de ellos, como Berlusconi y Haider, parezcan coherentes en un solo punto: el populismo antidemocrático.

Estamos todos en el mismo barco, acechados por planteos y replanteos contra el cambio que son los padres y los hijos del miedo. Que, en su afán de predicar contra la gobalización, cual puntal, pueden valerse de su mejor herramienta, Internet, con tal de convocar multitudes.

Son señales coincidentes y contradictorias al mismo tiempo. De las cuales queda un mensaje: la gente pretende cambiar, pero no tanto. Si no, la izquierda uruguaya (Tabaré Vázquez) y la derecha chilena (Joaquín Lavín) habrían ganado sus respectivos ballottages; por algo llegaron a esa instancia.

Tan coincidentes y contradictorias son las señales como las protestas contra el Fondo Monetario y el Banco Mundial, en Washington, segunda parte de Seattle. O el rechazo del ala dura de la CGT a la refoma laboral, en Buenos Aires. O las marchas contra el aumento de las tarifas de agua, chispa de la marginación, en Bolivia. O las demandas de los indígenas, en el Brasil, cinco siglos después de la colonización portuguesa.

Símil con plumas de los reclamos de sus pares ecuatorianos (excusa del golpe de Estado, en enero pasado), chilenos (los mapuches, en particular, muy activos en 1999) y mexicanos (en armas desde la insurrección de los zapatistas de Marcos en Chiapas, en 1994).

La revolución conservadora se nutre tanto de los motines a bordo como del miedo al cambio. ¿Qué otra razón tuvieron, si no, las victorias de Jorge Batlle, en el Uruguay, y de Ricardo Lagos, en Chile, signos de continuidad; o de los candidatos del establishment en las primarias norteamericanas (Al Gore y George Bush), o de Alberto Fujimori, en la primera vuelta de las elecciones del Perú, a pesar de las severas denuncias de fraude por las que, por décimas, no redondeó el 50 por ciento de los votos?

“Predique la necesidad de introducir cambios, pero nunca modifique demasiado a la vez –aconseja una de Las 48 leyes del poder, de Robert Greene y Joost Elffers–. Demasiada innovación resulta traumática y conducirá a la rebelión.”

Rebelión que podría haber provocado la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas con una virtual condena de China, cual advertencia, después de nueve años consecutivos en los cuales no reparó en la matanza de disidentes políticos, el 4 de junio de 1989, en la plaza Tiananmen, de Pekín, ni en su desprecio a las libertades básicas y fundamentales de las minorías étnicas y religiosas.

Es, curiosamente, la misma vara que bajó el pulgar con justicia contra Cuba, pero que parece hacer una excepción con China, cual bula. O cual prolongación obcecada del status diferente de los derechos humanos entre los albaneses de Kosovo y los separatistas de Chechenia. Como si unos fueran humanos y tuvieran derechos, y los otros no. Como si una dictadura, capaz de quebrar la hegemonía del mundo unipolar, fuera menos malvada que la otra.

Así como el aval de la Argentina a la condena provocó revuelo en el gabinete de De la Rúa por el prejuicio de seguir la línea pro norteamericana de Menem, también marcó, en cierto modo, un punto de inflexión en países que han sido socios del régimen de Fidel Castro en su cruzada comunista, como la República Checa y Polonia, autores de la resolución, y otro con fuertes inversiones en la isla, como España.

Réplicas, en realidad, de la resistencia, y del miedo, al cambio. Emparentadas con el Comentario de Hill: “Si no tienes nada que perder con el cambio, tranquilo. Si sólo puedes ganar con el cambio, tranquilo”. Sabia ley de Murphy.



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