Brasil sobrevive al éxito




Sin anteojeras ideológicas ni recelos vecinales, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ha lanzado un millonario plan de concesiones para construir carreteras y mejorar ferrocarriles y aeropuertos en los próximos años. La audaz iniciativa, frente a una marcada caída del crecimiento en medio de la crisis global, recibió la bendición del sector privado y de la opinión pública, harta de lidiar con infraestructura propia del tercer mundo, y la reprobación de los empleados públicos y de la base del gubernamental Partido de los Trabajadores (PT), al cual pertenece ella misma.

En otros países de América latina, el Estado ha vuelto a monopolizar ese tipo de obras. Rousseff, como su antecesor, no comulga con los denostados Chicago boys de décadas pretéritas ni con las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI), pero tampoco se siente atada al discurso político anclado en los años setenta, ahora remozado por otros líderes regionales, por el cual es bueno aquello que sea público y es malo aquello que sea privado. Se trata de una ex guerrillera que, como su par de Uruguay, José “Pepe” Mujica, padeció cárcel y torturas en los años de plomo y, como Lula, se sobrepuso al cáncer.

Antes de las presidenciales uruguayas, Mujica no dudó en comprarse un traje por primera vez en su vida y lidiar con el portuñol de Lula en lugar de buscar apoyo en la Argentina, del otro lado del “charco” (Río de la Plata). Mujica ha de ser el político más pobre del planeta con un viejo Volkswagen valuado en 1.945 dólares como único bien a su nombre. Eligió a Lula como modelo por haber transitado por la acera de la izquierda en el pasado y por la mutua historia de superación y pragmatismo. Las personas, como los países, no cambian; evolucionan.

En Brasil, a diferencia de otros confines latinoamericanos, las grandes políticas no han variado más allá de la transición de Fernando Henrique Cardoso al primer presidente del PT en la historia, Lula, y del ex líder obrero a la primera presidenta mujer, Rousseff. Tampoco ha variado la preminencia de las instituciones sobre algo tan circunstancial como los gobiernos de turno, muchas veces mancillados por vergonzosas causas de corrupción. Algo insólito ha ocurrido ahora: el ex senador Luiz Estevão, destituido en 2000, devolverá 234 millones de dólares que había desviado a su empresa constructora; era dinero público.

Tan insólita es esa actitud en el prontuario latinoamericano como la respuesta que recibió Lula apenas asumió el gobierno, en 2003. Lo llamó su par de Senegal, Abdoulaye Wade: necesitaba un avión para combatir la peor plaga de langostas en 15 años en África occidental. “Le dije que se quedara tranquilo –me contó tiempo después el ex presidente de Brasil–. Pasaron seis meses. Wade me llamó de nuevo. El avión no había salido. El comandante de la Fuerza Aérea me informó que el pedido debía ser tratado por el Congreso. Es diferente en otros países. Chávez puede mandar tractores a Bolivia. Yo no puedo”.

Es otra diferencia entre Brasil y sus vecinos. En sus ocho años de gobierno, Lula afrontó rifirrafes de Hugo Chávez, Evo Morales y los Kirchner, pero tuvo la virtud de conciliar con todos y, a su vez, de proyectar a su país hacia el exterior con la agenda heredada de su antecesor, Cardoso, más allá de las diferencias públicas y notorias entre ambos. Surgió de ese modo un afán de liderazgo regional silencioso, no declamado. Brasil asumió su peso específico en América del Sur y, más allá de sus intervenciones en las catástrofes de Haití y otras latitudes, dejó en manos de México el eje Puebla-Panamá.

La creación de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) apuntó a ello, así como las mediaciones en países en apuros. El Mercosur resultó ser un exitoso colchón de diferendos entre Brasil y la Argentina mientras Uruguay y Paraguay denunciaban en vano sus asimetrías y Venezuela no lograba incorporarse como socio activo. Suspendido Paraguay por la destitución exprés del presidente Fernando Lugo, Rousseff permitió que el sueño de Chávez se hiciera realidad bajo la premisa de fortalecer bloques regionales en desmedro de los tratados de libre comercio de los Estados Unidos con algunos países.

Por cuestión de días, Lula y Néstor Kirchner no aterrizaron juntos en 2003 en China, socio con Brasil, Rusia, la India y Sudáfrica del grupo BRICS. Por cuestión de días, también, no cancelaron juntos en 2005 las deudas soberanas con el FMI. Por otra cuestión, tampoco revisaron juntos esa medida: Brasil se propuso capitalizar al organismo con 10.000 millones de dólares; la Argentina, cuyo principal agente financiero externo era Venezuela, se propuso retornar a los mercados de deuda con mediciones internas de dudosa legitimidad y acreedores externos insatisfechos.

En forma simultánea, el Brasil de Lula, “cansado de ser una potencia emergente”, según su definición, planeó la compra de armamento militar más grande de América latina y recibió sin pudor al presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad. Es, a pesar de ello, un país mimado por los mercados que será la sede del Mundial de fútbol en 2014 y de los Juegos Olímpicos en 2016. En ese país, sin miedo a desafinar con la prédica estatista cercana, Rousseff omitió una sola palabra al lanzar su plan de inversiones: privatizaciones. Es la forma brasileña de sobrevivir al éxito. Otros insisten en tomar la guitarra con la izquierda y, con disimulo, ejecutarla con la otra mano.



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