Matar a un elefante




De nada valdrá la intervención de la ONU en Myanmar, ex Birmania, si China no cambia de actitud frente al régimen

Promediaba la década del veinte. Eric Arthur Blair era un oficial de subdivisión de la policía de Moulmein, allá lejos, en la baja Birmania, antigua colonia británica. Tronó el teléfono, temprano. Tanteó el auricular: “¡Un elefante está devastando la feria!”, reconoció en el grito la voz de un subinspector birmano. Los elefantes eran empleados para desplazar troncos de teca. Siempre existía el riesgo de que alguno se descarriara y provocara destrozos. Algo usual para un nativo, no para un blanco como él. Montó en el caballo con su Winchester 44, rifle demasiado pequeño para vérselas con un animal tan grande. Iba decidido, no obstante ello, a imponer la ley y restablecer el orden.

La mañana era húmeda y sofocante, como toda mañana de la estación de lluvias. En el camino, interrumpido por birmanos alterados, Blair se enteraba de las fechorías cometidas por el elefante: había hecho añicos una choza de bambú, había matado a una vaca, había invadido un puesto de frutas, había volcado un carro municipal… Su cornaca (amansador de elefantes) había ido a buscarlo en la dirección equivocada; estaba a 12 horas de distancia. No tenía alternativa: debía enfrentar al  elefante en compañía del subinspector birmano que lo había despertado y de cuatro temerosos alguaciles hindúes.

Lo estaban esperando, ansiosos, en el barrio en el que el elefante había sido visto por última vez. Era un laberinto de escuálidas chozas de bambú techadas con hojas de palma que culebreaba en una ladera empinada. En un recodo hallaron el cadáver de un negro tendido en el barro. El elefante, aseguraban los dudosos testigos, le había puesto una pata encima tras sujetarlo con la trompa. Suficiente, se dijo Blair, y empuñó un rifle prestado de mayor calibre que el suyo. Les avisaron que estaba en los arrozales. Allá fueron, cuesta abajo, convocando curiosos a sus espaldas.

El elefante no se mosqueó. Blair giró sobre sus talones y observó, azorado, un océano de más de dos mil rostros amarillos, felices y excitados. Dudó un instante, pero finalmente cerró el ojo izquierdo y oprimió el gatillo. “Muchas veces me pregunté si alguien se habría dado cuenta de que yo lo había hecho simplemente para no parecer un tonto”, corona el relato, titulado Matar a un elefante, el oficial de la Policía Imperial India, destinado a Birmania entre 1922 y 1927, que, a pesar de haber nacido en Motihari, Bengala, alcanzó el cenit como uno de los escritores británicos más brillantes de su época con el seudónimo George Orwell, autor de 1984 y Rebelión en la granja, entre otras obras.

Aquel oficial de pelo oscuro y bigote a mitad de camino, altísimo, desgarbado, retraído, algo tímido, colgó poco después el uniforme: “En parte, porque el clima me había estropeado la salud y, en parte, porque ya sentía vagos deseos de dedicarme a escribir, pero, sobre todo, porque no podía seguir sirviendo a un imperialismo que había llegado a ver fundamentalmente como un robo”.

Promedia ahora la primera década del siglo XXI. Ban Ki-moon es el secretario general de las Naciones Unidas. Truena el teléfono, temprano. Tantea el auricular: “¡Una dictadura está devastando Birmania (Myanmar desde 1989)!”, reconoce en el grito la voz de George W. Bush, apremiado por grupos opositores de la junta militar que gobierna el país desde 1962 radicados en los Estados Unidos y en otros países. De un momento a otro, la dictadura iba a descarriarse y provocar destrozos, como el elefante.

El elefante, retratado con rasgos imperiales en la primera novela de Orwell, Los días de Birmania, aplasta a los monjes budistas que ganaron la calle con sus túnicas de color azafrán en demanda de democracia. Es el mismo elefante que disuadió las protestas de 1988 con una masacre que se cobró más de 3000 vidas.

Semanas después de las primeras refriegas contra los monjes, Ban resolvió enviar a un emisario, Ibrahim Gambari, cuya gestión resultó infructuosa. No por él, sino por la tozudez de la junta militar, liderada por el general Than Shwe, en no aceptar el diálogo con la oposición y en no dejar de hostigar a la poetisa Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz; su partido, la Liga Nacional por la Democracia, ganó por abrumadora mayoría las elecciones parlamentarias de 1990, pero los generales no reconocieron el resultado. El nuevo conflicto, desencadenado originalmente por las protestas masivas contra el aumento del precio del combustible y del costo del transporte, pasó a ser preocupante.

Preocupante por la impotencia de la comunidad internacional y, sobre todo, por la escasa colaboración de China, miembro permanente del Consejo de Seguridad con poder de veto que hizo de las suyas para evitar intromisiones en los dominios de un socio comercial, aliado estratégico y protegido diplomático, encajonado entre su frontera, la India, Laos, Tailandia y el Océano Índico. Preocupante, también, por su desdén frente a la represión de monjes y civiles desarmados, ordenada por la junta militar.

En las Naciones Unidas, China señaló que el elefante que aplastaba a los monjes no era una amenaza para la paz mundial. En enero había usado ese razonamiento, entonces codo a codo con Rusia, para vetar una resolución del Consejo de Seguridad que dictaba la liberación de los presos políticos, fomentaba el diálogo e instaba al cese de la violencia contra las minorías étnicas. Fuera de ese ámbito, poco ayudó la India, más interesada en contrarrestar la penetración china en Myanmar por medio de la provisión de armas que en contribuir de algún modo a la apertura democrática.

Desde los tiempos de Orwell, Birmania no dejó de ser una paradoja asiática. Un país pobre en la superficie y rico en las entrañas, expuesto al yugo del imperialismo británico, primero, y de la dictadura vernácula, después. En una subasta de Christie’s, un rubí birmano de 8,62 quilates alcanzó en 2006 el precio récord de 3,7 millones de dólares (a razón de 425.000 dólares el quilate).

Recursos, como las piedras preciosas, el gas y el  uranio, nunca le faltaron. En el Nordeste, El valle de los rubíes, como tituló su novela el escritor francés Joseph Kessel, tiene la variedad “sangre de paloma”, de color rojizo; es la más apreciada por los lapidarios.

En Myanmar, China no sólo invirtió dinero, sino, también, influencia. Pueblos que no eran más que laberintos de escuálidas chozas de bambú techadas con hojas de palma, como aquellos que describió Orwell, pasaron a ser emporios.

Como en Corea del Norte, un cambio de régimen no ofrece garantías a China. Sobre todo, de las inversiones en gas, teca, rubíes y zafiros. Tampoco ofrece garantías que, al estilo Yugoslavia, maduren los conflictos étnicos, que los hay a raudales, y se divida el país en porciones. En ese caso, la poco constructiva influencia del régimen de China terminaría siendo vista como una de las causas, si no la principal, del atraso en el cual vive un país pendiente, desde el siglo pasado, de los humores de un elefante.

En una guerra no declarada, la amenaza de aislamiento internacional, transmitida por el enviado de las Naciones Unidas, lejos estuvo de intimidar a los generales. Sólo se mostraron molestos por el uso de un arma que no existía en los años veinte: Internet, capaz de mostrar al mundo, que, como dejó escrito Orwell, el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces y que el homicidio parezca respetable.



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