Cómo atarse los cordones con una sola mano




Cada vez hay menos diferencia entre los gobiernos de ambas tendencias, vectores de la vida política durante dos siglos

En la Revolución Francesa no había zapatos para ambos pies. Aún no se fabricaban. El zapato derecho era igual al izquierdo. Sin diferencias entre sí. Los pies terminaban domándolos: pasaba a ser uno el derecho y el otro el izquierdo. Con la política ocurrió algo parecido. En la asamblea nacional constituyente de Francia se sentaron a la derecha los partidarios de la monarquía absoluta y a la izquierda los detractores del orden establecido. Hasta entonces no había corrientes de opinión identificadas de ese modo. Tenían, como los zapatos, el molde derecho y debían calzarlo en el pie izquierdo. No existían las hormas, supongo.

Dos siglos después, con un zapato para cada pie, la derecha y la izquierda sobreviven más en la forma que en el contenido. En Europa, cuna de ambas vertientes, varios motes sustituyeron los modelos primitivos. En Gran Bretaña, Francia, y Alemania, entre otros países, no pocos candidatos de un polo enriquecen sus programas con el ideario del otro hasta confluir en una especie de centro en el cual resulta mínima la diferencia si gobierna uno o el otro.

En los noventa, Tony Blair, Lionel Jospin y Gerhard Schröder, así como Bill Clinton en los Estados Unidos, aplicaban la fórmula de la guitarra: se toma con la izquierda y se ejecuta con la derecha. El progresismo, rico en rostros frescos, contagiaba entusiasmo a la luz del new labour británico, la nueva socialdemocracia alemana, el nuevo socialismo francés y los nuevos demócratas norteamericanos. Todo era nuevo; todos eran nuevos. Cada uno, sin embargo, tenía un reto: calzar el pie izquierdo en el zapato derecho.

No estaban llamados a ser revolucionarios, sino reformistas. Y, para ello, debían recorrer con zapatos nuevos, y ajustados, un sendero angosto hacia la confluencia entre el dogmatismo del mercado, base de la globalización, y el rigor de los Estados, sometidos a dieta sin descuidar sus obligaciones básicas. La sociedad del conocimiento prometía superar a la sociedad posindustrial. Era el sueño de unos pocos.

En América latina, la derecha y la izquierda a la usanza europea perdieron peso desde la década del treinta. El populismo, en muchos casos, dejó poco margen para distinguir entre una vertiente y la otra. El populismo y los gobiernos de facto, así como los movimientos políticos en desmedro de los partidos tradicionales, desvirtuaron los moldes originales. A finales de los noventa, sólo Hugo Chávez se animaba a despotricar contra el Consenso de Washington y a venerar a Fidel Castro; iba a contramano de todo y de todos.

¿Era una voz oportuna u oportunista? Hubo crisis; la argentina, entre ellas. Hubo una ruptura. La economía no cambió. Ni la economía ni las reglas cambiaron, más allá de la profusión de reformas constitucionales que inauguró Chávez en los Andes. Cambió la tendencia. Y cambió el paradigma. ¿Quién iba a negarle en Brasil a un metalúrgico el derecho de ser presidente? ¿O en Bolivia a un aymara, o en Uruguay a un socialista, o en Chile a una mujer, o en Ecuador a un desconocido? Nada hubo que objetarles: ganaron las elecciones con todas las de la ley.

La izquierda, empero, no dejó de zigzaguear en la contradicción entre defender los valores democráticos y, a la vez, defender un régimen como el cubano que, en medio siglo, cercó todas las libertades. La derecha, que nunca se jactó de serlo, no dejó de sentirse culpable, como si la mera mención de esa filiación, fuera liberal o conservadora, memorara adhesiones a golpes militares o gestiones poco eficaces.

Hubo crisis y hubo ruptura, no obstante ello. Hasta México, con un presidente de signo opuesto al Partido Revolucionario Institucional (PRI) por primera vez en siete décadas, estrenó zapatos nuevos. Botas nuevas en el caso de Vicente Fox, sucedido seis años después por Felipe Calderón. ¿La derecha sucedió a la izquierda, cual excepción a la regla? La izquierda dejó de ser la izquierda desde que el Partido de la Revolución Democrática (PRD), nacido de las entrañas del PRI, se apropió de sus banderas. Y, a pesar del vano intento de Andrés Manuel López Obrador, aún no pudo izarlas tan cerca de los Estados Unidos.

La venta masiva de los bienes y los recursos de los Estados, sometidos a dieta como en Europa y los Estados Unidos, provocó el descontento de aquellos que no vieron colmadas sus expectativas. Casi todos, en realidad. No sólo por el reparto injusto, sino, también, por la corrupción masiva. En síntesis: mucha riqueza mal distribuida.

En Europa, después de la tercera vía de Blair y de la socialdemocracia de Schröder, la derecha, más cómoda con los zapatos del conservadurismo que con los zapatos del liberalismo, apoyó el pie en Alemania y en Francia, sus motores desde que insinuaron que podían fundar un club que intercambiara algo más que acero y carbón. En España, a la inversa, la izquierda de José Luis Rodríguez Zapatero sucedió a la derecha de José María Aznar y, en Italia, la izquierda de Romano Prodi sucedió a la derecha Silvio Berlusconi. Ninguno de ellos hizo, ni propuso, revoluciones.

En Francia, precisamente en donde nació la división entre la derecha y la izquierda, el nuevo presidente, Nicolas Sarkozy, y su rival socialista, Ségolène Royal, dejaron entrever en sus campañas que no apuntaban con sus ofertas hacia clientelas cautivas, sino hacia la masa crítica de la mayoría de las elecciones contemporáneas: los indecisos, gente de distinta extracción social que no está sujeta, como entre la posguerra y los setenta, a la pertenencia a una clase en particular. En el léxico político afloraron los individuos, no aferrados a ideologías ni encasillados en territorios.

De ahí la necesidad de seducirlos. Uno por uno. Esa necesidad de seducirlos, uno por uno, va más allá de los intereses del partido, antes representativo del obrero, del campesino, del terrateniente o del burgués.

Desde que el pobre comenzó a sentirse parte de la clase media, en ocasiones sólo por tener un televisor en casa, la preocupación se centró en el desarrollo individual, más que en el colectivo.

¿Qué más da, entonces, si un presidente inventa el socialismo del siglo XXI, como Chávez,  o si otro recompone la relación con George W. Bush, como Sarkozy? ¿Qué más da si los cocaleros, los piqueteros, los indígenas y los sin techo juran fidelidad al Che Guevara?

En Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, desentendido de la izquierda, supo en 2003 que iba a lidiar con una sangría de capitales por la desconfianza que generaba en el exterior. Si no aplicaba una severa disciplina fiscal, más propia de la derecha que del Partido de los Trabajadores (PT), peligraban sus planes de redistribución de tierras, mejoras educativas y Hambre Cero. El pie izquierdo debía calzar en el zapato derecho.

Si tal barrio dejó de ser socialista o conservador, o tal estamento dejó de ser liberal, o tal sindicato dejó de ser comunista, ¿qué más da? El pobre, si puede, calza los zapatos del rico. Y, salvo que respete una cábala, nunca sabe si ata primero el cordón del zapato derecho o el cordón del zapato izquierdo. El desafío, en la confluencia entre la derecha y la izquierda, es atarse los cordones con una sola mano.



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