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Que Pinochet haya vuelto, o sido devuelto, a Santiago no significa necesariamente una victoria de la que pueda ufanarse a bastón suelto. Es, quizá, la forma más elegante que encontró el gobierno británico, en aprietos desde que recibió el pedido de extradición de la justicia española, de deshacerse de él. O, tal vez, el broche de un acuerdo político cuyas primeras hilachas comenzaron a vislumbrarse en vísperas de las elecciones presidenciales en las que, después de una primera vuelta reñida, Ricardo Lagos, socialista enrolado en la Concertación, coronó la continuidad que rige en Chile desde el final de la dictadura.

El triunfo de Lagos, aunque no sea democristiano como Eduardo Frei y Patricio Alwyn, fue como una figurita repetida en los últimos 10 años frente a un candidato por la derecha, Joaquín Lavín, que renunció a mitad de camino a la causa Pinochet por considerarla perdida. No era negocio, al parecer, insistir con el prócer de otra generación.

Situación que, como sucedió desde que Pinochet quedó detenido en Londres, el 16 de octubre de 1998, alteró dramáticamente los papeles: el gobierno de Frei, con su izquierda moderada en las entrañas, terminó defendiendo al responsable de los crímenes que no se atrevió a juzgar, y la gente que buscó una alternativa conservadora se vio en la encrucijada de votar por un alcalde exitoso de un municipio caro de Santiago, Las Condes, que no respondía al interés nacional de que se aplicara el principio de territorialidad.

Principio, y fin en sí mismo, que no cuadró en la decisión del gobierno británico. Lo cual sienta un precedente: las atrocidades por las que Pinochet era requerido en Madrid, comprendidas en la Convención contra la Tortura (1984) y en la Convención contra el Genocidio (1948), están por encima de las constituciones nacionales de los países signatarios, como Chile y, sin ir más lejos, la Argentina.

Esto quiere decir, en sintonía con las causas que avivaron el fuego en Kosovo, que priman los derechos humanos sobre los soberanos. Y que Pinochet, de 84 años, quedó en libertad por piedad. O, en todo caso, por ese motivo, presumiblemente deshonroso en su frondosa foja de servicios, que el gobierno chileno llamó razones humanitarias.

Nada ha cambiado, en definitiva. Pinochet, otra vez en Chile, puede bailar una cueca si quiere. Y puede burlarse, de ese modo, de los informes médicos que hablaban de lesiones cerebrales y demás cuitas severas, pero otros dictadores que viven fuera de sus países, y que cargan cruces parecidas, continúan en zonas de riesgo. Como Alfredo Stroessner, de Paraguay, en Brasil; Idi Amin, de Uganda, en Arabia Saudita; Jean-Claude Duvalier y Raoul Cedras, de Haití, en Francia y en Panamá, respectivamente, o Hissene Habre, de Chad, en Senegal.

Para otros que aún ejercen el poder, como Slobodan Milosevic y Fidel Castro, el síndrome Pinochet no deja de ser una terrible advertencia: no se les ocurra emprender fuera de casa una misión especial por hernia de disco o algo por el estilo, ya que los títulos domésticos, como senador vitalicio, no tienen validez en el exterior. Ni inmunidad diplomática, por cierto.

Lo comprobó Izzat Ibrahim, el segundo hombre fuerte de Irak después de Saddam Hussein. Está acusado de haber dirigido la masacre contra los kurdos, en 1988, y de haber ordenado torturas y muertes en su país. Un concejal de Viena, Peter Pilz, supo a mediados del año pasado que se hallaba internado en un hospital de su ciudad. Remitió el caso a un juez austríaco que, siguiendo el ejemplo de su par español Baltasar Garzón, pidió la captura.

Moraleja: en menos de 48 horas, Ibrahim regresó a Bagdad, valiéndose de una escala, de favor, en Jordania.

A diferencia de Ibrahim, Pinochet purgó en Londres más de 500 días, con sus noches, en espera de una decisión más política que judicial. Que divide de nuevo a Chile, por más que Lagos y Lavín hayan intentado soslayarlo durante la campaña electoral. La médula de la fractura no pasa por ellos, sino por un pasado de final abierto. E incierto. Cual herida que no cicatriza. Ni cicatrizará mientras su estampa y figura siga presente. O tan presente.

Están pendientes en Chile no menos de 60 causas por violaciones de los derechos humanos contra Pinochet. ¿Será juzgado ahora? El problema, acaso una virtud, es que su régimen no emprendió, y perdió, una guerra, como la Argentina contra Gran Bretaña por las Malvinas. Lo cual derivó en el respaldo logístico que Margaret Thatcher no se cansó de agradecerle durante su estancia forzosa en Londres.

Eso, en principio, juega en su favor. No el aval de la ex primera ministra británica conservadora en el apogeo del gobierno laborista de Tony Blair, impulsor de la mano dura contra Milosevic, sino la actitud de Pinochet. Actitud que, puertas adentro, justificó como un escudo frente a la posibilidad de que la dictadura argentina, entonada por una virtual recuperación de las islas, quisiera continuar en carrera con otra guerra. Chile, después de varios roces, era el blanco más cercano.

De ahí que el pasado de torturas y muertes, maquillado por el milagro económico de los 80 que la región adoptó como modelo, haya quedado encerrado en un cofre bajo siete llaves. Como el Operativo Cóndor, sociedad regional que promovía el exterminio de comunistas y afines en Chile, la Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay y Paraguay.

En el limbo habría quedado, así como los avales del gobierno norteamericano al golpe contra Salvador Allende, el 1973, si el régimen de Pinochet no hubiera cometido dos errores garrafales: los asesinatos del general Carlos Prats, en Buenos Aires, y del ex canciller Orlando Letelier, en Washington. Fueron boomerangs que se volvieron en su contra.

Pero Pinochet no es Galtieri; ni Milosevic, perdedor de una guerra, es Galtieri. Pinochet, a lo sumo, era el hombre indicado en el banquillo equivocado. Circunstancia que podría haberse evitado si existiera un tribunal internacional que juzgue los delitos contra los derechos humanos. Tribunal cuya creación rechazan los Estados Unidos y China.

Prosperó, sin embargo, el pedido de extradición que cursó la justicia española. Justicia que, en su momento, también echó un manto de olvido sobre la dictadura de Franco. Lo cual no deja de ser curioso y paradójico a la vez. Como el bastoneo de Pinochet en Santiago, desafiante.

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