Las fronteras de la discordia
Estados Unidos y Europa apelan al repliegue identitario: la maquinaria de deportación del ICE y las vallas del Mediterráneo sacrifican la integración a cambio de una ilusión de control | Por Jorge Elías
Estados Unidos y Europa apelan al repliegue identitario: la maquinaria de deportación del ICE y las vallas del Mediterráneo sacrifican la integración a cambio de una ilusión de control | Por Jorge Elías
El abogado Pablo Ceriani Cernadas, experto en migración y derechos humanos, advierte en Cuarto de Hora, programa de CADAL TV, sobre el endurecimiento de las políticas migratorias en Europa, Estados Unidos y Argentina (leer más)
Una nueva ola migratoria en España reactiva la dependencia de Marruecos en un escenario cruzado por la justicia, la energía argelina y el fantasma de la crisis de 2021 | Por Jorge Elías (leer más)
El orden internacional que conocimos ha muerto y, como bien señaló en Davos el primer ministro de Canadá, Mark Carney, «la nostalgia no es una estrategia». Es una estrategia, en todo caso, para aquellos que abrazan la consigna Make America Great Again, convertida en una política de Estado en los dominios de Donald Trump. “Recuperemos nuestro hogar” y alusiones al “espíritu de 1776”, clama el Departamento de Seguridad Nacional, regente del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). La narrativa, que roza el léxico de los supremacistas blancos, hace sentir desplazados a los norteamericanos en su propio país. Desde los noventa, el relato político vendió una ilusión reconfortante: que la democracia, una vez instalada, era un camino de ida. Mientras Occidente se ocupaba de sus crisis domésticas, un fenómeno silencioso y coordinado empezó a gestarse en las sombras del poder global. No era solo el ascenso de líderes autoritarios con patente democrática, sino algo más ambicioso y peligroso: la formación de una suerte de internacional iliberal. Cara y cruz con China, Rusia y sus (leer más)
Las elecciones intermedias celebradas en la ciudad de Nueva York y algunos Estados tiñieron de azul (el color de la oposición demócrata) el mapa de Estados Unidos (mayoritariamente rojo, republicano, desde las presidenciales de 2024). Se trató de un plebiscito anticipado de la gestión de Donald Trump, cuyo gran reto serán las de mitad de mandato, en 2026, para renovar el Congreso, dominado por los suyos. El partido del presidente, sea republicano o demócrata, ha perdido 20 de las últimas 22 elecciones de medio término. Fueron excepcionales las de 2002, después de la voladura de las Torres Gemelas, y las de 1998, cuando los republicanos intentaron destituir a Bill Clinton por el escándalo con Monica Lewinsky. La victoria de Zohran Mamdani, de 34 años, desvió ahora todas las miradas hacia Nueva York. No solo porque será a partir del 1 de enero el alcalde más joven de esa metrópoli desde 1892, sino también por ser el primer musulmán en el cargo; por haber nacido en Kampala, Uganda, y por haber pasado parte de su infancia (leer más)
La economía de Guinea Ecuatorial, país ubicado en la costa occidental de África, ha experimentado un crecimiento significativo en los últimos años debido a sus recursos naturales, especialmente petróleo y gas, pero eso no se ve traducido en una mejora de las condiciones de vida de su población. “La situación en Guinea Ecuatorial es cada día peor”, dice el abogado Tutu Alicante, director ejecutivo de Equatorial Guinea Justice, la primera ONG del mundo dedicada a la defensa de los derechos humanos, el estado de derecho, la transparencia y la sociedad civil en Guinea Ecuatorial. Alicante, oriundo de Annobón, reside en Carolina del Norte, Estados Unidos. No puede regresar a su país por las amenazas que recibió de la dictadura de Teodoro Obiang, la segunda más longeva del mundo después de la camerunesa. Obiang lleva más de 45 años en el poder, lo que quiere decir, explica Alicante, que los ecuatoguineanos de 50 años o menos no conocieron otra forma de gobierno. Guinea Ecuatorial ha sido criticada por su falta de democracia y por los persistentes (leer más)
El segundo año de la pandemia fue más difícil que el primero, según el índice anual de Gallup sobre las vivencias positivas y negativas de las personas. En 2021, dice, el mundo se convirtió en un lugar un poco más triste y la gente se mostró más preocupada y estresada que en 2020. Al año siguiente, más allá la liberación de algunas restricciones como los confinamientos, la situación empeoró. El síndrome de burnout (literalmente quemado) no perdona. El 42 por ciento de las personas con empleos de escritorio se sienten agotadas, dice un sondeo de Future Forum realizado en Estados Unidos, el Reino Unido, Japón, Australia, Alemania y Francia. ¿Estamos todos quemados? En Argentina, sin ir más lejos, prospera la insatisfacción. La preocupación, la incertidumbre, el miedo y la desconfianza encabezan la tabla de las perspectivas sobre el futuro en el informe mensual de Taquion. El título no deja lugar a dudas en vísperas de las elecciones primarias y generales: El año de la desconfianza. Va en línea con otras encuestas que también reflejan la (leer más)
En octubre de 2021 hubo un golpe de Estado en un Estado golpeado: Sudán. Cayó el primer ministro, Abdalla Hamdok. Quedó bajo arresto domiciliario. Lo repusieron al mes siguiente frente a un dilema: la suspensión de millones de dólares de ayuda internacional. Hamdok renunció el segundo día de 2022. No pudo formar gobierno. Habían pasado 42 días después del acuerdo que alcanzó con la junta militar mientras disfrutaba de una apacible jubilación. Las calles estallaron con una consigna que no respeta fronteras: que se vayan todos. Civiles, militares y afines. La hoja de ruta de la transición consistía en democratizar un país sometido durante tres décadas a la dictadura de Omar al Bashir, depuesto durante el año de las protestas a cuatro bandas, 2019. La de Sudán resultó ser la sexta asonada militar de 2021 después del ciclo iniciado el 1 de febrero en Myanmar, antes Birmania, en el sudeste asiático. Le siguieron otras en Mali, Guinea-Conakry y Chad mientras en Níger hubo un intento fallido al igual que en Sudán un mes antes de (leer más)
Los frascos de las vacunas tienen tres palabras dramáticas: fecha de vencimiento. Y seis números aún más dramáticos: 08.2021. En la ciudad holandesa de Leiden, alerta The Washington Post, “90 pequeñas cajas blancas que contienen miles de dólares de la vacuna AstraZeneca” están a punto de caducar. ¿Por qué no son enviadas a otros países? Porque, por razones legales y logísticas, los Países Bajos no pueden donarlas. En Israel, agrega el Post, 80.000 dosis de Pfizer-BioNTech vencieron en julio. Polonia eliminó 73.000 de varios fabricantes. Mientras Argentina y otros países esperan la segunda dosis de Sputnik, Eslovaquia devolvió 160.000 a Rusia. El sobrante de unos contrasta con la emergencia de los otros. Sólo Carolina del Norte, Estados Unidos, dispone de 800.000 dosis con fecha de vencimiento inminente mientras apenas el 2,2 por ciento de la población de África había recibido la primera dosis a finales de julio. En África expiraron el 9 de agosto 469.868 dosis de varias marcas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Liberia perdió 27.000. Malawi, 20.000. No se trata (leer más)
Quedamos pronto y fácil para compartir un café en casa o en un bar. Taza va, taza viene, el café suele ser una excusa, no un fin en sí mismo. Hasta que uno repara en la historia de ese grano tostado y molido que en el libro Yo, Cafeto, de Analía Álvarez, cuenta en primera persona su propia historia. Una historia que comenzó “desde aquel rayo de sol que calentó la tierra” en la antigua Abisinia, ahora Etiopía, país sin litoral del Cuerno de África, y que entregó generosamente sus semillas a profetas, sultanes, reyes, conquistadores y adelantados para que hicieran de todas las tierras del mundo su tierra. “Mi tierra”, como dice él mismo. O, en realidad, Álvarez, periodista, docente universitaria y especialista Q Grader en café arábica. La semilla debió esquivar varias peripecias, como la Petición Contra el Café, escrita por las damas de Londres en 1674 por la preferencia de los caballeros a dejarse subyugar por el placer del café en desmedro de otros placeres, o las denuncias de sus detractores de (leer más)
El mundo es cada vez más pequeño. Tan pequeño que, a veces, pensamos que cabe en la palma de la mano. En este mundo pequeño, la globalización ha derrapado en la antiglobalización y, a su vez, brotan como hongos los nacionalismos, causantes de las peores tragedias del siglo XX. Dos países pueden tener rasgos comunes, como Colombia, donde nació Clara Riveros, y Marruecos, donde invirtió varios años de investigación en busca de denominadores comunes con su terruño y con América latina. Los encontró en un contexto de cambio o, acaso, de transición. El final de la historia, mentado en los noventa, terminó siendo el detonante de otra historia. La actual. En este texto y en este contexto, Clara Riveros observa las dos orillas con ojo crítico. El ojo experto de la politóloga y analista que no se queda con la primera impresión. Que va más allá mientras ausculta una realidad diferente, la de Marruecos, a la cual no es indiferente. Eso de la cooperación Sur-Sur entre dos países que antes eran expulsores de personas por (leer más)
El lema era End SARS. O acabar con el SARS, siglas del Escuadrón Especial Antirrobo de la Policía de Nigeria. Una suerte de banda parapolicial acusada de arrestos arbitrarios, torturas, asesinatos extrajudiciales y extorsiones. En las protestas, encabezadas por la generación iPhone (jóvenes de clase media nacidos en la también joven democracia), murieron 70 personas en un contexto acuciante. El de un país, el más poblado de África, con 202 millones de habitantes, 82 millones de pobres y 14 millones de niños sin escolarizar, que vive a la sombra de otra banda, la terrorista Boko Haram, filial del Daesh o ISIS. La caída del precio del petróleo, acentuada por la pandemia, llevó al gobierno a dejar de subsidiar el combustible, que aumentó un 15 por ciento. Las tarifas de electricidad se triplicaron y, cual broche, el SARS descargó su ira contra la sociedad civil. La réplica: movilizaciones masivas, saqueos, destrozos y ataques. Entre otros, contra medios de comunicación afines al presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, como el periódico The Nation y el canal de noticias (leer más)
Poco antes de su muerte, Abu Bakr al Baghdadi, alias el califa Ibrahim, había reformulado la distribución geográfica del Daesh, ISIS o Estado Islámico en una veintena de países. El divorcio de las huestes del otro difunto más buscado por Estados Unidos, Osama bin Laden, selló las diferencias. El autoproclamado califato supuso algo ajeno al ideario de Al-Qaeda. Un estadio superior: establecerse en regiones bajo el imperio de la sharia (ley islámica), de modo de aprovechar el malhumor social frente al maltrato de las autoridades chiitas, aupadas por Irán y tropas extranjeras, contra la otra rama del islam, la sunita. De pronto, un grupo de hombres vestidos de negro arribó a Mosul, la segunda de Irak. Despuntaba junio de 2014. Portaban armas, pero, a diferencia de los soldados iraquíes, mandones y corruptos, se mostraban respetuosos. Con su presencia, en especial frente a los edificios públicos, cesaron los saqueos. Un día decidieron retirar los bloques de hormigón que afeaban las fachadas. ¿Era el final del caos derivado de la guerra iniciada con la invasión de Estados (leer más)
Cuando Jair Bolsonaro se trenzó con Emmanuel Macron por la ayuda económica del G7 para aplacar los incendios y la deforestación de la Amazonía invocó la soberanía. La soberanía sobre una fuente imprescindible de oxígeno, colosal sumidero de dióxido de carbono, que impacta en las corrientes oceánicas y en el clima mundial. La selva amazónica, compartida por Brasil y otros ocho países, perdió más de un 20 por ciento de su terreno en las últimas seis décadas. Sólo en agosto hubo unos 31.000 focos de incendio, casi el triple que en el mismo mes de 2018. Arrasaron una superficie equivalente a 4,2 millones canchas de fútbol. Bolsonaro apeló al orgullo nacional frente a la alarma mundial. Culpó de los incendios a las organizaciones no gubernamentales, amonestó a su par de Francia por haber tratado a Brasil como “una colonia o una tierra de nadie” y, tras meses de humo, prohibió temporalmente las quemas a agricultores, ganaderos, madereros, mineros y petroleros. Nada nuevo, pues cada año arrasan miles de hectáreas. Las de 2019 superaron las previsiones (leer más)
El barco Open Arms ha llevado a España a 308 migrantes, de los cuales 137 eran menores, que fueron rescatados en Libia. Algunos de ellos escaparon de las guerras de Somalia y de Siria. Se trata de un drama que ha recrudecido en los últimos años. Las migraciones han aumentado un 49 por ciento desde comienzos de siglo, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Un récord. Gran cantidad de personas han muerto ahogadas, han desaparecido en el desierto o han sido víctimas de traficantes de personas en su afán de escapar de guerras, conflictos o penurias económicas. La agencia de noticias Associated Press ha documentado la muerte o la desaparición de 56.800 en todo el mundo desde el 2014, el doble de la única cuenta oficial que existe. La de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Después de un año y medio de negociaciones, casi 160 de los 193 miembros de la ONU decidieron contrarrestar la oleada nacionalista que sacude a Europa, Estados Unidos y otros confines en contra de los migrantes. (leer más)
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