Caos en Nigeria

En Nigeria, el país más poblado de África, los jóvenes encabezaron protestas contra la brutalidad policial que dejaron un saldo de 70 muertos




El lema de las protestas en Nigeria: End Sars

El lema era End SARS. O acabar con el SARS, siglas del Escuadrón Especial Antirrobo de la Policía de Nigeria. Una suerte de banda parapolicial acusada de arrestos arbitrarios, torturas, asesinatos extrajudiciales y extorsiones. En las protestas, encabezadas por la generación iPhone (jóvenes de clase media nacidos en la también joven democracia), murieron 70 personas en un contexto acuciante. El de un país, el más poblado de África, con 202 millones de habitantes, 82 millones de pobres y 14 millones de niños sin escolarizar, que vive a la sombra de otra banda, la terrorista Boko Haram, filial del Daesh o ISIS.

La caída del precio del petróleo, acentuada por la pandemia, llevó al gobierno a dejar de subsidiar el combustible, que aumentó un 15 por ciento. Las tarifas de electricidad se triplicaron y, cual broche, el SARS descargó su ira contra la sociedad civil. La réplica: movilizaciones masivas, saqueos, destrozos y ataques. Entre otros, contra medios de comunicación afines al presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, como el periódico The Nation y el canal de noticias TVC News. Ni el toque de queda ni la decisión de disolver el SARS aplacaron los ánimos.

El 66 por ciento de la población de Nigeria tiene menos de 35 años. Tanto esa generación como la posterior, de menos de 18 años, está hastiada de la corrupción, la inseguridad y el desempleo. No ve el futuro. El general Buhari, elegido presidente en 2015, era “la esperanza de los desesperados”, apunta el diario español La Vanguardia. Derrotó, en algo tan raro como elecciones democráticas, a Mahamat Ahmat, blanco de un atentado yihadista. Ahmat confiaba en que Buhari, con su experiencia militar, iba a “vencer a esos asesinos”. Los de Boko Haram.

El estallido social, sin un líder ni un partido detrás como ha ocurrido en otras latitudes, resume el desencanto popular

Cinco años después, poco cambió. Con dos millones y medio de desplazados, la violencia campea entre nómades y agricultores en el centro y el sudeste de Nigeria. El estallido social contra el SARS, sin un líder ni un partido detrás como ha ocurrido en otras latitudes, resume el desencanto popular. Entre la “ineficacia” y la “indiferencia deliberada”, observó en un artículo publicado en The New York Times una de las escritoras más laureadas de África, Chimamanda Ngozi Adichie, “existe la sensación de que Nigeria podría muy bien arder hasta los cimientos mientras el presidente se mantiene malévolamente distante”.

La represión alzó voces en contra de Buhari tanto en Europa y Estados Unidos (entre ellas, la del candidato presidencial demócrata, Joe Biden) como en la ONU y la Unión Africana. Se trata de un nuevo capítulo, observa Matthew Page, experto en Nigeria del centro de investigación o think-tank Chatham House, de Londres. Un nuevo capítulo en el cual “estamos siendo testigos de cómo el nigeriano medio pierde cualquier respeto por el Estado y el gobierno, y protesta contra la brutalidad policial, pero eso es sólo la punta del iceberg». El mandato de Buhari termina en 2023.

También inquieta la presencia de Boko Haram, cuyo nombre completo es Jama’atu Ahlis Sunna Lidda’awati wal-Jihad (Personas comprometidas con la propagación de las enseñanzas del profeta y la yihad). Los nigerianos decidieron llamarlo Boko (falso) Haram (impuro). Ese grupo terrorista, aupado entre 2009 y 2015 por Al-Qaeda, se hico conocer en 2014 con el secuestro de 200 adolescentes en Chibok, Nigeria. Su prontuario incluye bombardeos, ataques suicidas, esclavitud sexual y trabajos forzosos. Si bien Buhari logró atenuar su impacto, el remedio, llamado SARS, resultó ser tan dañino como la enfermedad.

Jorge Elías

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