El remedio es peor que la enfermedad
Sharon ha emprendido el camino más duro, cerrando toda posibilidad de arreglo en una guerra no convencional En contra del pragmatismo y de la terrible tendencia hacia la consecución de fines útiles, el primo mayor de Cortázar solía sacarse un pelo de la cabeza, hacerle un nudo en el medio y dejarlo caer suavemente por el agujero del lavabo. Si se enganchaba en la rejilla, bueno, paciencia, debía abrir un poco la canilla para que se perdiera de vista. Sin malgastar un instante, entonces, emprendía la ímproba tarea de recuperarlo. Es, más o menos, el reflejo de Medio Oriente: el pelo anudado, cual prenda de paz, se ha escurrido por el agujero del lavabo. O de la incertidumbre. Y está enganchado en la rejilla. A poco de perderse en la negrura de las profundidades por la dureza extrema de Ariel Sharon y por el comportamiento engañoso de Yasser Arafat, o viceversa, ante la mediación frustrada de George W. Bush. No deseada desde el comienzo de su gestión. Como si se tratara de una cuenta pendiente (leer más)
