Contame tu condena, decime tu fracaso




El denominado efecto De la Rúa, usado en Brasil para criticar a Lula, corona una crisis que va más allá de lo económico

Cerca de un modesto pueblo portuario de Galicia llamado Cariño, a la vera de acantilados de gran porte, deambulan almas en triste procesión. Cuenta la leyenda que, de noche, derraman lágrimas y arrastran cadenas, desconsoladas, esperando que algún mortal se apiade de ellas. En tránsito, o en trámite, entre el purgatorio, delimitado por los mañosos bosques de San Andrés de Teixido, y el Paraíso.

Cada alma de Santa Compaña carga un farol. Es el símbolo de una promesa incumplida en vida. De una cuenta pendiente por la cual el alma no podrá liberarse de sus ataduras terrenales hasta que sea saldada.

El farol, en principio, quedará en manos del testigo ocasional de su mirada, o de su luz mortecina, de modo de que cumpla, finalmente, con la promesa. Si no, el alma seguirá deambulando, errante en las sombras, y el mortal, a su vez, cargará su propio farol y otro ajeno.

Con faroles propios y ajenos, como almas en pena, cargamos los argentinos cada vez que nos asomamos por la escotilla. Es decir, cada vez que salimos del submarino del riesgo país y del voto bronca. O de la bronca a secas. Y vislumbramos en el exterior, huérfanos de respuestas en un mundo dominado por los miedos desde el 11 de septiembre, que nadie valora nuestro empeño en ser pobres en un país rico.

El Paraíso, como el bienestar, tiene un precio: se paga por él con la vida anterior como moneda. Poco a poco, sin mucho esfuerzo, nuestra imagen for export ha ido devaluándose. De homo arrogantis, capaces de suicidarnos desde lo más alto de nuestra egolatría y de adoptar el yo-yo como juego favorito, a chica Almodóvar, al borde de un ataque de nervios en la obsesión de saber qué he hecho yo para merecer esto.

Reflejado en la ausencia de todo rigor diplomático: «Temo un poco el efecto De la Rúa para Lula –espetó el secretario general de la Presidencia del Brasil, Arthur Virgilio–. ¿Qué es eso? Es un candidato que, con toda la buena voluntad y toda la buena fe, arma una campaña. Gana la elección. Después vienen los percances. Todo lo que dijo que no haría termina haciéndolo. Dijo que no iría al FMI y va. Y llama para dirigir la economía al tercero en las elecciones». A Domingo Cavallo quiso decir.

Moraleja: el denominado efecto De la Rúa ha calado como factor negativo en la campaña por la sucesión de Fernando Henrique Cardoso.

Pagamos las consecuencias de los faroles, o de las promesas incumplidas, tanto en casa como fuera de ella. De aquello que el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Paul O´Neill, ahora conciliador con el gobierno argentino, ha definido como una falla de fábrica: «Han estado en problemas con intermitencias desde hace 70 años o más. No tienen una industria de exportaciones. Y les gusta. Nadie los obligó a ser lo que son». Una ofensa gratuita, por más sincero que haya sido, descafeinada por razones de fuerza mayor: la necesidad de recuperar el crédito, no sólo el financiero. Que, en definitiva, tampoco recuperamos.

Es como si, derramando lágrimas y arrastrando cadenas, nos refugiáramos en la depresión. No en la económica, sino en la otra. La peor. Y, al mismo tiempo, buscáramos justificativos, o paliativos, con tal de resistirnos a estar como estamos y ser como somos. Carne de diván, convengamos. Voceros de nuestro otro yo: el psicoanalista. Sobre todo, frente a mesas de cubiertos diversos, y nacionalidades surtidas, en las cuales, por lo general, el único que critica a su país, y reniega de su origen, suele ser argentino. Rareza de fábrica, más que falla, después de la invocación ajena del rezongo de La última curda, de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo: «Contame tu condena, decime tu fracaso».

La Argentina es entonces una muchacha bonita de ojos tristes, tan exagerada en su orgullo como diluida en su autoestima, que no sabe qué quiere, ni qué siente, y que, mientras tanto, pide comprensión y compromiso, o viceversa, con una causa incierta cuyo plazo vence a medianoche. De mediano plazo ni hablamos.

Nos queda el recuerdo, el único Paraíso del cual no podemos ser expulsados. O pispiar por el periscopio, en lugar de asomarnos por la escotilla con tal de preservar la cabeza, mientras improvisamos ingratas, o imposibles, explicaciones sobre nuestra enorme capacidad para persistir en el medio pelo, acumulando promesas incumplidas, o faroles, con menos cariño que en el pueblo de Galicia.

Un funcionario brasileño desprecia a la Argentina, y ya. Uno de los Estados Unidos desprecia a la Argentina, y ya. Fidel Castro desprecia a la Argentina, acusándola de lamer la bota yanqui, y ya. Nosotros despreciamos a la Argentina, equiparándola con el farol de un alma en pena, y ya. Ni Virgilio, ni O´Neill, ni un dictador como el cubano, ni nosotros trataríamos con el mismo tono a México o a Colombia; ni un mexicano o un colombiano criticaría a México o a Colombia como un argentino critica a la Argentina.

¿De qué nos quejamos, entonces? Hasta tuvimos elecciones de medio término, o de medio pelo, en las que ganaron los perdedores y, conscientes de ello, festejaron la derrota como una victoria. ¿Incomprensible puertas adentro? De lejos, aquellos que procuran interpretar la realidad argentina no hacen más que menear la cabeza frente al virtual quiebre del sistema de partidos políticos, como en Venezuela. «¿No estarán incubando otro Chávez?», aventuró, en un almuerzo en Londres, una de las cabezas del Foreign Office. Más pendiente de Osama ben Laden que de De la Rúa, convengamos.

La procesión va por dentro, pero repica por fuera. Los atentados en Nueva York y en Washington coincidieron con la crisis argentina y, después de cabildeos, con el octavo plan de De la Rúa en casi dos años.

Dilemas diferentes que, en escenarios diferentes, han tenido correlatos diferentes: en las Naciones Unidas hubo cohesión inmediata de 189 países, dejando de lado los reparos ideológicos, con tal de apoyar en tiempo récord una resolución con letra y música de los Estados Unidos en contra del terrorismo y de sus sponsors; en la Argentina hubo dispersión inmediata de 24 gobernadores apenas De la Rúa anunció el nuevo plan.

¿Quién va a ayudarnos si no nos ayudamos a nosotros mismos? No nos ponemos de acuerdo. Y, en el ínterin, somos los nuevos gallegos de los chistes: «Los norteamericanos tienen a Bush, a Stevie Wonder, a Bob Hope y a Johnny Cash; ustedes tienen a De la Rúa, pero no tienen Wonder (milagro), ni Hope (esperanza), ni Cash (dinero)», aguijonea uno de ellos.

Sonrisa de Polaroid. Será peor si no asumimos que no somos griegos y romanos desterrados, como creía Borges, ni estamos en el Paraíso, sino, cariño, en un purgatorio generosamente alumbrado por faroles.



Be the first to comment

Enlaces y comentarios

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.