El silencio de los indolentes




Gran duda: ¿hasta qué punto los Estados Unidos estarán involucrados en la virtual guerra contra el narcoterrorismo?

Sepulturero y partero a la vez, Andrés Pastrana ha decidido enterrar la criatura que nació tuerta, creció renga y, ciega y paralítica en sucesivas prórrogas, terminó muriendo después de una sorda agonía: la mesa de negociaciones, o el laboratorio de la paz, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Mesa de patas flojas, o laboratorio de ensayos vanos, sobre cuyo mantel floreado el vaso supo estar medio lleno, de un lado, y medio vacío, del otro. O viceversa. Nunca lleno, o vacío, del todo.

A medias, finalmente, el experimento fracasó después de 1221 días. O de tres años y monedas. En principio, por la pésima voluntad de Tirofijo y por el excesivo voluntarismo de Pastrana. Turbado en la cornisa del desenlace, en un mundo convulsionado después de los atentados del 11 de septiembre y de la represalia contra el régimen talibán, por los secuestros del senador Jorge Gechem, primero, y de la candidata presidencial Ingrid Betancourt, después.

Provocadores. Definitivos. Tan provocadores y definitivos como las razones por las cuales las Naciones Unidas, inspiradas en George W. Bush, bajaron el pulgar contra todo refugio terrorista. O narcoterrorista. Heroína en Afganistán; cocaína en Colombia.

El terrorismo, o narcoterrorismo, transformó al partero en sepulturero tras haber confiado en la civilización mientras perduraba la barbarie. O en superar, con ponchazos de paz, 47 años en los cuales ha avanzado la discusión y ha retrocedido la verdad. Vencidas por una realidad que va más allá del conflicto colombiano en sí: se necesita un par de años para aprender a hablar y varias décadas para aprender a callar. Premisa que Tirofijo y su banda no han aprendido. Seguros, quizá, de que el silencio era, y es, el argumento más difícil de refutar.

El silencio de los indolentes superó todos los límites: el secuestro del avión de Aires en el que iba el senador Gechem quebró, más que la tregua, toda posibilidad de acuerdo. Y dejó a Pastrana al filo del ridículo, jaqueado por el costo político, y el desgaste personal, en un año electoral. Por más que, por veda constitucional, no pueda ser candidato a la reelección en un país expuesto, desde hace 13 gobiernos, a los avatares de la pesca milagrosa (secuestros al azar), la vacuna (impuestos revolucionarios) y los desplazados (970.000 entre enero de 1999 y febrero de 2002, los 37 meses de diálogo o laboratorio).

Un país expuesto, también, a la nueva camada de capos de la droga. Unos 50 entre cientos de organizaciones. Que, a diferencia de Pablo Escobar y de Gonzalo Rodríguez Gacha, no ostentan fortunas, ofreciendo el doble por todo aquello que pretenden comprar. Ni usan cadenas de oro de tres vueltas. Ni importan bestias de África para sus zoológicos privados.

Son más discretos, pero están asociados, al fin, tanto con las FARC y con sus primos hermanos del Ejército de Liberación Nacional (ELN) como con la expresión más nefasta de la extrema derecha, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), último recurso, en algunos casos, de clases poderosas y no tanto que, huérfanas de Estado, han creado, y criado, su propio monstruo con tal de defenderse.

Con el secuestro del avión en el que iban el senador Gechem, presidente de la Comisión de Paz del Senado, y unos 30 pasajeros, Tirofijo quedó a la altura de Ben Laden, según Pastrana. No ha sido la primera vez que ocurrió algo por el estilo, convengamos: el ELN se apoderó de uno de Avianca.

Pero en esta ocasión, sensibilizados los ánimos con la voladura de las Torres Gemelas y con el posterior secuestro de la candidata Betancourt, guerrilleros y terroristas, o narcoterroristas, han demostrado que operan del mismo modo: ocultan armas, desvían un avión robado y aterrizan en una carretera bloqueada, y liberada de árboles, de una región desolada.

El mismo horror, la misma lluvia, colmaron la paciencia de Pastrana: de nada iba a servir la prórroga hasta el 7 de abril, rubricada después de la cuasi ruptura del 20 de enero, con tal de que las FARC se maquillaran con mejor disposición para el proceso. Pasó entonces de partero a sepulturero. En espera de que el Plan Colombia, de sustitución de cultivos ilícitos, se convierta en la fuente de una batalla frontal.

Bush, al igual que la oposición demócrata del Capitolio, ve osada, y forzada, una intervención directa. Demasiado evidente, digo. En especial, por el eventual revival de Vietnam, acaso la invención de otro, en un territorio parecido. Selvático y pegajoso. En donde, no por mera casualidad, han sido capturados tres hombres del IRA.

Carne de lobbies, entre congresistas norteamericanos, en aras de levantar las restricciones sobre el equipo militar entregado al gobierno de Pastrana mientras desde el presidente de la Bolsa de Nueva York, Richard Grasso, hasta emisarios de compañías multinacionales mantenían reuniones cordiales con Tirofijo y con su vocero, Raúl Reyes, en el búnker de los suburbios de San Vicente del Caguán, con tal de persuadirlos de la conveniencia de hacer negocios en conjunto.

Un disparate. Como si los 42.000 kilómetros cuadrados cedidos a las FARC hubieran sido un nuevo país, con nuevas autoridades, rico en divisas gracias a labores tan filantrópicas como el tráfico de drogas y de armas, y la extorsión en un país marcado por 34.000 crímenes y por 3000 secuestros por año. Récord que, disuelto el diálogo, desarmado el laboratorio, mete pánico, puertas afuera, por el temible desbande de enfrentamientos, drogas, migraciones ilegales, delincuencia y corrupción.

El área de despeje, o despejada, era, dentro de todo, una suerte de paraguas. De muralla de contención. Por más que las FARC tuvieran frentes en otras regiones de Colombia y más allá. En Panamá, sin fuerzas armadas desde 1989, las bases establecidas en la zona del Darién han sido denominadas teatro de operaciones del Nordeste. En Venezuela, con la ambigüedad de Hugo Chávez como estigma, y en Ecuador son vox pópuli las armas, las municiones y los explosivos que transitan por las fronteras, reforzadas con mayor presencia militar. Otro tanto ocurre en Perú, desenmascarada la triangulación de Vladimiro Montesinos. En Brasil, la espesura de la selva disimularía pistas de aterrizaje.

¿Qué remedio, entonces, mientras aumentan las consultas en los hospitales norteamericanos por el consumo spedballs, mezcla de cocaína (de Colombia) y de heroína (de Afganistán)? Varias compañías de material bélico han facturado más de 1000 millones de dólares por equipos, mantenimiento y capacitación de las fuerzas armadas colombianas. Pingües ganancias que orillan por sí solas el costo total del primer tramo del Plan Colombia, desembolsado por los Estados Unidos y Europa.

Con 1300 millones de dólares, unos cuantos boinas verdes, helicópteros Black Hawk y tres nuevos batallones antidrogas, Pastrana encendió una luz dentro del pozo en el cual cayó la criatura que, como partero, hizo nacer: internacionalizó el conflicto, compartiendo responsabilidades con aquellos que, por la ley de la oferta y la demanda, engordan las arcas del narcotráfico. Como todo sepulturero, sin embargo, enterró dos corazones en el mismo ataúd.



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