Verás que todo es mentira




El miedo y la ineficacia de las agencias de seguridad han alimentado las hipótesis de un segundo acto terrorista

Que no, dicen. Que no ha sido Osama ben Laden. Si existe: en Afganistán jamás han visto un solo pelo de su barba. Que ha sido George W. Bush con tal de legitimarse, después del tironeo electoral con Al Gore, y de gobernar con dureza. Como en el Far West. Que no, reponen. Que han sido los chicos malos de la CIA, desplazados por los buenos. Que no. Que han sido milicias urbanas, encolerizadas por la ejecución de Timothy McVeigh, el criminal de Oklahoma. Que no, que no. Que han sido los halcones del Mossad para emprender, con el guiño norteamericano, el ataque final contra los palestinos. Final y definitivo. Que han sido los chinos, alérgicos al escudo antimisiles, alegan. Que han sido los rusos, nostálgicos del mundo bipolar.

¿Qué ha sido de las teorías conspirativas, lanzadas como dardos después de los atentados? Medio año después, Bush recita el eje del mal, pensando en Irak, pensando en Irán, pensando en Corea del Norte, mientras, pensando en lo peor, lidia con una corazonada atroz. Que, proyectada como las fantasmagóricas columnas de luz en donde hubo un par de colosos vidriados de hierro, martilla sus sienes. Cual amenaza. Sensata e insensata a la vez. Pasmosa.

Como la mera posibilidad de que una banda terrorista, y demente, pulverizara las Torres Gemelas. Como la mera posibilidad de que el ántrax irrumpiera con sello postal en el Capitolio. Como la mera posibilidad, ahora, de que los atentados contemplen, o prometan, segundas partes. En casa, también. Los Estados Unidos. Invictos, hasta el 11 de septiembre, de guerras y de miserias. Devastadoras.

Tan devastadoras como la mera posibilidad de que el eje del mal sea más amplio. Cual abanico. Con Irak, Irán, Corea del Norte, Siria, Libia, China y Rusia en la lista de potenciales países conflictivos. O en conflicto. Y que, a los ojos del Pentágono, incluya el uso de armas nucleares, rechazadas por Bush durante su campaña electoral. Al punto de evaluar una drástica reducción de ojivas. Entre 1700 y 2200 de un total de 6000. Sobre todo, por ser el símbolo de otra era: la Guerra Fría.

¿Terminó, en realidad? A raíz de los atentados, los Estados Unidos han mejorado las relaciones con China y con Rusia. Nidos de arsenales nucleares y convencionales. Y fuentes, al mismo tiempo, de la mayoría de las teorías conspirativas. Que, una vez en el aire, corren como el viento. Abonadas, en cierto modo, por las intrigas y por los errores. Gruesos. En especial, de las agencias de seguridad. Incapaces de prever los atentados. O de filtrarse en Al Qaeda. Y de desbaratar sus planes.

Como John Walker Lindh, alias Abdul Hamid. El muchacho de Washington, criado en California. De 20 años. Con la diferencia, en su caso, de que se convirtió en el norteamericano talibán. Johnny, el talibán. Capturado durante un motín en Mazar-i-Sharif, Afganistán, después de haber resistido, una semana, los bombardeos de la coalición y las embestidas de la Alianza del Norte.

Peor aún ha sido la amnesia, o el desliz, del Servicio de Inmigración y Naturalización (INS): Mohamed Atta y Marwan al Shehhi, los suicidas que derribaron las Torres Gemelas, recibieron el lunes sus visas de estudiantes, renovadas, en la academia de aviación del Estado de Florida, dejando de piedra a los mismísimos conspiradores. Nadie advirtió la coincidencia con los nombres y los apellidos. Ni reparó, seis meses después, en la prevención de nuevas desgracias.

Sólo Robert Reid, el terrorista del zapato, purga en prisión por haber intentado detonar la bomba que llevaba en la suela en un vuelo de Miami a París. Es decir, las investigaciones sobre la conexión interna, la ayuda en situ, dependen de la información que puedan suministrar cientos de musulmanes detenidos, no encausados, en los Estados Unidos y otros tantos varados en la base de Guantánamo.

Las agencias de seguridad compiten consigo mismas, divididas, y con las otras. Más que todo, por el área de competencia. Entre la CIA y el FBI, por ejemplo. Como en las películas. Distraen, entonces, gran parte de su tiempo, y de sus presupuestos, en la burocracia, descreyendo, como en la Guerra Fría, de toda pista que provenga de gargantas convencionales. De ahí, el éxito relativo de las teorías conspirativas: llegaron a deducir que Ben Laden, formado al amparo de los servicios secretos norteamericanos, era socio de la familia Bush en una compañía que vendía la vacuna contra el ántrax.

Gato encerrado siempre hay, sin embargo. Como los beneficios, después de la invasión de Afganistán, del tráfico de opio, compartido entre el régimen talibán y la Alianza del Norte, y de la explotación de gas natural y de petróleo. O las dudas sobre la autenticidad de los videos casi caseros de Ben Laden. Fáciles de editar, y de distribuir, en un mundo globalizado que, aún en calma, reclama 24 horas de noticias. Sin pausas.

Desde el asesinato de Kennedy, acaso antes, las teorías conspirativas han gozado de mejor salud que las versiones oficiales. Ridículas, a veces. O increíbles. Lo era, de hecho, el escándalo Irán-Contras. Lo era, también, el escándalo Monica Lewinsky. Capaces, ambos, de despertar el imaginario, y la imaginaria, de un pueblo nacionalista, optimista, religioso, orgulloso, poco afecto a la ironía y nada interesado en el exterior.

Sin necesidad de aprender un segundo idioma. Ni de acertar, en el mapa, dónde queda Madrid. O Buenos Aires. Convencido, asimismo, de ser el más democrático, poderoso, indulgente e invulnerable del mundo. Hasta el 11 de septiembre, al menos. Dividida la humanidad, por Bush, entre los buenos, nosotros, y los malos, los otros, mientras los medios de comunicación masivos comenzaron a plantearse la disyuntiva políticamente incorrecta entre la libertad de expresión y el sentimiento patriótico.

Mentora de sospechas. Y de revisiones. O de errores. Garrafales, algunos de ellos. Como la deportación, en 1955, del científico Tsien Hsue-shen: terminó siendo, en Pekín, el primer espía chino made in USA. El padre de la cohetería. De los proyectiles nucleares. Después de haber trabajado en secreto, durante la Segunda Guerra Mundial, en proyectos vinculados con las técnicas de fabricación alemanas. Las más modernas.

Pura anécdota, o antecedente, frente a la revelación, a principios de 2001, de la doble vida de Robert Philip Hanssen. Vecino honorable de Vienna, Virginia, cerca de Washington. Padre de seis hijos. Empleado del FBI durante 25 años. ¡Espía de la Unión Soviética, primero, y de Rusia, después!  Digno de John Le Carré, autor de El espía que llegó del frío. Como Marita Lorenz. La alemana al servicio de la CIA que amó a Fidel Castro. Tanto que no pudo cumplir con su misión: matarlo. El veneno, finalmente, se escurrió en el bidet. ¿Traición? Verás que todo es mentira. Y verás que, en verdad, al mundo nada le importa.



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