Tan lejos de Dios, tan cerca de los Estados Unidos




Más allá de la coyuntura, el éxito o el fracaso de América latina está íntimamente ligado a la suerte de su vecino del Norte

Un ciego estaba sentado en la vereda. Sobre sus rodillas tenía una gorra. A un costado, un cartel escrito con tiza decía: “Ayúdeme, por favor, soy ciego”. Daba pena. Un publicista se acercó a él, escribió algo en el cartel y, sin mediar palabra, se marchó. Horas después, la gorra rebosaba en dinero. El publicista regresó. Lo reconoció el ciego por sus pasos. Le preguntó qué había escrito en el cartel. “El mismo mensaje, pero con otras palabras”, respondió el publicista. El cartel decía ahora: “Estamos en primavera y no puedo verla”.

La modificación del mensaje, cual moraleja, supone la necesidad de cambiar de estrategia si algo no sale como uno se lo propone. Desde que declararon la guerra contra Irak, los Estados Unidos perdieron la visión de ese país y del mundo: pudo disminuir la violencia entre chiítas y sunnitas gracias al incremento del contingente militar, pero lejos quedaron las promesas de un trasplante de democracia al estilo occidental. En esas circunstancias, ¿cuál podría ser una señal de victoria?

En el mundo, la preeminencia norteamericana como agente del bien se diluyó como el azúcar en el café. En una comisión bipartita reunida en Washington por el Center for Strategic & International Studies (CSIS), Richard Armitage, secretario de Estado adjunto para Medio Oriente durante el primer período de George W. Bush, y Joseph Nye, profesor de Harvard, concluyeron: “Desde el 11 de septiembre de 2001, los Estados Unidos han exportado temor y furia en lugar de los valores más tradicionales del país, esperanza y optimismo”. Razones no les faltaron.

En su momento, Nye estableció la diferencia entre la persuasión que ejercen los Estados Unidos para convencer a otros países de acompañarlos en sus planes, llamada poder blando (soft power), y la coerción con la cual pueden obligarlos a ir detrás de ellos, llamada poder duro (hard power). Entre la zanahora y el palo, tras el desafortunado resultado de la guerra, hubo un cambio de actitud en el gobierno de Bush con el pedido de fondos para reforzar el poder civil en Irak, formulado por el jefe del Pentágono, Richard Gates.

Enterados de ello, Nye y Armitage propusieron una tercera vía, llamada poder inteligente (smart power). ¿En qué consiste? En la capacidad de combinar el poder blando y el poder duro, de modo de trazar una estrategia convincente y exitosa que mejore la degradada imagen de los Estados Unidos. Esa estrategia era usual en la Guerra Fría. Tras la voladura de las Torres Gemelas, el poder duro avasalló al blando.

En cierto modo, la comisión presidida por Armitage y Nye e integrada por legisladores republicanos y demócratas, ex embajadores, militares retirados y directores de organizaciones no gubernamentales quiso ser como el publicista que se topó con el ciego. Procuró alentar un cambio de estrategia. O, al menos, instar a ello en vísperas de la salida de los neocons de la Casa Blanca tras las elecciones de 2008. Tarde, Bush giró hacia asuntos que debieron ser prioritarios, como un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos.

La nueva etapa, emparentada con el realismo, involucra las relaciones con el mundo. No se trata de desistir del poder blando ni del duro, sino de combinarlos con sabiduría. El poder duro siempre fue vital. Lo consignan   los expertos en relaciones internacionales Roberto Russell y Fabián Calle en un ensayo sobre la periferia turbulenta latinoamericana: “Resulta difícil encontrar desde la fundación de los Estados Unidos un solo año en el que soldados de ese país no hayan estado en el exterior persiguiendo piratas, castigando bandidos, rescatando ciudadanos estadounidenses en peligro, interviniendo en guerras civiles, deteniendo masacres, haciendo zozobrar regímenes vistos como inamistosos y exportando la democracia”.

Si los Estados Unidos aplican el poder inteligente, ¿cómo deberían comportarse los otros países? En el libro El poder, Dick Morris, famoso por haber asesorado a Bill Clinton en la reelección de 1996, y su socio argentino, Luis Rosales, experto en relaciones internacionales, dicen que “América latina no puede escapar de la proximidad de los Estados Unidos” y que “su éxito o su fracaso estará relacionado inevitablemente con su política de vinculación con el mercado norteamericano”.

A diferencia de los noventa, cuando no había otro discurso que no fuera la exaltación del libre comercio, Morris y Rosales aportan como novedad la conversión en la región desde el ascenso de Hugo Chávez y de otros líderes de orientación parecida. Un toque de realismo: “Para superar el estancamiento económico, los Estados Unidos deberían afianzar su capitalismo y América latina debería practicar más de lo que pregonan sus políticos de izquierda”.

Lo mismo me dijo el presidente de la Brookings Institution, Strobe Talbott, subsecretario del Departamento de Estado en el gobierno de Clinton, antes de la asunción de Cristina Kirchner: “El principal desafío de América latina es el nexo entre la política y la economía”.

Todo conduce al cuento El país de los ciegos, de H. G. Wells. En él, un montañista es arrastrado por un talud de nieve hacia una garganta de los Andes ecuatorianos. En un desfiladero encuentra un valle secreto en el cual sólo viven ciegos. Les cuenta que en su mundo, del otro lado de las montañas, hay ciudades y mares. Les cuenta, también, que la gente tiene el don de la vista. Creen que está loco; deciden arrancarle los ojos. No podían concebir la diversidad. El montañista debía cambiar de estrategia y, quizá, de mensaje.

El realismo no incumbe sólo a los primos del Norte, por los cuales Porfirio Díaz exclamó a comienzos del siglo XX: “¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!”, sino, también, a los otros países. De ahí la iniciativa de Armitage y Nye de escribir otro mensaje en el cartel del ciego. En él, “Guantánamo se ha convertido en un icono global más poderoso que la Estatua de la Libertad”.

En cinco áreas, según ellos, debería concentrarse la política exterior norteamericana: restablecer alianzas, sociedades e instituciones multilaterales; incrementar el papel del desarrollo económico; invertir en una diplomacia pública que se concentre en los contactos con las sociedades, no sólo con los funcionarios gubernamentales; combatir el proteccionismo, y desarrollar tecnologías innovadoras.

¿Cómo se resuelven, mientras tantos, los problemas inesperados, como la súbita crispación del gobierno argentino por el affaire de la valija con casi 800.000 dólares que pretendió ingresar en el país Guido Antonini Wilson? Con realismo. Después de todo, como señalan Russell y Calle, “el caso más ambiguo [de América latina] fue el de la Argentina bajo el gobierno de Néstor Kirchner. Su oposición a los Estados Unidos, más simbólica que real, estuvo más dirigida al ámbito interno que al gobierno de Bush. Además, y por intereses propios y de largo plazo, la Argentina cooperó activamente en los temas de la agenda bilateral considerados vitales por los Estados Unidos: lucha contra el terrorismo y el crimen organizado y oposición a la proliferación nuclear”.

Frente a ello, como si del ciego se tratara, el publicista escribiría “el mismo mensaje, pero con otras palabras”. Tan lejos de Dios, tan cerca de los Estados Unidos, la ceguera ideológica es, a veces, peor que la biológica.

 



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