La pugna nuclear aviva tensiones

Estados Unidos mantiene el compromiso de no proliferación nuclear, pero aumenta su arsenal bajo el argumento de contrarrestar una creciente amenaza de Rusia




La competencia por el Gran Poder | Federación de Científicos Americanos

Desde el final de la Guerra Fría ha bajado en forma significativa el número de armas nucleares en poder de Estados Unidos y de Rusia, según la Federación de Científicos Americanos. Un dato halagüeño. Hasta cierto punto, en realidad. Antonio Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), teme que la tendencia se revierta. Estados Unidos acusó a Rusia en 2017, como en 2014, de violar un tratado de 1987 que impedía desplegar en secreto un nuevo sistema de misiles balísticos o de crucero de alcance intermedio (capaces de recorrer entre 500 y 5.500 kilómetros).

La Revisión de la Postura Nuclear de Estados Unidos, con firma y sello del secretario de Defensa, Jim Mattis, supone ahora un drástico viraje de la estrategia anterior, labrada por el gobierno de Barack Obama en 2010. La adecuación, dice el documento, “llega en un momento crítico. No es posible retrasar la modernización de nuestras fuerzas nucleares si vamos a preservar un poder disuasivo creíble para garantizar que nuestros diplomáticos continúen hablando desde una posición de fortaleza en asuntos de guerra y paz”. El gobierno de Donald Trump fundamenta su decisión en la estrategia militar y la capacidad nuclear de Rusia, comprobada en la anexión de Crimea en 2014. Se trata del “retorno decidido de Moscú a la competencia por el Gran Poder”.

El secretario Guterres advirtió en estos días, durante su intervención en la Conferencia de Desarme de la ONU, realizada en Ginebra, el peligro que representan 150.000 armas nucleares en reservas y la reticencia a eliminarlas de numerosos Estados. En especial, Estados Unidos y Rusia. Las armas, observó, “son vendidas y comercializadas como productos de consumo ordinarios”. Un negocio rentable, del orden del billón y medio de dólares, mientras las guerras dejan de ser entre Estados para adentrarse en los países. Las fuerzas gubernamentales luchan contra grupos armados. Ambos bandos utilizan explosivos “que matan a más y más civiles”.

La competencia por el Gran Poder pone fin a la desnuclearización acordada entre Estados Unidos y Rusia desde el final de la Guerra Fría mientras China también se rearma, Corea del Norte muestra los dientes con sus pruebas de misiles e Irán sigue bajo sospecha. Las virtuales amenazas, sobre todo la de Rusia, lleva al gobierno de Trump a acelerar la modernización que había emprendido Obama. Algunas de las bombas, atenuadas con el mote de cabezas nucleares de baja intensidad (low-yield nukes), tienen un poder destrucción equivalente a las lanzadas contra Hiroshima y Nagasaki en 1945. Aquellos fueron los únicos ataques nucleares de la historia.

El jefe del Pentágono aduce que la disuasión continúa siendo la mejor alternativa para convencer a otras potencias sobre el control nuclear. Enarbola de ese modo el dogma de los tiempos de Ronald Reagan cual punto de inflexión frente a la presunta ingenuidad de Obama, criticada a menudo por Trump. Esa presunta ingenuidad se vio coronada en 2010 con un discurso en Praga durante el cual el entonces presidente admitió que Estados Unidos había sido el único país que utilizó armas de ese calibre contra poblaciones civiles. La retórica del botón nuclear contra Corea del Norte, sazonada con “fuego y furia”, cobra vida en un nuevo escenario de proliferación.

Lo llaman recapitalización, pero se traduce en rearme. Europa, en el medio del conflicto, evalúa incorporar su propio programa nuclear. Lo evalúa ante la posibilidad de perder la protección de Estados Unidos, regido por un gobierno que reniega de los acuerdos multilaterales. Estados Unidos dispone de ojivas nucleares en sus bases de Alemania, Italia, Bélgica y los Países Bajos por si necesita responder en forma rápida a una eventual agresión de Rusia. De prosperar el proyecto europeo, Francia izaría la bandera de la disuasión, volcando su arsenal al inventario del continente, y Estados Unidos arriaría la suya. Reino Unido quedaría al margen por el Brexit.

El choque con la alianza atlántica (OTAN), de la cual forma parte Estados Unidos, se debe a la exigencia de Trump a los países europeos de una mayor inversión en defensa. Una forma de apoyar a la industria armamentística de su país, en tela de juicio por las masacres domésticas. Estados Unidos, el mayor exportador de armas, cuenta entre sus clientes con Italia, Reino Unido y Finlandia. Por la salida de Reino Unido de la Unión Europea, el gobierno norteamericano debería aportar más dinero al fondo de defensa europeo. No way! Entonces, Europa prefiere reavivar su industria y, a tono con la pugna, rearmarse, más allá de que atice la peor competencia de todas. La del Gran Poder.

Publicado en Télam

Jorge Elías
Twitter: @JorgeEliasInter



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