El horror después del horror en Dallas

El asesinato de cinco policías durante una protesta por la muerte en Minnesota y Luisiana de dos ciudadanos negros a manos de agentes de las fuerzas del orden refleja las profundas brechas que subsisten en los Estados Unidos




Blanco y negro: tensión racial en Dallas

Por Jorge Elías

Micah Johnson tenía 25 años de edad y una obsesión: matar policías blancos. Lo confesó en su página de Facebook antes de ser abatido con un explosivo detonado a control remoto. Había liquidado a cinco agentes del orden y herido a otros siete durante una protesta del colectivo Black Lives Matter (Las vidas negras importan) por el asesinato en Minnesota y Lousiana de dos ciudadanos afroamericanos como él a manos de policías blancos. El horror después del horror se desató en el centro de Dallas, Texas, cerca de Dealey Plaza, donde fue asesinado John F. Kennedy por un francotirador como Johnson, soldado en Afganistán.

Dos años después de los disturbios en Ferguson, Misuri, por la muerte de Michael Brown, un muchacho de 18 años de edad que iba desarmado y perdió la vida por los disparos de un policía blanco, y apenas unas semanas después de la masacre de medio centenar de personas en Orlando, Florida, consumada por un trastornado que congeniaba con radicales islámicos contra una discoteca concurrida por la comunidad gay, el tiroteo de Dallas reaviva los fantasmas que atenazan a la sociedad norteamericana: tensión racial, desigualdad creciente, gatillo fácil y posesión de armas de fuego garantizada por la Segunda Enmienda de la Constitución.

Ese derecho no se toca a pesar de las tragedias, cada vez más frecuentes. Menos aún en un año electoral, más allá de que uno de los candidatos, Donald Trump, estuvo a punto de ser el blanco de un muchacho de 19 años de edad que trató de tomar el arma de un agente de la policía para matarlo durante un mitin en Las Vegas. Y más allá, también, de las estadísticas. La cantidad de muertes por disparos de las fuerzas del orden aumentó de 465 en los primeros seis meses de 2015 a 491 en el mismo período de 2016, según The Washington Post.

Los homicidios por armas de fuego son tan comunes en los Estados Unidos como las muertes en accidentes de tránsito. La tasa, de 31 personas por cada millón, equivale a 27 personas tiroteadas todos los días del año. No es la más alta del mundo (México, América Central, Medio Oriente y África están peor), pero supera con holgura la de Alemania, de dos personas por cada millón. Es la cantidad de fallecidos en los Estados Unidos por hipotermia o accidentes aéreos. Y supera con más holgura aún las tasas de Inglaterra y Polonia, de una persona por cada millón. Es la cantidad de fallecidos en los Estados Unidos por accidentes agrícolas o caídas en escaleras.

Cuatro presidentes norteamericanos murieron por disparos de armas de fuego. Abraham Lincoln, el primero en ser elegido por el Partido Republicano, estrenó la ominosa lista en 1865 en un teatro de Washington. Otro republicano, James A. Garfield, duró seis meses y medio en el cargo. Lo mató un desempleado en 1881. El tercero, William McKinley, también republicano, resultó víctima de un atentado anarquista en la Exposición Panamericana de Buffalo, Nueva York, en 1901. El último, Kennedy, demócrata, murió en 1963 en Dallas, epicentro de la última masacre. En 1981, Ronald Reagan sobrevivió a un intento de asesinato en Washington. La bala le perforó un pulmón.

Que un país disponga de un contador de tiroteos, Mass Shooting Tracker, refleja la gravedad del problema, así como el cabildeo de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) a favor de un negocio tan lucrativo como la venta de armas de fuego. El desquiciado de Orlando utilizó el rifle de asalto AR-15. La ley que prohibía su venta expiró en 2004. Es la misma arma que empuñaron los autores de masacres de San Bernardino, California, en diciembre de 2015; Umpqua, Oregon, en octubre de ese año; la escuela primaria de Sandy Hook, Connecticut, en diciembre de 2012, y el cine de Aurora, Colorado, en julio de ese año. El AR-15 cuesta menos que iPhone.

Entre 1968 y 2011 murió casi un millón y medio de personas por el uso de armas de fuego en los Estados Unidos, dice Politifact. En promedio, según datos del Departamento de Justicia y del Council on Foreign Affairs, cada año perecieron por esa causa unas 11.385 personas entre 2001 y 2011. Los archivos de Gun Violence registraron 12.591 muertes en 2014 y 13.438 en 2015. Cada vez son más. En Japón, la posibilidad de morir por el disparo de un arma de fuego es la misma que en los Estados Unidos de ser fulminado por un rayo.

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