Política

El George Floyd de Cuba

De haber sido asesinado en Cuba, George Floyd sería uno más. Un negro abatido por la policía. Hansel Hernández “estaba robando piezas y accesorios de una parada de ómnibus”, según el Ministerio del Interior de Cuba. Lo persiguió una patrulla de la Policía Nacional Revolucionaria “a lo largo de casi dos kilómetros”. Le arrojó piedras a uno de los agentes. Disparos de advertencia y disparos de gracia. Lo mataron. Por la espalda, parece. Era negro, como Floyd, pero no era norteamericano. Los activistas y periodistas que denunciaron el hecho tras la tardía y poco creíble versión de la dictadura fueron puestos bajo arresto domiciliario. Ocurrió casi un mes después de la muerte de Floyd, el 24 de junio. En Guanabacoa, no en Minneapolis. Lejos del radar del colectivo Black Lives Matter (Las vidas negras importan). La muerte de Hernández, de 27 años, no trascendió los límites de la isla, más allá de la convocatoria a movilizaciones contra la dictadura de Miguel Díaz-Canel, finalmente abortadas. Una muerte de segunda a los ojos de los que, en (leer más)

Política

Trump, a corto plazo

Dice Francis Fukuyama que las crisis importantes tienen consecuencias generalmente imprevistas. No vaticina esta vez el final de la historia, sino el prólogo o la continuación de otra. De una que, como la Gran Depresión, estimuló el nacionalismo, la Segunda Guerra Mundial y el afianzamiento de Estados Unidos como líder global. O de otra. La de los atentados de 2001, que derivó en las guerras fallidas de Afganistán e Irak y en el surgimiento de Irán y de nuevas formas de terrorismo islámico. ¿Qué consecuencias importantes e imprevistas deparan la crisis sanitaria por el coronavirus y la fractura social por el asesinato de George Floyd en la dimensión desconocida, la de Donald Trump? Se trata de una crisis dentro de otra irresuelta. La financiera de 2008, partera de la fallida Primavera Árabe, de los colectivos de indignados con una sucursal en Estados Unidos, Occupy Wall Strett, y de líderes que enarbolan como propia la lucha contra el establishment, aunque provengan de sus entrañas. En ese casillero colocó Trump a Hillary Clinton en 2016 y, en (leer más)

Sociedad

La guerra contra las estatuas

El derribo de la estatua Edward Colston, en Bristol, Inglaterra, cobró relieve como parte de las protestas globales por el brutal asesinato de George Floyd en Estados Unidos. ¿Quién era Colston? Un traficante de esclavos que compró, vendió y transportó entre 1672 y 1689 a unos 80.000 africanos en un barco de su propiedad. ¿Merecía la estatua de bronce, erigida en 1895? Su fortuna, cuando murió, pasó a manos de organizaciones benéficas y, por eso, calles y monumentos de la ciudad aún llevan su nombre. No importó el origen del dinero, sino el fin. Lo recuerdan como un filántropo. La estatua de bronce de Colston fue arrancada de cuajo y arrojada al puerto. Idéntico riesgo corren 78 monumentos de personajes históricos considerados racistas en el Reino Unido. La lista, elaborada por el sitio Topple The Racists (Derribar a los racistas), tiene una consigna: parar a Donald Trump. En Estados Unidos, varias efigies de Cristóbal Colón también resultaron dañadas o decapitadas. Otras fueron retiradas, como ocurrió en Buenos Aires, detrás de la Casa de Gobierno, para (leer más)

Sociedad

El horror después del horror en Dallas

Por Jorge Elías Micah Johnson tenía 25 años de edad y una obsesión: matar policías blancos. Lo confesó en su página de Facebook antes de ser abatido con un explosivo detonado a control remoto. Había liquidado a cinco agentes del orden y herido a otros siete durante una protesta del colectivo Black Lives Matter (Las vidas negras importan) por el asesinato en Minnesota y Lousiana de dos ciudadanos afroamericanos como él a manos de policías blancos. El horror después del horror se desató en el centro de Dallas, Texas, cerca de Dealey Plaza, donde fue asesinado John F. Kennedy por un francotirador como Johnson, soldado en Afganistán. Dos años después de los disturbios en Ferguson, Misuri, por la muerte de Michael Brown, un muchacho de 18 años de edad que iba desarmado y perdió la vida por los disparos de un policía blanco, y apenas unas semanas después de la masacre de medio centenar de personas en Orlando, Florida, consumada por un trastornado que congeniaba con radicales islámicos contra una discoteca concurrida por la comunidad (leer más)