Sentimientos encontrados con Gorbachov

Muchos rusos no se perdonan haber elegido a Gorbachov para fortalecer a la Unión Soviética y que terminara siendo su sepulturero




"Lo imprescindible", respondió Gorbachov

Poco antes del amanecer del siglo XXI, dos mundos convivían en el mundo. El Muro de Berlín separaba al comunismo del capitalismo. Veinte años después de su caída, en 2009, Mikhail Gorbachov grabó un disco romántico en memoria de Raisa Maximovna, su difunta esposa. Había muerto en 1999 mientras recibía tratamiento contra la leucemia en Alemania, reunificada desde 1989 gracias a su marido y al canciller de la región occidental, Helmut Kohl. Gorbachov, el padre de la glasnost (apertura) y de la perestroika (transformación), interpretó siete de los 10 títulos del álbum Canciones para Raisa con el músico ruso Andréi Makarévich. Eran las favoritas de ella. Eran, en su voz cascada, el tributo a 45 años de matrimonio.

Esa prueba de amor conmovió más a la gente que su evolución ideológica o las gestiones secretas con el presidente de los Estados Unidos, George Bush, así como con su antecesor, Ronald Reagan, y el papa Juan Pablo II, entre otros, para tumbar el Muro de Berlín, terminar con la Guerra Fría y aventar los fantasmas de una confrontación nuclear. Una vez en el gobierno de la Unión Soviética, Gorbachov sustituyó la Doctrina Brezhnev, basada en defender regímenes afines en otros países, por la Doctrina Sinatra, basada en permitir que esos países se arreglaran solos. En la voz de Frank Sinatra, “a mi manera”. A su manera, el cambio iba a ser colosal.

En la única visita de los Gorbachov a Argentina, a finales de noviembre de 1992, durante el gobierno de Carlos Menem, los camareros iban y venían con bocadillos y bebidas por el suntuoso salón de un hotel de Buenos Aires. Asistía la flor y nata del establishment y la política. Le preguntaron al expresidente soviético, en tono de broma, si la mancha de nacimiento en su amplia frente, de color rojizo, era un ingrato recuerdo de las palomas de la Plaza Roja. La miró a Raisa, aprensivo. Compartían una peculiar complicidad, algo así como la aprobación o la reprobación en un pestañeo. ¿Cómo iba a responder Gorbachov una observación tan inadecuada sin perder los estribos ni el humor en un país de modales extraños? Ensayó una sonrisa de cortesía.

En la espalda cargaba el peso de la desintegración de la Unión Soviética

Los Gorbachov saludaban en círculo a los invitados, estrechándoles las manos o, con cierto reparo, respondiendo a los besos fáciles de los argentinos en sus mejillas. “Bon appétit!”, repetían, inclinándose levemente. Era mi turno. Le pregunté sin rodeos qué llevaba en los bolsillos y, como sabía que podía sentirse incómodo, me apresuré a explicarle que solía compartir esa inquietud con mandatarios y exmandatarios de todas las latitudes, como quedó plasmado en mi libro El Poder en el Bolsillo.

Era la primera vez que me atrevía a formular esa pregunta, broche de mis entrevistas con personalidades de la talla de Gorbachov en los años siguientes. Gorbachov miró de nuevo a Raisa, pero ahora no esperaba su aprobación ni su reprobación. “Lo imprescindible”, soltó, doblado por el intérprete. ¿Qué era lo imprescindible? La duda quedó flotando en las burbujas de mi copa.

No insistí: entendí el fastidio de Gorbachov por la inoportuna broma sobre la mancha rojiza en su calva. En la espalda cargaba el peso de la desintegración de la Unión Soviética: los rusos jamás iban a perdonarle el sosiego de las tropas destacadas en Alemania Oriental ni su desinterés en preservar los regímenes de la órbita soviética en otros países mientras caía el Muro de Berlín, ni ese mismo año, 1989, tres antes del viaje a Argentina, el retiro de las  tropas de Afganistán. Tampoco iban a convalidar el anuncio televisivo en el cual un anciano se quejaba del caos, un muchacho se jactaba de las oportunidades y una mujer se alegraba al comer en un local de Pizza Hut en Moscú. Ni, después, su intervención en otro de Louis Vuitton.

¿Qué queda de Gorbachov, fallecido el 30 de agosto a los 91 años en el Hospital Central de Moscú? Su muerte coincidió con la guerra en curso en Ucrania

Era un cambio radical y, a la vez, enigmático. Tan enigmático como una duda quizá más trascendente que lo imprescindible en sus bolsillos: what’s left? En inglés significa tanto “¿qué queda?” como “¿qué es izquierda?” En resumen, ¿qué queda de la izquierda?

¿Qué queda de Gorbachov, fallecido el 30 de agosto a los 91 años en el Hospital Central de Moscú? Su muerte coincidió con la guerra en curso en Ucrania iniciada por Vladimir Putin, empeñado en restaurar el orgullo de Rusia tras la implosión soviética sin ánimo de completar el rompecabezas de las 15 naciones desmembradas.

A la pérdida de la gloria y de la influencia de tiempos pretéritos le debe Putin su ascenso en el palo enjabonado del poder y su permanencia como presidente y como primer ministro en forma alternada desde 2000.

Gorbachov, el último líder del siglo XX, como lo describe Alberto Hutschenreuter, doctor en relaciones internacionales, ganó el premio Nobel en 1990 por su papel en el final de la Guerra Fría y en la reducción de las tensiones nucleares.

Era un héroe en el exterior y un paria en su país. No deseaba la ruptura, dice Hutschenreuter, pero “estaba convencido de que la Unión Soviética de los años ochenta se hallaba en una situación límite”. En el mensaje póstumo a la familia de Gorbachov, Putin se limitó a transmitirle que “comprendía profundamente que las reformas eran necesarias y trató de proponer sus soluciones a problemas acuciantes”. Una forma de admitir que el hombre del Cáucaso, con el cual tenía enormes diferencias, quería mantener en pie a la Unión Soviética, pero no pudo.

La economía estaba estancada y las repúblicas pedían a gritos la autonomía o, como Ucrania y Georgia, la independencia. Con su poder socavado tras un intento de golpe de Estado en agosto de 1991, Gorbachov pasó sus últimos meses en Kremlin viendo cómo una república tras otra declaraba la independencia. Renunció el 25 de diciembre de ese año. Al día siguiente, la Unión Soviética era historia. Como ahora Gorbachov, de viaje con lo imprescindible en los bolsillos.

Jorge Elías

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