Bovinos, balas, Biblia, Bolsonaro

El discurso sin filtro de Bolsonaro, como el de Trump y el de otros, apunta contra un sistema político disfuncional que no asimiló la indignación de los ciudadanos




Bolsonaro sin filtro

Lo políticamente incorrecto dejó de serlo. La fórmula del centro, habitualmente conciliadora, no sirve más, parece. El rechazo a la corrupción, así como el hartazgo de la violencia y de la caída de la economía, fraguaron la candidatura de un nostálgico de la dictadura militar, Jair Messias Bolsonaro, frente a la vanidad del antes favorito para las presidenciales de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, pendiente hasta último momento de ser habilitado para competir a pesar de su condena de prisión por corrupción pasiva y lavado de dinero. Su delfín, Fernando Haddad, no es el expresidente, como quiso transmitirlo durante la atolondrada campaña del PT. Un partido deshilachado por su impericia.

Más allá del resultado de la segunda vuelta del domingo 28, el frente Bovinos (agropecuario), Balas (seguridad) y Biblia (evangélico), resumido en las siglas BBB, avanzará en forma notable en el Congreso, donde los sucesivos gobiernos del PT compraban votos a diestra y siniestra. Casi la mitad de los nuevos diputados (243 sobre 513) nunca ha ejercido el cargo. El Partido Social Liberal (PSL) de Bolsonaro pasa de uno a 52 escaños. Veintiuno son policías. Uno de los hijos del candidato, Eduardo, ha sido el diputado más votado en la historia mientras, cual contracara, la expresidenta Dilma Rousseff perdió como candidata a senadora por Minas Gerais. Un voto castigo en toda regla.

De ser presidente, Bolsonaro, acaso tan drástico como Silvio Berlusconi cuando irrumpió en la política italiana, promete no dejar piedra sobre piedra

En el Senado, 46 de las 54 bancas también serán ocupadas por novatos. Tres de cada cuatro que buscaron ser reelegidos no lo consiguieron. Entre ellos, el presidente de la Cámara, Eunicio Oliveira, y Romero Jucá, con dos décadas de trayectoria. Dos de cada tres de los nuevos senadores disponen de un patrimonio importante. En Diputados, el patrimonio de poco menos de la mitad supera el millón de reales. La brutal derrota de los partidos tradicionales llevó al PT a morder el polvo por un mecanismo antes aceitado y aceptado: el clientelismo.

De ser presidente, Bolsonaro, acaso tan drástico como Silvio Berlusconi cuando irrumpió con todos sus vicios como primer ministro de Italia tras el proceso Manos Limpias, inspirador del Lava Jato, promete no dejar piedra sobre piedra. De 29 ministerios quedarán 15, en su mayoría a cargo de militares. ¿Qué promete Bolsonaro? Recortar el gasto público, fortalecer a las fuerzas de seguridad, permitir la portación de armas a los ciudadanos en defensa propia, bajar la imputabilidad penal a los 16 años de edad, reducir las cargas tributarias, atenuar los costos de las empresas y privatizar hasta las joyas de la abuela, como Petrobras.

De alcanzar el milagro de revertir el resultado adverso de la primera vuelta, Haddad procurará desarmar las reformas impulsadas por el actual presidente, Michel Temer. En especial, la flexibilización laboral y el congelamiento del gasto público. También pretende eliminar los impuestos que pagan los sectores más desfavorecidos y elevar los de aquellos que tienen más. El eslogan “Hacer a Brasil feliz de nuevo”, con su mentor en la cárcel, ha tenido menos impacto que las arengas fundamentalistas, homofóbicas, xenófobas e intolerantes de Bolsonaro. Un punto de inflexión, más allá del distante consejo del expresidente norteamericano Bill Clinton de “no votar con odio”.

Tarde, mientras aún era presidenta, Rousseff quiso emprender una “limpieza ética”, limpiando ministerios como el de Transportes por la sobrefacturación para las obras del Mundial de Fútbol de 2014 y de los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro de 2016. “Digámoslo así: si el poder corrompe a todo el mundo, a quien más corrompe es a la izquierda cuando llega al poder”, dispara el politólogo italiano Giovanni Sartori en su libro La democracia en 30 lecciones. Y agrega: “Un partido dictatorial o teocrático que gana unas elecciones no instaura una democracia: se sirve de ella para destruirla”. En esa disyuntiva está Brasil: acuerda con el fascismo o rompe lanzas con la corrupción.

Jorge Elías
Twitter: @JorgeEliasInter



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