La comezón del octavo año




América latina puede hacer mucho más por sí misma que Obama o McCain

En su octavo y último discurso sobre el Estado de la Unión, George W. Bush insinuó un renovado interés en América latina. Pareció resarcirse de una promesa incumplida. En 2001, cual prioridad en su agenda externa, vislumbraba “el siglo de las Américas”. Si era sincero, más allá de su reticencia a involucrarse en crisis ajenas, la voladura de las Torres Gemelas alteró sus planes. Ni algo tan caro para su gobierno como la reforma migratoria pudo concretar. Su legado, desfigurado por Irak y Guantánamo, quedó resumido en un par de gestos de desconfianza: la construcción del muro frente a México y la reposición de la IV Flota del Comando Sur.

En casi ocho años, América latina no recobró preeminencia en los Estados Unidos. La perdió aún más. Hasta 2005, Bush insistió en el Area de Libre de Comercio de las Américas (ALCA). Fracasó. Obstinado, el eje de su política se centró en acuerdos bilaterales o regionales de ese tipo. Los demócratas, más apegados a los sindicatos que los republicanos, pidieron revisarlos por sus déficits en la protección de los trabajadores y del medio ambiente.

De ganar las elecciones, Barack Obama está  dispuesto a evaluar, por ejemplo, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, firmado en 1994 por Bill Clinton con México y Canadá. Frente a ello, el candidato republicano, John McCain, procuró diferenciarse de él con su apoyo incondicional a los acuerdos comerciales con México y Colombia durante las visitas que realizó a ambos países. En eso, al menos, está más cerca de Bush que de su rival demócrata, así como en la defensa del bochornoso muro y de mayores rigores contra la inmigración ilegal por medio de barreras virtuales y equipos de alta tecnología.

Más allá de las preocupaciones de los candidatos, la importancia de América latina en las presidenciales norteamericanas no deja de ser relativa. Obama y McCain no buscan los votos de México ni de Colombia ni de Cuba, sino de los mexicanos, los colombianos, los cubanos y los otros latinoamericanos radicados en los Estados Unidos. Nueve millones están inscriptos para noviembre; eran 5,6 millones en 2006.

En la campaña, como proclamó Obama en forzado castellano frente a la diáspora cubana de Miami, “todos somos americanos”. Lo mismo pudo haber dicho McCain, pero, en su afán de mostrarse independiente, dejó en claro que aquellos “que no compartan nuestros valores de libertad y apertura no podrán contar con nosotros como amigos”.

Las dos visiones, en apariencia opuestas, confluyen en un mensaje del candidato republicano que pudo haber sido pronunciado en estéreo: “No permitiremos que nuestros socios caigan en manos de demagogos, narcotraficantes y desesperados”.

En manos de gente de esas características ya cayeron algunos de “nuestros socios”. Y nada pudieron hacer los Estados Unidos, excepto dudar de su honestidad y su cordura. Si el remozado régimen cubano fuera la vara, Obama se inclina por el diálogo y McCain amenaza con procesar a Fidel, Raúl y sus cómplices. Si Hugo Chávez fuera la vara, ambos coinciden en tacharlo de “demagogo” por haber intentado capitalizar el vacío de liderazgo continental para el cual Bush hizo todos los méritos posibles y algunos más.

De este lado del muro, mucho ha cambiado en los últimos años. “América latina se ha beneficiado de la apertura democrática, de políticas económicas estables y de un crecimiento cada vez más elevado, pero enfrenta retos desalentadores conforme se integra a los mercados globales y trabaja para fortalecer las instituciones estatales, históricamente débiles”, concluye un estudio coordinado por la ex representante comercial Charlene Barshefsky y el general retirado James Hill, ex jefe del Comando Sur, con el patrocinio del Council on Foreign Relations (CFR).

En términos más realistas, “no depende de los Estados Unidos perder a América latina, pero tampoco salvarla”. Sin desatender prédicas de largo aliento, como la apertura de la economía, el fortalecimiento de la democracia y la lucha contra el narcotráfico, el próximo presidente norteamericano, sea Obama o McCain, debería concentrarse en la reforma migratoria; la disminución de la pobreza y la desigualdad en la región; el aumento de la producción de petróleo y gas en México, de modo de cortar la dependencia de Venezuela y neutralizar a Chávez, y los lazos comerciales y energéticos con Brasil. Por ahí irán los tiros, pues.

Los consejos de la task force del CFR se basan en los cambios en América latina, aparentemente no asimilados por el gobierno de Bush: desde 2003, aliados estratégicos como México y Chile rechazaron la guerra contra Irak en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; Brasil y la Argentina cancelaron sus deudas con el Fondo Monetario, y Chávez estrenó sucursales bolivarianas en algunas capitales y, con sus simpatías con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) e Irán, desafió en más de una ocasión a los Estados Unidos.

Esos cambios no tienen su correlato en la campaña. Obama propone “una nueva alianza de las Américas tras ocho años de políticas desastrosas”; McCain propone dureza con unos y diplomacia con otros. ¿Qué puede hacer América latina? “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”, recomendó John F. Kennedy en su discurso de toma de posesión. En versión latinoamericana: “No preguntes lo que los Estados Unidos pueden hacer por tu país; pregunta qué puede hacer tu país por sí mismo y por tu continente”. ¿Qué puede hacer, entonces? Vacunarse de inmediato contra promesas incumplidas y falsas expectativas.



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