Realmente no estoy tan solo




La Argentina, entre 12 países, es el único cuyos jóvenes no rechazan los valores que intentan exportar los norteamericanos

Dos años y dos guerras después, George W. Bush no ha hallado respuesta para la pregunta clave: ¿por qué nos odian? La formuló el 21 de septiembre de 2001 frente a ambas cámaras del Capitolio en compañía de Tony Blair. Habían transcurrido apenas 10 días de los atentados. Es decir, el mundo aún estaba consternado por la tragedia. Pudo dirigirse a los árabes en esa ocasión: ¿por qué nos odian? Por las libertades de religión, de expresión y de elección, supuso (en ese orden). Como correlato de Irak, sin embargo, ha podido reformular la pregunta: ¿por qué nos odian los demás? Tampoco ha hallado respuesta, sino excusas circunstanciales: a los Estados Unidos les resulta sumamente difícil definir su interés nacional ante la ausencia del poderío soviético, según la consejera de seguridad nacional, Condoleezza Rice.

¿Por qué nos odian, pues? El Departamento de Estado contrató en su momento a Charlotte Beers, ex presidenta de agencias de publicidad top de la avenida Madison, de Nueva York, como J. Walter Thompson y Ogilvy & Mather, con tal de mejorar la imagen en el exterior de los Estados Unidos. Colin Powell, su jefe, estaba entusiasmado: me ha convencido de comprar el arroz Uncle Ben’s, dijo, dando por sentado que también iba a convencer a los árabes, y a los demás, sobre las ventajas de la marca USA.

En su primera misión, en El Cairo, Egipto, Beers chocó contra el primer obstáculo: no entienden, admitió, y no importa cuánto te esfuerces en hacerles entender. Después volcó: renunció, aduciendo razones de salud. Powell concluyó entonces: la brecha entre quiénes somos, cómo queremos que nos vean y cómo somos vistos es terriblemente grande.

Más terrible que grande. O tan grande y terrible que en una encuesta realizada en 12 países, la Argentina ha sido la excepción: es el único en el que la imagen de los norteamericanos recibe juicios favorables. Lo cual ha sido considerado una rareza por sus autores, Melvin y Margaret DeFleur, profesores de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Boston: los Estados Unidos no han jugado un papel destacado en la crisis económica y han estado del lado de los británicos durante la guerra de las Malvinas, observaron.

De la encuesta han participado 1259 jóvenes, de alrededor de 17 años, con un origen social de clase media. Se realizó en Bahrein, Arabia Saudita y Pakistán, entre los árabes; China, Corea del Sur y Taiwán, entre los asiáticos; Nigeria, entre los africanos; España e Italia, entre los europeos, y la Argentina, México y la República Dominicana, entre los latinoamericanos.

Moraleja: la política exterior de Bush desencadena, más que diferencias, reacciones adversas. En especial, entre los jóvenes. Franja que reúne a aquellos que serán líderes. Y que reúne, también, a aquellos que, en teoría, serían propensos a cambiarse la camiseta de frisa con el logo de Metallica por una malla de detonadores con el espíritu de Osama ben Laden. Sobre todo, entre los árabes.

La Argentina, en comparación con los otros 11 países, viene a ser algo así como la reserva moral de Occidente. Créase o no, los norteamericanos son percibidos en ella como generosos, religiosos, preocupados por los pobres y respetuosos de los valores familiares y, cual contraste, en sintonía sólo con Italia, no son percibidos como violentos, materialistas, criminales y, en el caso de las mujeres, inmorales. Reverso de las opiniones recogidas en Bahrein y en Arabia Saudita, negativas en su mayoría.

La encuesta, titulada “The next generation’s image of americans (La imagen de la próxima generación sobre los norteamericanos)”, refleja, en principio, que el deterioro no se debe a los Estados Unidos en sí, sino a la política exterior de Bush, tildada de unilateral, cuasi egoísta, aún antes de los atentados. El deterioro, a su vez, no guarda relación con una tendencia en boga entre los catedráticos de relaciones internacionales: los realistas sostienen que el surgimiento de una potencia hegemónica deriva en la unión de otras naciones con tal de combatirla.

Eso sucedió en los noventa como consecuencia de la desintegración del imperio soviético, añorado por Rice. Fue el campo fértil que encontró el capitalismo, fomentando de ese modo el poderío económico, militar, tecnológico y político de los Estados Unidos. De nada iba a valer si, al mismo tiempo, no difundían su cultura, y sus valores, por medio de Hollywood, CNN, McDonald’s e Internet. Duró una década sin sobresaltos: en 1999, en Seattle, estalló la primera protesta contra la globalización. Desbordó el vaso. No hubo guerras contra la potencia hegemónica, empero. ¿Por qué? Porque transmitió una imagen benigna de sí misma, renuente a ser algo así como el gendarme, o el bombero, del planeta en situaciones de crisis.

Hasta que acusó el impacto del golpe. El nuevo paradigma, surgido en el cruce entre el movimiento globalifóbico y las réplicas de los atentados, ha generado un creciente sentimiento antinorteamericano. No tanto por su influencia en gobiernos extranjeros, sino, más que todo, por su intromisión en vidas ajenas. En Europa, por ejemplo, más allá de los cortocircuitos de Jacques Chirac y Gerhard Schröder con Bush, se sienten incómodos con el liderazgo mundial norteamericano, según una encuesta del Fondo German Marshall, de los Estados Unidos (en cuya junta reporta Robert Zoellick, representante comercial de Washington), y la Compagnia di San Paolo, de Italia.

Paradójicamente, el sentimiento antinorteamericano, más que el movimiento globalifóbico, es uno de los pocos valores compartidos por muchos países. Por causas diversas: desde el anticapitalismo, el antiimperialismo y el antihegemonismo hasta la envidia en su máxima expresión. Antes de la guerra en Irak y después de la guerra en Afganistán, el Pew Research Centre for People and the Press advirtió en una encuesta fenomenal (38.000 personas consultadas en 44 países) que Bush era el ser más impopular del mundo. Resultado proporcional con los reparos que despertaba, también, Saddam Hussein. Sin que ello ameritara el desenlace: su derrocamiento y después vemos.

Señal que Bush ignoró: ha ido demasiado lejos con su obsesión contra el terrorismo, por más comprensible que fuera su reacción 10 días después de la voladura de las Torres Gemelas. Tan lejos ha ido, dos años y dos guerras después, que hizo fracasar todos los intentos de aplicar como atenuante la llamada diplomacia pública, o poder blando, con tal de diluir la imagen de matón en la imagen de compasivo. Con tal de volver a las fuentes, digo. Era el trabajo de Beers como subsecretaria de Estado en Asuntos Públicos y Diplomacia Pública. Responder la pregunta clave: ¿por qué nos odian los árabes y los demás? Y hacer algo en consecuencia.

A contramano de los realistas, la unión de las naciones con tal de combatir la hegemonía norteamericana no se plasmó en escenarios militares, sino en escenarios diplomáticos (las Naciones Unidas, la Unión Europea y la Organización de los Estados Americanos, entre otros), económicos y financieros (el Fondo Monetario y el Banco Mundial), y comerciales (la Organización Mundial de Comercio). Ha habido  más disputas por cazas de votos y por resoluciones de conflictos que por amenazas de destrucción, propias de Estados canallas que preservan ejércitos regulares, por un lado, y apañan grupos terroristas, por el otro.

Contra ellos se declaró Bush. ¿Por qué nos odian, entonces? La imagen benigna desapareció. Y despertó iras contenidas. Heredadas, algunas de ellas. Por intervenciones aquí o allá, años ha, con el consentimiento de gobiernos extranjeros que, seamos sinceros, soslayaron vidas ajenas. Los mismos árabes querían deshacerse de Hussein. Y ya. No ir hasta el hueso, aceptando mansamente la marca USA. Más difícil de comprar que el arroz Uncle Ben’s. Salvo entre la muchachada argentina, parece.



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