Cuba cambia de apellido

La transición generacional y el arribo de un civil a la presidencia, después de seis décadas de rutina castrista, no representan una apertura democrática




Miguel Díaz-Canel, la nueva cara del régimen

Que por primera vez desde 1959 no mande un Castro en Cuba no significa que cambie el sistema. Es un acontecimiento histórico, pero la dictadura continúa con otro nombre y apellido: Miguel Díaz-Canel, el primer civil en seis décadas. El trámite, cumplido tras la elección de la Asamblea Nacional del Poder Popular (parlamento unicameral) y la votación del Consejo de Estado, tuvo una particularidad: se pospuso del 24 febrero, fecha del comienzo de la última guerra de la independencia contra España en 1895, al 19 de abril, en recuerdo del fracasado intento de cubanos exiliados, apoyados por Estados Unidos, de invadir Bahía de Cochinos en 1961.

La sucesión responde a la única batalla en la cual siempre hay vencidos: la edad. Raúl Castro, de 86 años, sigue siendo el primer secretario general del Partido Comunista (PC), padre de la agenda del Estado, y el jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), tutoras de la economía. El coronel Alejandro Castro Espín, su hijo, coordina el Consejo de Defensa y de Seguridad del Ministerio del Interior, encargado de la vigilancia interna, y el general Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, divorciado de su hija Deborah, dirige Gaesa, corporación de las FAR con negocios en hoteles, tiendas, aduanas y puertos, entre otros.

¿Qué cambia entonces con Díaz-Canel? En seis décadas, Fidel y Raúl Castro se valieron para perpetuarse y alternarse en el poder de un error garrafal del presidente norteamericano John F. Kennedy en 1962: imponerle a la isla el embargo comercial al amparo de la Ley de Comercio con el Enemigo, un estatuto de 1917 que sólo rige para Cuba. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) condena desde 1992 el embargo, excusa de la dictadura para evitar sanciones por su desprecio a la libertad y los derechos humanos. Cual gesto, Barack Obama se abstuvo en su momento de condenar el embargo en la ONU. Donald Trump prefiere que continúe.

El restablecimiento de las relaciones de Cuba con Estados Unidos, acordado por Raúl Castro y Obama en 2014, atraviesa horas bajas por las misteriosas lesiones cerebrales que han padecido 24 diplomáticos de ese país y otros tantos de Canadá en La Habana. A finales de 2016, Estados Unidos recortó un 60 por ciento de su personal en la embajada y expulsó a 17 diplomáticos cubanos. Canadá repatrió a los familiares de sus diplomáticos. Trump, renuente a la normalización de las relaciones en tanto no aprecie “un mayor énfasis al impulso de los derechos humanos y la democracia” prometió cancelar el legado de Obama. El senador republicano Marco Rubio, vital para la victoria de Trump en Florida, insiste en aconsejarle sanciones contra Cuba.

Los contactos entre ambos gobiernos se reducen a la lucha contra el terrorismo y la protección del ambiente. Mero protocolo. El ingeniero electrónico Díaz-Canel, de 57 años, hasta ahora primer vicepresidente del régimen, nació después de la revolución. Va en bicicleta, usa iPad y es fanático de los Beatles y de los Rolling Stones. No participó en el asalto al Cuartel Moncada ni combatió en la Sierra Maestra, pero proviene del tronco duro del PC. En su historial figuran reproches contra activistas de derechos humanos y embajadores extranjeros por “subversión”. Su margen de maniobra depende, en realidad, de la venia de Raúl Castro y de la cúpula militar.

La vieja guardia creyó que iba a ser eterno el salvavidas del petróleo subsidiado que le lanzó Venezuela en los tiempos del difunto Hugo Chávez. Las deficiencias de la economía, admitidas por Raúl Castro en 2010, persisten. Las leyes de inversión de 2014, destinadas a seducir capitales extranjeros, no han alcanzado sus objetivos. La mitad de los cubanos vive con menos de 28 dólares por mes; más del 95 por ciento ve “difícil” o “muy difícil” la obtención de alimentos, y el 44 por ciento nunca se conecta a internet y el 33 por ciento lo hace ocasionalmente, según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), también atento a las frecuentes agresiones contra opositores y periodistas.

El sistema de doble moneda (peso cubano y peso cubano convertible) dificulta el comercio internacional. El acceso a internet, extremadamente caro, fue una de las reformas que introdujo Raúl Castro, así como la ampliación del permiso para los viajes al exterior, la autorización del empleo privado y la posibilidad de tener propiedades. La economía creció en promedio en la última década un 2,4 por ciento anual, lejos del siete por ciento previsto inicialmente. La mayoría de las ganancias se concentró en el sector de servicios de las ciudades, relegando al campo. Cuba importa entre el 60 y el 70 por ciento de los alimentos que consume.

“La elite del poder, acostumbrada por décadas a un tipo de política inmediatista, en la que cualquier proceso institucional puede ser convertido en una gran victoria contra el imperio, intentará presentar la sucesión autoritaria como una transición democrática”, evalúa el historiador cubano Rafael Rojas. El cambio de apellido de la revolución no proviene de la sociedad, sino del Estado. Más de dos tercios de los cubanos trabajan para el Estado. Todo traspaso generacional, como dejó dicho Samuel Huntington, representa una prueba. La prueba de la capacidad de un orden político de reproducirse, no de transformarse.

Publicado en Télam

Jorge Elías
Twitter: @JorgeEliasInter



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