Otros tiempos, otros hispanos




Once millones son los inmigrantes que viven sin la debida autorización en los Estados Unidos. Es más o menos la población total de Cuba, Bolivia o Palestina. La cifra surge de la información del censo y de otras encuestas gubernamentales. El Departamento de Seguridad Nacional decía en enero de 2011 que eran 11,5 millones de personas. El Centro Hispano Pew, organización no partidaria dedicada a investigaciones, arriesgaba 11,1 millones en marzo de ese año. Sean más o menos, la cantidad refleja un déficit legal que, como pocas veces, está en vías de ser reparado por un grupo de senadores demócratas y republicanos.

En la reforma migratoria que proponga ese grupo, después de haber desechado su propio proyecto, cifra Barack Obama la posibilidad de mostrar su interés en cooperar con América latina y el Caribe. Es difícil que se haga realidad antes del verano boreal, pero, mientras viaja a México y Costa Rica en plan de acercamiento, el mero trámite sirve para atenuar las críticas por las deportaciones masivas durante su primer período, superiores a las del gobierno de George W. Bush.

No todos los inmigrantes son iguales. Lo prueba el estudio Hispanics in the United States: Not Only Mexicans (Hispanos en los Estados Unidos: no sólo mexicanos). En él, los investigadores John R. Logann y Richard N. Turner, de la Universidad de Brown, en Providence, Rhode Island, concluyen que los sudamericanos, cubanos y puertorriqueños se asientan con más facilidad que los mexicanos, por más que se trate del grupo hispano con mayor inserción en la política, la economía y la cultura del país. Les resulta más fácil integrarse a los argentinos y venezolanos, entre otros, por sus mayores niveles de educación e ingresos.

De una población total estimada en 314 millones de personas, 50,5 millones provienen de países cuya lengua es el castellano. Seis de cada diez inmigrantes de ese origen son mexicanos desde 1990, pero, según el estudio, son los más segregados por los blancos anglosajones, aunque lleven más tiempo de residencia en los Estados Unidos. Los otros, establecidos en vecindarios no necesariamente poblados por sus compatriotas, no han experimentado tantos problemas como los mexicanos.

Los hispanos, como suele identificarse a los inmigrantes de América latina y el Caribe, han desplazado a los afroamericanos como primera minoría. El universo multirracial, multiétnico y multicultural es imposible de amalgamar con otro denominador común que no sea la lengua. ¿Qué otros rasgos comparten, por ejemplo, un argentino, descendiente de españoles o italianos, con un dominicano o un cubano de ascendencia africana? Tal vez la religión católica, pero no mucho más. Sin ir más lejos, el fútbol es para uno lo que el béisbol es para el otro.

En 2010, según el censo, eran 32 millones los mexicanos, cuatro millones los centroamericanos (tres veces más que en 1990) y 2,8 millones los sudamericanos, incluidos los colombianos, los ecuatorianos y los brasileños.  Los sudamericanos y los cubanos residen en barrios cuyos ingresos por hogar y su proporción de universitarios, de algo así como el 30 por ciento, están a la altura de los habitados por los blancos anglosajones.

“Todos los grupos, excepto los mexicanos, han experimentado una disminución sustancial de la segregación respecto de los blancos no hispanos desde 1990”, señala el estudio. Las generalizaciones empeoran su imagen. En la frontera no son mayoría los mexicanos detenidos por ser indocumentados, sino los norteamericanos por traficar drogas. Tres de cada cuatro capturas por esa causa son de ciudadanos de los Estados Unidos, según el Center for Investigative Reporting (CIR). Las aprehensiones crecieron tres veces entre 2005 y 2011. Los mexicanos llevan la peor parte: cada arresto suele remitir a ellos.

La reforma migratoria, de concretarse, tendrá más connotación interna que externa por el afán de resolver el trance de quienes han emigrado a los Estados Unidos y, a pesar de criar hijos nacidos en el país, corren el riesgo de ser expulsados. Las comunidades que más han crecido en los últimos años son la hondureña y la guatemalteca, en el caso del Caribe, así como la peruana y la ecuatoriana, entre los sudamericanos. Sólo los guatemaltecos y los dominicanos son más pobres y tienen menos educación que los mexicanos.

Estas diferencias no suelen ser tenidas en cuenta cuando los anunciantes y los políticos se dirigen a los hispanos en general, como si todos tuvieran los mismos gustos y expectativas. Aquel que está en regla quizá se alegre con la reforma migratoria, pero tal vez prefiera mayor énfasis en una reducción de impuestos o en mejoras en los servicios de salud. En eso, más allá de su país de origen, está más cerca de los blancos anglosajones que de sus paisanos.



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