Espías honorables




Si “la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”, como postula Jean-François Revel en su libro “El conocimiento inútil”, ¿por qué no dar por sentados los rumores recurrentes sobre la necesidad del gobierno de los Estados Unidos de apuntalar a Felipe Calderón cuando asumió la presidencia de México, en diciembre de 2006, en vísperas de declarar la guerra contra el narcotráfico; los flirteos con el presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva para persuadirlo de espiar a su par venezolano Hugo Chávez y de evitar a su par iraní Mahmoud Ahmadinejad, o la inquietud por la salud mental de la presidenta argentina, Cristina Kirchner?

Pudieron ser viles mentiras hasta que Julian Assange, australiano, fundador de WikiLeaks, liquidó la confidencialidad de los despachos diplomáticos. Tarde, el gobierno norteamericano clausuró el Secret Internet Protocol Router Network (SIPRNet). Era el sistema de Internet que utilizaba el Ejército desde el 11 de septiembre de 2001 y a través del cual el soldado Bradley Manning, preso en una cárcel de máxima seguridad, descargó mientras estaba en Bagdad la copiosa colección de más de un cuarto de millón de documentos. Su difusión estuvo a punto de demoler la apenas reconstruida imagen de los Estados Unidos después de la guerra contra Irak.

De los documentos no son tan bochornosos los chismes sobre tal o cual mandatario como algunas de las instrucciones que recibían los diplomáticos norteamericanos de la secretaria de Estado, Hillary Clinton; entre ellas, averiguar los datos biométricos y los números de tarjetas de crédito de funcionarios de las Naciones Unidas. Lejos está esa actividad, más cercana al espionaje que a la diplomacia, de honrar el legado del presidente Woodrow Wilson, mentor en 1918 de una “diplomacia a la luz del día” y de “pactos públicos de paz a los que se llegaría públicamente después de lo cual no habría entendimientos internacionales secretos de ninguna especie”.

Superado el impacto, ni los Estados Unidos ni los gobiernos aludidos en los cables resultaron tan perjudicados como temían. Bajo el prisma de WikiLeaks, según Santiago O’Donnell, autor del libro “ArgenLeaks”, esos despachos “son verosímiles en tanto que la gente que aparece en ellos, al no pensar que está hablando en público, tiene menos razones para mentir”. En otro libro sobre las revelaciones de Assange, “Wiki Media Leaks”, los periodistas argentinos Martín Becerra y Sebastián Lacunza exponen la radiografía de los medios de comunicación de América latina como factores de presión frente a no pocos gobiernos.

Assange, asilado en la embajada de Ecuador en Londres ante el pedido de extradición de la justicia sueca por supuestos delitos de índole sexual, pasó a ser “el producto de una cultura ciberpunk basada en la colaboración y la libre distribución de data; la estrategia de WikiLeaks combinó esa filosofía con la necesidad de los medios de tener cierta exclusividad sobre el material que publican”, observa Natalia Viana, directora de Agencia Publica, centro de investigación periodístico de Brasil. El primer cable sobre ese país, reproducido por el diario Folha de São Paulo, reflejaba el temor del gobierno ante ataques terroristas en los Juegos Olímpicos de 2016.

La estrategia de Assange consistió en liberar información clasificada en crudo y sin procesar y, de ese modo, desnudar al gobierno más poderoso del planeta. Fue como volver a las fuentes. El rey español Felipe III nombró “espía mayor de la corte y superintendente general de las inteligencias secretas” a Juan Velázquez de Velasco en 1599, según el Archivo General de Simancas, algo así como el WikiLeaks de esos tiempos. Su misión consistía en acopiar y distribuir la información secreta que enviaban los virreyes, los capitanes generales y los embajadores, aún meros emisarios de la Corona.

En el siglo V, los Estados-ciudades griegos habían comenzado a destinar al exterior a sus oradores más elocuentes. Después, cuenta Harold Nicolson en su libro “Diplomacy”, publicado en 1939, “los enviados de los emperadores bizantinos llevaban instrucciones no sólo de representar los intereses del Imperio en las cortes de esos déspotas bárbaros, sino también de suministrar informes completos acerca de la situación interna en los países extranjeros”. Los diplomáticos, reconocidos como profesionales en el Congreso de Viena de 1815, “tienen tanto miedo de que se les acuse de falta de juicio que a toda costa se abstienen de expresar juicio alguno”.

En sus “Consejos para redactar los cables del embajador”, Richard E. Hoagland, embajador norteamericano en Kazajistán, dice que “la escritura linda nunca es aceptable” y que “lo lindo es para los infantes, no para los diplomáticos profesionales.” Lindo o no, aquellos que siguieron sus recomendaciones procuraron “atrapar la atención del lector” en los encabezados porque “las primeras tres o cinco palabras son todo lo que verán en su fila electrónica”. Esas comunicaciones, al cobrar estado público, pudieron haber alterado la relación entre los Estados Unidos y varios gobiernos.

En sus orígenes, según Nicolson, los diplomáticos “sobornaban a los cortesanos; fomentaban e incitaban rebeliones; alentaban a los partidos de oposición; intervenían en los asuntos internos de los países donde estaban acreditados en la forma más subversiva, mentían; espiaban, y robaban”. Un embajador “se consideraba a sí mismo un honorable espía”. Mucho no ha cambiado.



2 Comments

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