Cómo desarmar una bomba




El plan de Brasil y Turquía para Irán es el que suscribiría Obama de no ser presidente

Tres de cada 10 sanciones económicas y embargos comerciales dictados contra países hallados en off-side desde el final de la Primera Guerra Mundial han resultado parcialmente exitosos. Un minucioso análisis de más de 200 condenas de ese tipo, realizado por el Peterson Institute for International Economics, de Nueva York, señala que las medidas disciplinarias contra gobiernos sospechosos de ejecutar programas nucleares con fines bélicos, como Irán, Corea del Norte e Irak, o culpables de expropiaciones de propiedades y compañías extranjeras, como Cuba, no son tan eficaces como sus promotores desean.

En la mayoría de los casos, nada cambia y, en ocasiones, hasta se fortalece el virtual amonestado. Las sanciones contra Irán que impulsa Barack Obama en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es el mejor regalo que puede recibir su presidente, Mahmoud Ahmadinejad, para acentuar la retórica contra los Estados Unidos y, en la emergencia, sepultar en el olvido el fraude y la represión al ser reelegido el 12 de junio de 2009. Las penas son tan funcionales a su régimen, sostenido por radicales islámicos, como es el embargo contra Cuba para los Castro. Los éxitos y los fracasos quedan supeditados a la intromisión extranjera.

En otros tiempos, un gobierno podía emitir un mensaje hacia dentro y otro hacia fuera. Ya no. Obama no puede buscar “múltiples formas” de aislar a Irán por su insistencia en soslayar las advertencias de la comunidad internacional y, a su vez, alentar a su par de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, y al primer ministro de Turquía, Recep Erdogan, a firmar un trato con Ahmadinejad para intercambiar uranio levemente enriquecido por una cantidad 10 veces inferior de uranio enriquecido y, de ese modo, evitar que prospere su presunta intención armar un arsenal atómico.

Tampoco puede Obama apadrinar en forma simultánea una resolución de condena contra Irán en el Consejo de Seguridad y expresar en una carta su adhesión a la gestión Lula y Erdogan. Ambos acuerdan en Teherán con Ahmadinejad el envío de 1200 kilos de uranio débilmente enriquecido a Turquía a cambio de 120 kilos de uranio enriquecido al 20 por ciento. Lo suficiente para mantener un reactor de investigación, no para fabricar la bomba y “borrar del mapa” a Israel.

Con armas nucleares o sin ellas, toda apología de un genocidio amerita sanciones, trátese de Israel o cualquier otro blanco, pero las medidas de ese tipo, por ejemplares que pretendan ser, resultan injustas para la gente del país agresor. En Irán es bochornosa la negación del Holocausto. De la negación también se valen el ministro de Defensa, Ahmad Vahidi, y otros imputados en la voladura de la AMIA para evadir las órdenes de captura de Interpol pedidas por la Argentina.

De no tener que lidiar con la oposición republicana del Capitolio, Obama se inclinaría por el diálogo con Ahmadinejad. Estaría a más tono con su doctrina de seguridad nacional. En ella ha eliminado la etiqueta de “guerra contra el terrorismo”, legado de la era Bush.

El gobierno norteamericano alterna con Irán, Corea del Norte y otros países poco confiables los roles de policía bueno (Obama) y malo (Hillary Clinton, secretaria de Estado). Con la ausencia de Obama en el tercer foro de la Alianza de las Civilizaciones, realizado en Río de Janeiro, ha quedado abierta una hendija. Por ella se cuelan las discrepancias con Brasil y Turquía por el acuerdo con Ahmadinejad.

Que Irán vaya por la cuarta ronda de sanciones demuestra el fracaso de las tres anteriores, con los precedentes nefastos de Corea del Norte, en plan de guerra contra Corea del Sur, e Irak, en plan de reconstrucción tras la guerra declarada por Bush. El trato de Brasil y Turquía con Irán, primero bendecido por los Estados Unidos y después apoyado por el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, es ahora “inaceptable” para Obama. Lula protesta. Es lógico, más allá de su deplorable doble rasero en una cuestión acaso más sensible que las armas nucleares: los derechos humanos.

En Cuba, sometida por los Estados Unidos a casi cinco décadas de terco y vano embargo, coincide en su última visita con la muerte del disidente Orlando Zapata Tamayo, albañil de 42 años, tras 85 días de huelga de hambre. Es deplorable su tibio lamento en compañía de los Castro. “¿Hace negocios sobre los cadáveres?”, reprueba su proceder el diario O Estado de São Paulo. En Colombia tampoco machaca contra las FARC, por más que el narcotráfico y los secuestros besen su frontera. En ambos casos está de por medio Hugo Chávez, socio y guía de Ahmadinejad en América latina desde 2008.

¿Influye la cercanía de Chávez en el apuro de Obama en castigar a Irán? Con Ahmadinejad, convencido de ejercer un nuevo polo de poder mundial, es difícil honrar la diplomacia; peor es usar herramientas de probada inutilidad como las sanciones. Por una vez, otros que no sean los Estados Unidos deben tener oportunidad de ensayar y, si no prende su medicina, también deben tener oportunidad de fracasar.



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