La casa se reserva el derecho de admisión




La invasión de inmigrantes a Melilla y Ceuta reforzó el temor a la virtual incorporación de Turquía a la Unión Europea

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, concluía Sancho Panza: “Dos linajes hay en el mundo, como decía una abuela mía, que son el tener y el no tener”. Cuatro siglos después, en el lugar de la Mancha, de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, el tener y el no tener dependen más de la partida de nacimiento que del afán de superación.

El tener y el no tener se resumen, en la Mancha y sus alrededores, en las estadísticas brutales del Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): 2500 millones de personas (el 40 por ciento de la población mundial) apenas subsisten con menos de dos euros diarios, el precio de una Coca-Cola en Madrid o en París.

En 18 países, con 460 millones de habitantes, empeoraron las condiciones de vida desde 1990. De ellos, 12 pertenecen al África subsahariana, azotada, también, por el sida. De ahí, la búsqueda de horizontes cercanos. La búsqueda desesperada, reflejada en los rostros sombríos de aquellos que, como en otras fronteras entre el tener y el no tener, no vacilan en arriesgar su vida por ir al lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Detrás de Melilla (enclave español desde 1497) y Ceuta (ídem desde 1580) queda el otro linaje, plasmado en miserias, enfermedades y hambrunas. Un chico que nace en Zambia, por ejemplo, tiene en 2005 menos probabilidades de superar los 30 años de edad que uno nacido en 1840 en Inglaterra. En ello no talla la ideología ni la religión, sino la urgencia. Talla, más que todo, la dictadura del estómago. Contra ella, por más cumbres presidenciales, acuerdos políticos y paliativos económicos que procuren tapar el sol con un dedo, nada puede.

La necesidad no perdona. Tampoco perdona la represalia, expresada en la expulsión y en la humillación. Y expresada, después, en el retorno al remitente que, a su vez, no acepta devoluciones, excepto Senegal y Malí. En otros países, como Nigeria, Camerún, Gambia y Guinea Conakry, la acogida es peor que en Melilla y Ceuta. Sólo encuentran puertas cerradas y un lugar en el desierto, lejos de la Mancha, a su suerte, sin agua ni comida. Un limbo en el cual maldicen no haber podido trasponer con sus endebles escaleras las dos vallas metálicas, reforzadas con una tercera por decisión del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Las vallas, como la gruesa muralla que levantó Ariel Sharon frente a los territorios palestinos o la cerca electrificada que quiso tender el ultraconservador norteamericano Pat Buchanan frente a México, no representan un límite, sino el límite. El final del camino. El último recodo del no tener, protegido en otros casos, como las costas de Miami, por tiburones que meriendan cubanos hastiados del régimen de Fidel Castro.

Todo aquel que ha prosperado tiene un pariente pobre. Prefiere no verlo a menudo, temeroso del abuso. Con Turquía, a diferencia de los inmigrantes subsaharianos, pasó lo mismo: debió esperar 42 años hasta que el 3 de octubre, agotados todos los plazos, llamó a la puerta de la Unión Europea y obtuvo respuesta.

La dejaron asomar la nariz, no entrar, cautos los dueños de casa ante la mera posibilidad de convocar fantasmas parecidos a los inmigrantes ilegales. Setenta y un millones de personas con un ingreso promedio de 3400 dólares anuales (casi la novena parte del ingreso de los franceses) representan el riesgo de albergar en un edificio de 25 departamentos a la familia más numerosa del continente. O, acaso, al país cuya pertenencia al continente cuestionan varios. Si no, todos.

Por un lado o por el otro, por África o por Asia, la Unión Europea se encuentra en una disyuntiva. ¿Qué ser y cómo ser? Después del no de Francia y del no de Holanda a l tratado constitucional, el reconocimiento de Turquía como candidato a la adhesión, firmado en 1999 en Helsinki, puso en un aprieto a los arquitectos de un bloque sin límites aparentes, pero, a la vez, presa de su burocracia y de sus traumas.

La pasión turca, cual legado de Atatürk, se vio reflejada en requisitos cumplidos de democratización y de modernización, apuntalados con el ejercicio de las libertades, la creación de un Estado de derecho, el saneamiento de la economía, la lucha contra la corrupción y, en cierto modo, el respeto de los derechos humanos. Entre los gobiernos, España, Portugal, Italia, Gran Bretaña y Suecia celebraron los avances; Austria, Alemania, Francia, los Países Bajos y Dinamarca, empero, no creyeron que hayan sido suficientes. Entre la gente, sólo en Europa central despertaron optimismo por la hendija que dejaría abierta para sí mismos.

Lo extraño turba. Y turba por el remozado principio de identidad europeo, más indefinido que la nacionalidad como mérito. España no expulsa por su cuenta y riesgo a los negros que Marruecos, impiadoso, abandona en el Sahara. Turquía hizo los deberes, pero la democratización y la modernización no implican, a los ojos de muchos, que sea un país democrático y moderno. En el ranking del PNUD está en el puesto número 87, 53 posiciones  debajo de la Argentina.

Después de la ampliación, de 15 miembros en 1994 a 25 en 2004, la Unión Europea lleva más carga. No va tan deprisa como antes, reacia a  ser un superestado napoleónico bajo los preceptos del fallido tratado constitucional del francés Valéry Giscard d’Estaing. En Turquía, mientras  tanto, primó la independencia de criterio: rechazó ser el atajo de las tropas de la coalición que iban a Irak y rechazó, también, una promesa del gobierno de George W. Bush de créditos por 26.000 millones de dólares, actitudes con las cuales quiso demostrar que renunciaba a la tutela de los Estados Unidos. En su territorio sufrió atentados terroristas, como España y Gran Bretaña.

La casa se reserva el derecho de admisión, sin embargo. La casa es cristiana. Y Turquía, por amplia que pretenda ser, es mayoritariamente musulmana. Ese rasgo, no mencionado como obstáculo, influye mucho más que cualquier otro. Austria aceptó finalmente las negociaciones por la inclusión de Croacia, no por un gesto de apertura ni de valoración.

Lo curioso es que antiguos rivales se hayan aliado en estas circunstancias: Grecia apoya el ingreso de Turquía en la Unión Europea con el mismo énfasis con el cual Alemania apoyó el ingreso de Polonia. En Bruselas descuentan que no habrá una ratificación formal hasta 2015, pero, en el ínterin, saben que otros países, como Serbia y Macedonia, a diferencia de Suiza, Noruega e Islandia, también quieren ser miembros. De la periferia no se moverá Rusia. ¿De qué periferia?

En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero (ni puedo) acordarme, la Unión Europea prometió a Turquía, cual gajo de Asia en el continente o gajo del continente en Asia, el linaje del tener en desmedro del linaje del no tener. Linaje caro que requiere la tolerancia frente a la aceptación del genocidio de 1,5 millones de armenios en 1915, bajo el imperio Otomano, y el respeto a las minorías étnicas (en especial, los kurdos). La marginación, perjudicial para reducir la pobreza y alcanzar el crecimiento, no sirve más que para alentar miedos en un mundo condicionado, cuatro siglos después de Sancho Panza, por el tener y el no tener. En muchos casos, ni para una Coca-Cola en Níger, furgón de cola en el ranking del PNUD.



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