Solteros contra casados




Mientras Bush no tolera que le lleven la contraria, Chirac insiste en ver el organismo como un parlamento global

Nada que envidiarle a Paul O’Neill, el primer secretario del Tesoro del gobierno de George W. Bush, cuando prometía gratuitamente no dilapidar el dinero de los carpinteros y de los plomeros norteamericanos en una causa perdida. Es decir, en la Argentina, mal que nos pesara. Nada que envidiarle o, peor aún, nada que reprocharle a Donald Rumsfeld, el jefe del Pentágono, en su particular, o brutal, cruzada en busca de botas, y de votos, en el Consejo de Seguridad de Organización de las Naciones Unidas (ONU), con tal de aplastar al régimen de Saddam Hussein… “y después veremos”.

Nada que envidiarle a O’Neill y nada que reprocharle a Rumsfeld. Intérpretes, desde áreas diferentes, del discurso de Bush. Lapidario, habitualmente. Hostil hacia Washington, desde Texas, y hostil hacia el mundo, desde Washington. No casado con nadie. Ni con sus aliados aparentes, como Tony Blair, reducido a migajas su respaldo a la guerra, por más que pague un costo considerable in situ por la resistencia popular después de haber desplazado 40.000 soldados hacia el Golfo Pérsico. Da igual si contribuye con tropas, al comienzo, o con fuerzas de paz, al final.

Nada que hacer, entonces. Rumsfeld, peleado tanto con los veteranos de Vietnam por haber subestimado el apoyo de reclutas como con Jacques Chirac y con Gerhard Schröder por haber tildado a Francia y Alemania de ser la expresión de la vieja Europa, ha demostrado que, en realidad, la ONU, como tal, no es más que un mal necesario para los fines, y los afanes, de Bush. O, acaso, un trámite formal con tal de legitimar una guerra inevitable.

No por nada el presidente de España, José María Aznar, otro aliado en la causa, reveló a Bush su deseo de oír más al secretario de Estado, Colin Powell, y menos a Rumsfeld. Un pelotazo en contra, si de simpatías se trata, con un léxico más propio de un partido solteros contra casados en el cual, más que el asado, está en juego, apenas, el futuro de la ONU y, por extensión, del mundo.

De un nuevo orden, digamos, en el cual Chirac y Bush asoman como icebergs en un mar de dudas desprovisto de formas diplomáticas. Hasta de respeto, en algunos casos. Uno ve a la ONU como una especie de parlamento global en el cual los gobiernos de los países grandes y de los países chicos dirimen sus diferencias (en tanto no toquen a Francia, claro) y el otro ve a la ONU como una sigla que, por más que garantice el internacionalismo como un mal necesario, gatilla desconfianza automática en su gobierno.

Nada nuevo, tampoco. Ni determinante desde el momento en que los Estados Unidos contribuyen con la mayor cuota a un presupuesto anual de 14.500 millones de dólares, al igual que en la alianza atlántica (OTAN) y en otros organismos multilaterales. Menos letales, pero no por ello menos decisivos, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la debilidad de O’Neill mientras bufaba por la Argentina, y el Banco Mundial, entre otros.

Causa de una presión que va más allá de un gobierno en especial, sea republicano, sea demócrata. O, acaso, tenga raíz por el carácter excepcional que se atribuyen los norteamericanos a sí mismos, desconfiados desde la cuna de su propio gobierno, como Bush de Washington mientras era gobernador de Texas, por su creencia en la libertad individual y más aún de los gobiernos extranjeros, por más que sepan valorar los méritos y las grandezas ajenas.

Ese escepticismo, trasladado a la ONU, derivó a mediados de 1996, mientras Bill Clinton era el presidente, en el fracaso de la reelección como secretario general del egipcio Boutros Boutros Ghali, responsable de la vergonzosa imagen televisiva de uno de los 18 soldados norteamericanos muertos que era arrastrado por las calles de Mogadishio, Somalia. A contramano, también entonces, de Francia, sellado así el réquiem de aquello que pretendió ser el multilateralismo firme.

La amenaza de vetar la mera nominación de Boutros Ghali abrió camino a Kofi Annan, enviado del predecesor del secretario general anterior, Javier Pérez de Cuéllar, a Bagdad, después de la invasión de Irak a Kuwait en agosto de 1990, con el fin de aplacar la crisis, negociar la liberación de los rehenes occidentales y repatriar a más de 900 funcionarios internacionales.

El desprecio de Rumsfeld hacia sus propios aliados, pues, no representa más que la continuidad de una línea de conducta. O la profundización del unilateralismo firme, decisivamente, o dramáticamente, instalado por Bush desde los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Con un léxico impropio, quizá, pero coherente con el estilo descarnado que supo prodigar O’Neill en sus ácidas observaciones sobre la manía de los argentinos de negarse el progreso industrial desde los años 50.

Frente a ello, en una crisis de la cual surgirá el papel de la ONU, el aporte europeo consiste en la diversidad. Marcada, precisamente, en las posiciones antagónicas de Blair, Aznar y Silvio Berlusconi respecto de Chirac y Schröder, casados en la Unión Europea. Y en la convicción, por haberla sufrido en carne propia, de que una guerra, por más intereses que haya de por medio, nunca debería ser necesaria. De ahí, la visión diametralmente opuesta a las convicciones de los norteamericanos, solteros en apuros y renuentes a concebir una diplomacia que, en ocasiones, no esté respaldada por la fuerza. O, al menos, por la posibilidad de usarla en caso de disputas.

Los alemanes, hasta Kosovo, no habían podido deshacerse del legado espantoso de Hitler, pero, más allá de eso, una generación crecida al amparo de las negociaciones, no de las peleas, difícilmente acepte combatir por una causa que no cree justa. Sobre todo, por la falta de pruebas para las razones que llevan a Bush a intentar convencer al mundo de que Saddam es peor que otros tiranos y que, con su caída, no habrá más armas químicas y florecerá la democracia en Irak.

¿De qué democracia hablamos, se preguntan los franceses, si no son respetados los valores de la ONU, comenzando por las decisiones del ámbito destinado a preservar la seguridad y al mantenimiento de la paz? ¿De qué democracia hablamos, se preguntan los alemanes, si no son tenidos en cuenta los reparos ante una eventual represalia de Irak contra blancos europeos?

A Saddam nadie en su sano juicio le cree un ápice, pero, a su vez, nadie en su sano juicio subestima como el gobierno de Bush el trabajo de los inspectores de la ONU, comandados por Hans Blix, salvo que el Consejo de Seguridad no sea más que un órgano de debates con voz y sin voto.

Como el FMI mientras los peores escozores de la crisis sacudían a la Argentina, augurando tiempos aún peores, y O’Neill predicaba sobre aquello que no hicimos o que debimos hacer. Como la ONU mientras el peor presagio sacude al mundo, augurando más incógnitas que certezas, y Rumsfeld, denostando a un aliado como Blair, desoyendo a otro como Aznar y despotricando contra Chirac y Schröder, predica sobre aquello que hará o que debe hacer. Y, Dios nos guarde, después veremos.



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