La venganza será terrible




Castro aprovechó un error de Fox con tal de defender su régimen, condenado por despreciar los derechos humanos

Ya había convalidado Fidel Castro un encargo, casi una súplica, de Vicente Fox: no discutir la relación bilateral durante la Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el Financiamiento para el Desarrollo, realizada en Monterrey. Pero el presidente de México, el primero en siete décadas ajeno al parque jurásico del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cometió un exceso. De confianza, tal vez: «¿Te puedo pedir otro favor? –sondeó por teléfono–. Bueno, básicamente, no ataques a los Estados Unidos o al presidente Bush». Obtuvo una respuesta a la altura de las circunstancias: «No tenga la menor duda de que sé cómo decir la verdad con decencia y elegancia».

Eran 43 años de unicato de un lado y uno y medio de gestión del otro. Eran sutilezas: el tuteo en Fox, frecuente entre mandatarios, y su reverso en Castro, frecuente entre negociadores. Eran, en definitiva, la astucia y la inexperiencia, grabadas secretamente en La Habana, el 19 de marzo, como elementos de prueba, o de presión, en vísperas de la inminente condena al régimen cubano en la sucursal Ginebra de la ONU por despreciar, y depreciar, los derechos humanos.

Otro clásico, como el embargo comercial norteamericano. Inútiles, en principio. De la cinta, comprometedora, se valió Castro esta vez con tal de desviar la atención. O acaso de contentarse, y de contentar a su gente, con el fresco de un mundo feliz en el cual, según él, priman la libertad (de sortear tiburones en rudimentarias balsas vía Miami), la igualdad (entre los cabecillas del Partido Comunista y los disidentes) y la dignidad (acrisolada en el discreto encanto de fomentar la prensa independiente, tildada de contrarrevolucionaria).

Tanto ha perdurado su encono contra el presidente mexicano y su canciller, Jorge Castañeda, la voz más confiable de Washington después de haber plasmado en rojo la biografía del Che Guevara, que en su discurso del 1° de Mayo, Día Internacional del Trabajo, no vaciló en cuestionar la presunta conjura de la cual habría sido víctima. Por más que al comienzo del diálogo telefónico haya aceptado, molesto, los términos planteados por Fox: iba a marcharse de Monterrey antes de que arribara Bush, comprometido en la caza del voto latino en los Estados Unidos en una gira que continuaría en Perú y El Salvador. Nada peor en ese caso que cruzarse, o posar para la foto, con el peor enemigo del exilio cubano.

Intuyó Castro que, prometiendo que no iba a lanzar una bomba en Monterrey, podría desbaratar la posibilidad de que México votara en contra de su régimen en Ginebra, siguiendo la línea Uruguay, virtual sucesor de la República Checa en encabezar la condena. Pero no. Y creció su irritación, cual sarpullido, seguro de que la oposición del Congreso iba a poner en aprietos a Fox. Y sobre todo a Castañeda, eventual candidato presidencial en un país desentendido de reelecciones.

Quedaron como mentirosos, finalmente. A merced de Castro, envalentonado después por el triunfo de su hijo político dilecto, Hugo Chávez, frente al efímero golpe de Estado en Venezuela. Señal, en sí misma, de la falta de presencia, o de la indiferencia, de Bush hacia la región, más allá del alivio que habría significado deshacerse de él.

La trampa en la cual cayó Fox no ha sido más que otra evidencia del tono que han adquirido las relaciones diplomáticas en América latina. Somos amigos, intercambiando habanos y vinos en privado, pero, en público, tú violas los derechos humanos y yo saco rédito de mi condena. La segunda en la historia, en el caso de México, después de haber apañado al régimen como peso, y contrapeso, de la vecindad con los Estados Unidos.

A Castro no pudo caerle peor el llamado de Fox, tratándolo como si fuera un comensal de modales escasos que necesitaba ser advertido sobre el uso de los cubiertos y de la servilleta. Dejos de indignación contenida parecieron mezclarse, de hecho, en el diálogo telefónico. Tenso por momentos. «No me compliques el viernes», toleró, por ejemplo. Ese día, precisamente, arribaba Bush a Monterrey. Razón por la cual debía partir antes. El jueves. «Y cuando acabe el almuerzo te puedes marchar», toleró también. En forma irónica preguntó: «¿Al hotel?» Después, sin tutearlo, concedió: «Cumpliré con sus órdenes, volveré».

Una vez en La Habana, Castro tenía las manos vacías. Había sido humillado por un novato, tras haber sobrevivido a 12 presidentes norteamericanos desde Dwight Eisenhower, y no había recibido nada a cambio. Nada de nada. El precio hubiera sido la abstención de México en Ginebra.

A costa de no ceder, el muerto comenzó a reírse del degollado. O, en realidad, de los degollados. Y descargó munición gruesa contra gobiernos que, como Uruguay, México, El Salvador, Costa Rica, Chile y Perú, votaron en contra de Cuba. El argentino, entre ellos. Rotulado de hambriento, el país, después de haber sido señalado durante la era De la Rúa por lamer la bota yanqui. Envuelto ahora, dijo, en un increíble caos económico y político por haber adscrito, como los otros, ante el canto de cisne de la globalización neoliberal. «¿Qué democracia y respeto a los derechos humanos pueden existir en esas condiciones?», se preguntó. Ni el corralito bancario dejó de evocar. Tampoco, el repudio contra la clase dirigente: «Es repugnante el comportamiento de muchos gobernantes al ver derrumbarse como castillos de naipes sus modelos económicos», bramó.

Dudoso diagnóstico del partero de una historia que no reparó en la ideología, ni en la ética, ni en los valores mientras las dictaduras militares hacían negocios con la Unión Soviética y utilizaban, como cortina de humo de la represión, el fantasma de la revolución cubana. Signo de su respeto magro a los derechos humanos. Salvaguardado en profundos silencios.

En el léxico de Castro, la hipocresía y la mentira son instrumentos inseparables del sistema político y económico de América latina. En su peor momento, hoy por hoy, con un juego maquiavélico de todos contra todos dentro cada país que deriva, por lo general, en una deducción tan fácil como peligrosa: el fracaso de las reformas es el fracaso de la democracia. Que se vayan todos, pues.

Rara parábola de una ilusión casi perdida en sociedades que, a diferencia de otras, han sido concebidas para consumir, no para producir, y han sido educadas para depender del Estado, no de la competencia. Todo ello, a pesar de las magras recaudaciones impositivas, de la desigualdad del ingreso y de la ausencia del crédito. Sin petrodólares, como en los 70, vana y lejana asoma la oferta norteamericana de crear en 2005 el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA). ¿Estaremos vivos entonces?

No quiebran los países; quiebran sus habitantes. Espectadores, a veces, de aventuras. Como la caída y la resurrección de Chávez. Como la violencia de la troika Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)- Ejército de Liberación Nacional (ELN)-Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), ensalzada por el narcotráfico. Como el pronóstico de tormentas ante una virtual victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil.

Oro en polvo para Castro, convencido de haber hecho lo correcto, faltando a su palabra de mantener en reserva el diálogo telefónico con Fox. Lo hizo quedar en ridículo, al igual que a Castañeda. Nada del otro mundo, convengamos: después de Clinton, la mentira ha dejado de ser un pecado. Político, al menos.



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