Té con masas




Obama, como Clinton, se topa con un firme rechazo a reformar el sistema de salud

Ha escrito en la palma de su mano izquierda: “energía”, “impuestos” y “levantar el ánimo” de la gente; otra consigna, “recortes presupuestarios”, está tachada. Desde el atril, mientras agita los brazos y deja ver esos apuntes en tinta negra, Sarah Palin clausura la convención nacional del Tea Party. Está en Nashville, Tennessee, territorio del ex vicepresidente demócrata Al Gore, derrotado por George W. Bush en las mañosas presidenciales de 2000. La vitorea una multitud encantada con sus maldiciones contra esos liberals, o izquierdistas, capaces de lo peor.

La ex candidata a vicepresidenta de los Estados Unidos y ex gobernadora de Alaska es, ante ellos, “alguien como nosotros, del mundo real”. Cobrará al final de la velada 100.000 dólares. Son sus módicos honorarios por intervenir en esa recreación del histórico motín del puerto de Boston. Entonces, el 16 de diciembre de 1773, es contra Gran Bretaña por gravar la importación de productos de primera necesidad como el té; colonos disfrazados de indios arrojan un cargamento al mar. Ahora, más de dos siglos después, es contra la “política socialista” del gobierno demócrata.

¿Quién es Barack Obama para apurar una reforma sanitaria por la cual las compañías de seguros médicos se verán obligadas a afiliar y atender a todos sin limitaciones? “No es sólo un debate sobre el costo de los cuidados médicos, sino sobre el carácter de nuestro país”, martilla frente a otra multitud, distinta de la encandilada con Palin.

La señal de alarma para él proviene de Massachussets, bastión de los Kennedy durante casi medio siglo: los demócratas pierden su banca y, con ella, la autonomía en el Senado. La victoria del republicano Scott Brown, “sólo un hombre con una camioneta”, confirma que el disgusto, factor aglutinante de la derecha, puede ser fatal. O, en el caso de Annabel Park, nacida en Corea del Sur y criada en los Estados Unidos, inspirador: crea el Coffee Party, reverso del Tea Party, con lemas como “despierta” y “reacciona” que Obama, de ser Palin, podría apuntarse en la palma de su mano derecha.

Palin suele burlarse de él: “¿Qué tal les está yendo con eso de la esperanza y el cambio?”, aguijonea a los suyos. Son blancos, de derecha y están desorientados. Encuentran más eco en la Nación del Motín del Té, fundada por Judson Phillips, que en el Partido Republicano. La defensa de la responsabilidad fiscal, el gobierno limitado y el mercado libre, sus pilares, son un recordatorio del Contrato con América, lanzado por Newt Gingrich en 1994; en ese momento, Bill Clinton está empantanado, como ahora Obama, con la reforma sanitaria, encargada a Hillary, en un país con 47 millones de personas sin seguro médico.

Esta vez, la campaña es más agresiva. La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, demócrata, está horrorizada por el uso de los bigotes de Hitler para ridiculizar a Obama en los actos del Tea Party. Los tilda de “nazis”. No sólo por eso, sino, también, por las feroces arengas de predicadores radiales como Rush Limbaugh contra los inmigrantes y las minorías raciales. Palin suscribe sus ideales, pero prefiere ir por la libre contra el establishment, el aborto y el matrimonio gay a ver si Dios le enseña “la siguiente puerta”; quizá deba decidir si pasa a ser “Sarah de Alaska 2012”.

¿Será su desquite? La consideran “demasiado sexy” en 2008. En esas elecciones, la combinación entre la política y la maternidad, yendo y viniendo con su bebé con síndrome de Down y su hija de 17 años embarazada, crea confusión. De pequeña, por su fiereza en la cancha de básquetbol, es “Sarah Barracuda”. De grande, en su debut en la convención republicana, se presenta como una hockey mom (madre que lleva a sus hijos a jugar hockey) cuya única diferencia con un pitbull, bromea, es “el lápiz labial”. Es ahora, en su casa de Wasilla, Alaska, estrella del canal de televisión Fox News. Escribe su segundo libro después del éxito de Going rogue (“resumen de casi 400 páginas de virtuosa ignorancia”, según The New York Review of Books). Tiene un millón y medio de fans en Facebook y otros tantos seguidores en Twitter.

Tiene simpatizantes más discretos. En el Capitolio, durante el discurso del Estado de la Unión, el juez Samuel Alito, miembro de la Corte Suprema, desaprueba una crítica de Obama contra un fallo sobre la financiación de las campañas. “Eso no es verdad”, masculla en voz baja. Virginia Thomas, esposa del juez Clarence Thomas, también conservador y miembro del máximo tribunal, ha creado la organización Liberty Central para ayudar al Tea Party. Está habilitada. ¿En qué medida condiciona a su marido, más cercano a Palin que a Obama?

En sus excluyentes mítines de english only (sólo inglés), la muchachada del Tea Party calienta el músculo para “recuperar el país” con una Juana de Arco que, desde el miedo al cambio, revindica los “derechos constitucionales” y el individualismo a ultranza. Son los Estados Unidos que, según Obama, “se aferran a Dios y las pistolas”. Son los otros Estados Unidos o, acaso, los más parecidos a sí mismos.



3 Comments

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