La leyenda del jinete sin sutileza




Bush ha impuesto la dureza en su política exterior, llamada realismo, en contraste con el presunto idealismo de Clinton

Dejó huérfanos de mediación a israelíes y palestinos, devaluando la intervención de los Estados Unidos en la crisis a un palco de la segunda bandeja, arriba, como en el gobierno de su padre. Despertó la ira de Europa con su aval a los industriales en pie de protesta por las pérdidas que provocaría la reducción de las emisiones tóxicas, ignorando la adhesión de su país al Protocolo de Kyoto. Enfrió la alianza estratégica con el Japón por el choque de un submarino nuclear norteamericano con un buque de bandera nipona. Tomó distancia del acercamiento de las dos Coreas. Echó a 50 diplomáticos rusos por el arresto del espía Robert Hanssen, dispuesto por el FBI, no por el Servicio Federal de Seguridad (ex KGB). Sacudió a los Balcanes con la posibilidad de reducir sus tropas en aras del ajuste el presupuesto militar. Pisó América latina y, al mismo tiempo, bombardeó Irak.

Y tensó, en otra vuelta de tuerca, la relación bilateral con China por la arrogancia con la que exigió la restitución del avión de rastreo EP-3 que aterrizó de emergencia en la isla Hainan después de surcar, in fraganti al parecer, espacio aéreo ajeno. O de despeinar el límite. Ni disculpas pidió al principio por la muerte del piloto del cazabombardero con el que estuvo a punto de estrellarse. Sólo se mostró molesto por la retención de los 24 tripulantes norteamericanos y, sobre todo, por la suerte de los archivos confidenciales de la nave ante el riesgo de que metieran sus narices expertos de ojos rasgados. Intrusos en su país.

George W. Bush puso a la derecha de su escritorio el busto de Dwight D. Eisenhower, procurando transformar la Casa Blanca en una corporación eficiente. Y, desde el sillón con el respaldo más alto del Salón Oval, resucitó los fantasmas de la era Ronald Reagan. O sus obsesiones, como la poda de impuestos y la creación de un escudo antimisiles. Línea dura, rechazada por Europa, por Rusia y por China, con la que comulgan el vicepresidente Richard Cheney y el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld.

En ellos descansa el llamado realismo en la política exterior, inspirado en la defensa a ultranza del interés nacional. Es decir, un repliegue agresivo y, a su vez, una ruptura con el presunto idealismo de Bill Clinton. Sinónimo cortés, en el léxico de Bush, de ingenuidad y de falta de principios.

Con beneficios dudosos, en su caso, mientras los operadores de Wall Street, medio desconcertados, pronostican sensación térmica recesiva después de haber estado expuestos al calor de la bonanza económica de los últimos años.

Sólo el ataque contra el régimen de Saddam Hussein, de común acuerdo con Tony Blair, siguió el estilo Clinton. Coincidió con la primera visita a América latina. A México, en realidad. Entre cowboys se entienden, pero Vicente Fox, con sus botas y su sombrero, nunca comprenderá por qué, el 16 de febrero, los broccoli de su plantación, por los cuales Bush puso la cara de asco que solía poner su padre, pasaron a ser misiles. Ni por qué su rancho de Guanajuato pasó a ser un centro de operaciones. Con su anuencia forzada, como la sonrisa para la foto.

¿Era necesario ordenar el bombardeo en ese momento y desde ese lugar? En la diplomacia valen más las palabras que los gestos. Bush ha privilegiado los gestos. Desdeñosos, a veces. Enérgicos. Cargados de cólera heredada. Como si el mundo no viviera convulsionado por sí mismo sin sus valiosos aportes a la confusión general. Como las provocaciones contra Rusia y contra China con tal de hacer sonar los teléfonos rojos y de recrear la tempestad de la Guerra Fría, de modo de prever, como Reagan, la guerra de las galaxias. O de justificarla.

Y de tejer, de ese modo, la malla del escudo antimisiles, cual alero contra adversarios implacables en momentos en que había bajado el volumen de la confrontación, mientras, incumpliendo con el acuerdo que suscribieron 38 países (la Argentina, entre ellos) en 1997, ha dicho que la industria norteamericana, emisora del 25 por ciento de los gases que recalienta la aldea global, es más importante que la preservación del medio ambiente. Producción, sí; ecología, no. Como el dilema entre las próximas elecciones y las próximas generaciones.

Era parte de su campaña, enfocada en contra de los intereses de Washington, que el espíritu del Far West cobrara vida, o estuviera presente, en la Casa Blanca. Pero ni el jinete de Marlboro creía que la política exterior de Bush, en la que reprobó el primer examen por desconocer el nombre del presidente de Pakistán, iba a ser una especie de spaghetti de cantina en el cual imperaría la ley, o la voz, del más fuerte. Ergo, la propia.

¿Qué habría sucedido si un avión chino hubiera rozado el espacio aéreo norteamericano, o hubiera volado dentro de él, con el afán de su gobierno de vender a Cuba, por ejemplo, los cuatro destructores que encargó Taiwan, equipados con misiles teledirigidos y con un radar ultramoderno, capaz de detectar el lanzamiento de un misil a 160 kilómetros de distancia y de establecer contacto con el escudo antimisiles? Habría sido derribado de inmediato.

En su inclinación por Taiwan, Bush no ponderó los derechos humanos. Ni la cruzada de una provincia diminuta frente a las demandas del gigante comunista. Ponderó, sobre todo, una operación comercial para la cual el avión de rastreo EP-3 reunía información secreta sobre el movimiento de los barcos chinos. Estamos hablando de 4800 millones de dólares, my fellow americans.

O de fugaces amores eternos. Despojados del lazo de confianza recíproca que ató Clinton con su par Jiang Zemin a pesar de las cuentas pendientes por la masacre de civiles en la plaza Tiananmen, en 1989, y por el magro respeto del régimen a las libertades individuales.

A pesar, también, de las sospechas por el intento de comprar la política exterior de Washington con donaciones ilegales para la campaña por la reelección, en 1996, y del robo de secretos nucleares mientras Clinton propiciaba en el Congreso el ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y, con él, un vuelco decisivo hacia el capitalismo. Por los gestos, al menos, pagó barata la absurda voladura de la embajada de ese país en Belgrado durante la guerra de Kosovo. Una afrenta signada por mapas antiguos de la CIA. O por un complot interno.

Bush quiso marcar las diferencias. Desde el comienzo. Como si entre él y su padre no hubiera existido Clinton. Como si fuera necesario gritar al viento que el pueblo tiene nuevo sheriff. Frente al vicepremier chino, Qian Qichen, se mantuvo firme en el propósito de vender a Taiwan cuantas armas quisiera, desoyendo sus réplicas. Frente a Vladimir Putin, ex agente de la KGB, no demostró mejor disposición, expulsando diplomáticos rusos de Washington. Frente a Europa tampoco, defraudada por el naufragio del Protocolo de Kyoto. Ni frente a Ariel Sharon, sorprendido por su indiferencia hacia Medio Oriente. Ni frente a Corea del Sur, perjudicada por la desconfianza que despierta en él Corea del Norte, al igual que Irak e Irán.

En su momento, Reagan dijo en Berlín: «¡Señor Gorbachov, tire ese muro!» Y el muro cayó tiempo después. Bush, devoto de su ideario, está levantando otro muro. Solo, al parecer. En la madrugada de su presidencia. Con menos de tres meses en el cargo. En las antípodas de la regla Clinton en situaciones de conflicto: hacerse amigo de uno de los enemigos sin necesidad de pelearse definitivamente con el otro. Si el busto de Eisenhower hablara, quizá diría en un susurro: «Lo que vale no es el tamaño del perro en la lucha, sino el tamaño de la lucha en el perro».



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