Vulnerables




Quedan cada vez menos países invictos, con gobiernos sin pecado concebidos. En los otros, curiosamente desarrollados muchos de ellos, la gente se siente defraudada. O robada. O estafada. O, a lo sumo, decepcionada. No por la democracia (lo mejor que supimos conseguir), sino por sus bronces. En vida o post mortem. Lo cual corre por líneas separadas de la bonanza económica, caso Estados Unidos, o de la consolidación política, caso Alemania.

El caso Helmut Kohl, cual súbito piedrazo después de haber sido el canciller que más hizo por Alemania desde Konrad Adenauer, desnuda una cruda realidad: la necesidad de fondos frescos de los partidos políticos con tal de permanecer en el poder.

Necesidad de un mundo competitivo con leyes propias del mercado, incorporadas a la política, que, en su afán ciego, derivó en corrupción en las elecciones de 1994 en Alemania y arrastró, en su derrotero caudaloso, la imagen patriarcal de Kohl y, en complicidad, la memoria de François Mitterand (ya jaqueado en 1988, en Francia, por financiar su campaña con facturas falsas).

Son otros líderes, u otros bronces, en desgracia. Como, en 1992, Bettino Craxi, fallecido en su exilio de Túnez (acusado por el movimiento milanés Manos Limpias de recibir comisiones ilegales), y Felipe González (salpicado por informes fantasmas de un conglomerado que habrían devengado millones de pesetas al Partido Socialista Obrero Español).

Dieciséis años de Kohl en el gobierno quedaron expuestos a la deshonra por haber cobrado dineros secretos de un traficante de armas, con la anuencia de Mitterand, y haberlos depositado en cuentas, también secretas, de la Unión Cristiana Demócrata (CDU). Coincidió con más de una década y media, entre 1982 y 1998, en la que, gracias a su gestión, Alemania terminó unificada, sin el paredón que dividía Berlín, y Europa alcanzó con su guiño el acuerdo monetario.

El fenómeno, o el destape, es global. En el correlato de cada traspaso de gobierno en América latina, los que llegan encuentran habitualmente basura debajo de la alfrombra, salvo que hayan sellado un pacto con sus antecesores. Sospechas, como mínimo, despierta la obsesión de algunos presidentes de perpetuarse en el cargo. Aún a contramano de sus constituciones. ¿Alguien habrá reparado en el consejo de Luis Barrionuevo de dejar de robar por un plazo mínimo de dos años?

Y así como los palestinos critican a menudo la presunta corrupción del gobierno de Yasser Arafat, la policía de Israel encara, por primera vez en la historia, una  investigación criminal contra el presidente de su país, Ezer Weizman, por delitos fiscales y financieros que habría cometido en la década del 80.

Rodeados de fantasmas viven, a su vez, el ex primer ministro Benjamin Netanyahu y su mujer, Sarah, por haber aceptado regalos demasiado caros. No le va mejor a su sucesor, Ehud Barak, blanco de dudas por haber echado mano, supuestamente, de un fondo de beneficencia en su campaña electoral. Ni al gobierno chino, rozado por un contrabando de petróleo, autos y computadoras en el que estaría involucrada la esposa de uno de los hombres de confianza del presidente Jiang Zemin.

Ni, mucho menos, al ex presidente ruso Boris Yeltsin, en retirada tanto por su endeble salud como por las sombras que tendieron sus hijas, Tatiana Diachenko y Yelena Okulova, por haber aceptado presuntos sobornos de una compañía suiza que se habría visto favorecida con contratos millonarios para reparar edificios históricos de Moscú. En La Familia, su círculo íntimo, queda todo.

Ese es el problema. Que quede todo en las cabezas que ruedan. Si ruedan. Pocas, por regla general. Como sucede con Kohl, obstinado en llevarse a la tumba la identidad de los donantes del CDU. Pone en riesgo algo más que su lealtad. Verdad universal: nadie entrega fortunas sólo por amor al partido; espera, a cambio, decisiones políticas que favorezcan su negocio.

Una cosa no quita la otra, pero, seguramente, la actitud de Kohl sombreará su biografía. Con una mancha. Acaso peor que los dimes y diretes que generó en 1996 la campaña por la reelección de Bill Clinton, anfitrión de ricos y famosos que dormían en la cama de Lincoln y que desayunaban con él y con Hillary (velada que reportaba 50.000 dólares al Comité Nacional Demócrata), entre otras maniobras. Como los permisos para sepelios de veteranos de guerra que no eran en el cementerio de Arlington, o la aceptación de fondos ilegales de origen chino (luego devueltos), o los pedidos de aportes a popes de varias compañías.

Sorprende después, cual aterrizaje de extraterrestres, la crisis de los partidos y, como consecuencia de ello, la irrupción de excéntricos, como el catcher Jesse Ventura, gobernador de Minnesota. O el rebrote de nostálgicos de la barbarie nazi, como Joerg Haider en Austria, con sus absurdas promesas de moralina y de limpiezas étnicas. O, como en Italia, el ascenso de la derecha de Silvio Berlusconi.

Sorprende, también, la hipótesis de la analista política norteamericana Barbara Probst Solomon: “Hace falta inteligencia para ganar dinero y tener éxito en los Estados Unidos; yo lo he conseguido por mí mismo; por consiguiente, no he participado en el saqueo político”.

¿Sólo en los Estados Unidos? No por nada la secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright, advirtió en el foro económico de Davos que varios gobernantes están más concentrados en enriquecerse que en hacer su trabajo. La democracia por sí misma, con elecciones periódicas, no garantiza la honestidad de quienes ejercen el poder.

Un informe de la Unión Europea señala que Suecia dispone del mejor paraguas contra la corrupción. Tendrá razón, sin embargo, George Stephanopoulus con la estrategia que diseñó en 1992 para la campaña de Clinton, llamada haiku: “Cambio o más de lo mismo (idea robada a Ross Perot), “No olvidar la cobertura de salud” y, elemental, Watson, “Es la economía, estúpido”. Un buen resultado en ese rubro, al parecer, permite conservar el invicto a pesar de todo, incluso de Monica Lewinsky, y de Paula Jones, y del caso Whitewater (negocio inmobiliario turbio mientras era gobernador de Arkansas)… Y aquí no ha pasado nada.



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