Acaso la mira se desvíe de Irak




El peor atentado después de la voladura de las Torres ha sido otro sofocón para Bush, empeñado en derrocar a Saddam

Irritado por la hora, Bill Clinton atendió el teléfono. Eran las 7.18 de la mañana. Y tenía planes: iba a celebrar en la nueva casa de Hillary en Nueva York sus 25 años de matrimonio, por tomentosos que hubieran sido, e iba a jugar golf, pasión de presidentes desde Gerald Ford, antes de regresar a Washington. No pudo, sin embargo.

Sandy Berger, asesor de Seguridad Nacional, no reparó en la agenda de ese día, 12 de octubre de 2000. Ni pensó en ella mientras comenzaba a desgranar con voz pastosa el espantoso atentado contra el destructor USS Cole, anclado en el puerto de Aden, Yemen, después de haber cumplido con su rutina de controlar los movimientos de las tropas de Irak en el Golfo Pérsico. Diecisiete marinos norteamericanos habían muerto y otros tantos habían resultado heridos.

La tragedia, dos años y monedas después de la voladura de las embajadas norteamericanas en Kenya y en Tanzania, coincidía con la cumbre en Sham El-Sheik, Egipto, entre el premier israelí, Ehud Barak, y el líder palestino, Yasser Arafat; en ella, después de haber invertido casi toda su presidencia en el proceso de paz, Clinton había depositado su última esperanza de resucitarlo, rediviva la intifada desde el 28 de septiembre. La tragedia coincidía, también, con el debate televisivo, y crucial, entre los dos extraños que pretendían ganar las elecciones del 7 de noviembre en los Estados Unidos: Al Gore, ladero con la cual no tenía mejor relación que con Hillary, y George W. Bush.

Fueron para Bush. Dos años después, el mismo día, 12 de octubre, otra tragedia, la peor desde el 11 de septiembre de 2001, revivió los fantasmas de Yemen, por más que el blanco no fuera militar ni norteamericano. Ni las víctimas. Si de choque de civilizaciones se ha tratado, las civilizaciones chocaron, pues, en Bali, Indonesia. El altar profano en el cual murieron casi 200 personas.

Turistas, en su mayoría. E inocentes, desde luego. Sorprendidos por bombas cuya onda expansiva vino a poner de inmediato el ojo, y la bala, en el entrecejo de Al-Qaeda. Y de Osama ben Laden, jubiloso, ese mismo día, con la recreación de la jihad (guerra santa) merced a los atentados contra un petrolero francés en las costas de Yemen, su tierra, casualmente, y contra infantes de marina norteamericanos en Kuwait.

Zarpazos todos ellos contra el gendarme del mundo, Bush, obstinado en derrocar a Saddam Hussein como segundo atenuante, después de Afganistán, de una causa en la cual tiene poco que ganar y, al mismo tiempo, tenemos mucho que perder. No tanto por él y sus afanes reivindicativos, acaso obsesivos, sino por la enésima confirmación, esta vez en Indonesia, el país con mayor población musulmana del mundo, de las características del enemigo. Sin domicilio fijo ni Estado patrocinante.

Organizado, al parecer, en células durmientes que despiertan de pronto, como Clinton aquella mañana, y golpean donde más duele. ¿Qué buscan, más allá de la jihad alentada por Ben Laden o, si está muerto, no existe, lo que fuere, quien usa su nombre como una marca registrada? Desestabilizar. Más que eso, quizá: radicalizar las diferencias, vulnerando aquello que parecía invulnerable. Como parte del juego más absurdo que la humanidad supo inventar: la guerra.

Guerra en la que no encajaba Bali. Inmune a las bajas del turismo después de la voladura de las Torres Gemelas. Con operadores que, explotando el rito exótico de la boda de Mick Jagger con Jerry Hall, se ufanaban de las bondades, y de los adjetivos, de la prensa rosa sobre el mayor archipiélago del mundo, sus playas paradisíacas, sus volcanes majestuosos y sus colinas onduladas. Levemente onduladas, despeinadas de nubes hechizantes.

No inmune, no obstante ello, a una de las dictaduras más feroces de los últimos tiempos. Con el general Suharto a la cabeza, matando presuntos comunistas y, después, independentistas de Timor. Ni inume, como endija entre el Pacífico y el Indico, a la expansión de China hacia el Sur mientras transita por sus costas el petróleo que va a Japón y a los Estados Unidos.

Ocasión que pudo haber aprovechado Abu Bakar Bashir, líder de la organización islámica indonesia Yamaá Islamiyá. Está incluido en la lista de terroristas del gobierno norteamericano como presunta red local de Al-Qaeda. O mero contacto. Simpatía, como mínimo.

Indicio de un golpe calculado que coincidió con el segundo aniversario del boquete en el USS Cole y coincidió, asimismo, con el aval que recibió Bush del Senado para demoler el régimen de Bagdad, legitimado por otros siete años, después de dos décadas de Saddam hasta en el rezo, por medio de un referéndum que sería el sueño, o la utopía, de todo animal político: ganó el sí por el ciento por ciento.

El atentado en Bali ha reforzado la línea dura de Bush, torciendo hasta las rigideces del gobierno de Indonesia. Era renuente a aceptar la llamada internacionalización del conflicto, cauteloso ante el dilema de ir contra la corriente interna. Pero el sudeste asiático ha sufrido en menos de una semana más de un atentado.

Y pagó con creces por ellos: una explosión fuera del consulado de Filipinas en Manado, Indonesia; una granada contra la embajada de los Estados Unidos en Yakarta; una bomba que mató en Filipinas a un soldado norteamericano y a tres ciudadanos nativos, y una posterior que mató a otros tantos.

Crisis expandida, pues, que desvía la mira de Irak, por más que tenga por sí mismo sus contras. O represente una de las contras como socio activo del eje del mal. La otra, sin lazo visible en apariencia, sigue siendo Al-Qaeda. O sus filiales de identidades varias y localizaciones imprecisas, temerosos muchos gobiernos de aceptar las demandas de Bush, corroboradas por las Naciones Unidas, de evitar complicidades, apañándolas, y de bloquear sus giros de divisas.

Oscuros laberintos de la corrupción, convengamos. En ellos, se presume, un llamado de teléfono bien temprano sería más devastador que el madrugón de Clinton. Capaz de desvelar, o de cancelar, el aniversario de aquellos que, entrazados en una fachada democrática, confiaban en celebrar bodas de plata, de oro o de diamante. Devenidas, súbitamente en Bali, en bodas de sangre.



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