Arde París




Buscados: muertos o vivos por crímenes contra el Islam

Los atentados en Francia responden al mandato terrorista de propagar la guerra santa contra aquellos que se burlen de Mahoma, pero también reflejan las diferencias entre Al-Qaeda y el grupo Estado Islámico

Hasta el 11 de septiembre de 2001 nadie imaginaba que aviones comerciales, secuestrados y tripulados por terroristas suicidas, iban a estrellarse contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Hasta el 11 de marzo de 2004 nadie imaginaba que trenes repletos de gente iban a ser blanco de atentados cerca de Madrid. Hasta el 7 de julio de 2005 nadie imaginaba que el metro de Londres iba a convertirse en una trampa mortal para sus pasajeros. Hasta el 7 de enero de 2015 nadie imaginaba que París y sus suburbios iban a vivir tres días en vilo por la masacre en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo y la toma de rehenes en una tienda de comida judía.

El grupo sunita Estado Islámico (EI), tristemente célebre por decapitar periodistas, cooperantes y ciudadanos occidentales, se apresuró a tildar de “héroes” a los hermanos Chérif y Said Kouachi, secundados por un cómplice, Amedy Coulibaly. Todos fueron abatidos en un raid policial que ha puesto a Francia frente a su peor espejo. En el país viven cinco millones de musulmanes. El gobierno socialista de François Hollande, en caída libre en los sondeos de popularidad, lidia con la prédica xenófoba del Frente Nacional de Marine Le Pen, embarcada en reponer la pena de muerte. La guillotina fue abolida en 1981. Gobernaba François Mitterrand.

Los terroristas, hayan actuado por su cuenta como lobos solitarios o como células dormidas del EI o de la filial de Al-Qaeda en Yemen, también llamada Al-Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), lograron su cometido: infundir miedo. La consigna “Je suis Charlie”, con la cual comulgo en solidaridad con el derecho de los humoristas y de los periodistas de interpretar la realidad como les plazca, no mitiga el trauma ni la autocensura después de atrocidades de esta magnitud. El cruento desenlace no garantiza nada, como dejó dicho Hollande: “Francia no ha terminado con las amenazas”. Ni Francia ni ningún otro país acechado por el terrorismo, agrego.

En este caso, un pequeño grupo conectado y dividido en dos comandos sumió en la angustia a una sociedad en alerta máxima por las amenazas del islamismo radical. Bajo el título “Wanted: Dead or Alive for crimes against Islam” (Buscados: muertos o vivos por crímenes contra el Islam) y con la leyenda “Yes, we can. A bullet a day keeps the infidel away” (Sí, se puede. Una bala al día mantiene al infiel alejado), Inspire, la revista propagandística de Al-Qaeda, publicó en 2013 los nueve nombres de sus enemigos. Figuraba entre ellos el director de Charlie Hebdo, Stéphane Charbonnier, Charb, uno de los 12 asesinados en la redacción.

Algunos de los buscados, “muertos o vivos”, no “vivos o muertos”, están relacionados con la controversia desatada por el diario danés Jyllands-Posten al publicar, en 2005, las caricaturas de Mahoma. Son, entre otros, el dibujante Kurt Westergaard, que se salvó de un intento de asesinato, y los editores Carsten Juste y Flemming Rose, así como el dibujante holandés Lars Vilks. “Cuando alguien mata a un humorista, no es para que deje de dibujar o de escribir o de contar sus ocurrencias, sino para que los que quedamos vivos dejemos de hacerlo”, reflexionó el escritor español Javier Pérez Andújar. Por suerte, no lo consiguen.

En ingrata coincidencia con las masacres, Michel Houellebecq se aprestaba a presentar su sexta novela, Soumission (Sumisión). Está ambientada en 2022. En ella, los medios de comunicación franceses ocultan en forma deliberada episodios frecuentes de violencia urbana. Todo se tapa. En pocos meses, el líder de un novedoso partido musulmán es elegido presidente. En la segunda vuelta, el 5 de junio de ese año, después de elecciones teñidas de fraude, Mohammed ben Abbes vence a Marine Le Pen. Al día siguiente, las mujeres dejan de llevar vestimenta occidental. Luego cae el desempleo masculino, los barrios pasan a ser seguros y los profesores universitarios no musulmanes se ven obligados a acogerse a la jubilación anticipada.

Es ficción. No es ficción que el EI, Daesh en árabe, declaró una “cruzada contra los sucios franceses” en septiembre de 2014. En un video, tres mujahidines (combatientes) convocan a los suyos. Están por decapitar al montañista Hervé Gourdel, también francés, en Argel. El ejército argelino mató después al autor del secuestro y del asesinato, Abdelmalek al Guri, emir de Jund al Jilafa (Soldados del Califato), brazo del EI en Argelia. Más de 1.400 franceses adhieren a la jihad (guerra santa). De ellos, 380 engrosan en Irak y Siria las filas del EI, desmarcado de Al-Qaeda. El EI y Al-Qaeda prometen venganza contra los blasfemos de Mahoma, pero discrepan en los métodos y se disputan el liderazgo.

Tanto la filial yemení de Al-Qaeda, mencionada por uno de los terroristas abatidos en París, como la magrebí (Al-Qaeda en el Magreb Islámico, AQMI) alentaron a los mujahidines a crear el califato del iraquí Abu Bakr al Bagdadi, pero, cansados de sus ambiciones personales, declararon la “ilegitimidad” del EI. En septiembre de 2011, el clérigo norteamericano de origen yemení Anuar al Aulaki, indignado con las caricaturas de Mahoma, proclamó: “Lucharemos [por el profeta], instigaremos, pondremos bombas y asesinaremos [por él]”. Aulaki murió un año después en un ataque de la aviación norteamericana. Había recibido en su madriguera de Yemen a Said Kouachi, uno de los autores de la masacre en la redacción de Charlie Hebdo.

AQPA, al mando del yemení Nasser al Wuhayshi, tiene su propio prontuario. En 2009, en un vuelo de Ámsterdam a Detroit, falló el explosivo que llevaba adherido a la ropa interior el nigeriano Umar Faruk. Un año después, un aviso de Arabia Saudita impidió que dos aviones transportaran bombas de Yemen a los Estados Unidos. ¿Por qué AQPA compite con el EI? Bagdadi, alias el califa Ibrahim, anunció que iba a extender sus dominios a Yemen, donde el AQPA hostiga al movimiento chiita Huti. Eso enardeció al sucesor de Osama bin Laden, el egipcio Ayman al Zawahiri, interesado en adjudicarse la autoría de los crímenes en París ante la posibilidad de que el EI, no familiarizado con los atentados en Occidente, pretendiera sacar partido de la obsesión mutua de “vengar el honor del profeta”.

De haber sido lobos solitarios, más allá de su apego a Al-Qaeda y el EI, los Kouachi y su amigo Coulibaly siguieron los pasos del responsable de la toma de rehenes en Sidney, del asesino de cuatro visitantes de un museo judío en Bruselas, del terrorista que mató a un soldado canadiense en Ottawa y del psiquiatra del ejército norteamericano que liquidó a 13 personas en una balacera masiva en Fort Hood, Texas, en respuesta a las campañas de drones lanzadas por los Estados Unidos en Yemen, Irak, Afganistán y Pakistán. Más de 3.000 europeos, atraídos por la retórica radical islámica, nutren las filas del EI. Otros tantos simpatizan con Al-Qaeda. El enemigo, aunque nadie lo imagine, duerme en casa.



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