El mismo afán, la misma furia




A raíz de la masacre de Beslan, Putin prometió aplicar la fórmula de Bush que rechazó antes de la guerra contra Irak

En la Convención Republicana, George W. Bush se mofó de sí mismo. De sus furcios frecuentes, en realidad, recopilados en hilarantes antologías llamadas «bushismos». Entre ellos, uno, quizá, defina como ningún otro la dinámica de acción y reacción de su gobierno. Debía hallar una fórmula eficaz para evitar los incendios forestales; la halló de inmediato: talar los bosques. Provocó asombro, pero, por tratarse de quien se trataba, se ganó un lugar de privilegio en la agenda. Terminaron desechándola, desde luego.

Otras ocurrencias de Bush no han corrido la misma suerte. Debía hallar una fórmula eficaz para evitar los atentados en los Estados Unidos; la halló de inmediato: ir por los terroristas donde fuere, vulnerando soberanías nacionales y reglas internacionales. Provocó iras, pero, por tratarse de quien se trataba, se ganó un lugar de privilegio en la agenda. Terminaron desechándola muchos. Entre otros, Vladimir Putin, renuente a convalidar la guerra contra Irak en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El resultado provisional desde marzo de 2003, más de mil soldados norteamericanos muertos y otros tantos militares y civiles de países varios, así como iraquíes de a pie, enrolados en la resistencia o adscriptos al terrorismo, no ha sido suficiente para demostrar la ineficacia de la fórmula. Fórmula que Putin, después de haber incorporado a la doctrina militar rusa el uso de la fuerza preventiva desde fines de 2002, ha hecho propia al son de las trompetas funerarias y del cuerno de caza en honor de las víctimas de la sádica toma del colegio de Beslan, Osetia del Norte.

Ergo: para evitar los incendios forestales, hay que talar los bosques; para evitar el desempleo, hay que eliminar a los desempleados; para evitar las inundaciones, hay que secar los ríos; y para evitar los atentados, hay que ir por los terroristas donde fuere. Y, con tal de no desentonar con la dinámica de acción y reacción del gobierno de Bush, para cazar a los líderes chechenos hay que poner precio a sus cabezas, por más que, cual réplica o desafío, ellos mismos hayan puesto precio a la cabeza de Putin. Doblaron la apuesta: 20 millones de dólares contra los 10 millones prometidos en Moscú por Aslan Masjádov y Shamil Basáyev.

Si Rusia va por ellos, Bush y su socio Tony Blair están persuadidos: los Estados Unidos y Gran Bretaña han ofrecido asilo político a los emisarios de Masjádov, equiparado, después de la tragedia de Beslan, con Osama ben Laden, al igual que los separatistas chechenos con los terroristas islámicos. Sobre ellos, excepto los hilos en común por la religión musulmana que domina el Cáucaso y por la presencia de árabes entre los guerrilleros, no hubo indicios de conexión con la masacre. Al-Qaeda no se ufanó de ella ni sacó rédito de la dramática toma en sí.

Desde el comienzo, Putin dejó entrever que las demandas del final de la guerra de Chechenia y del retiro de las tropas federales de la región, embriones de la independencia, no eran más que una treta. Detrás de los guerrilleros, con explosivos adosados a sus cuerpos, adujo que había una red internacional, así como en los golpes en la boca del estómago que recibió en las dos semanas previas: la voladura de dos aviones de pasajeros y el atentado mortal en la entrada de una estación de subterráneos en Moscú.

En ningún momento, asumió el problema como nacional. Ni quiso vincularlo con una guerra inconclusa, desatada entre 1994 y 1996, tras la cual quedó pendiente el nudo del conflicto: la relación entre Chechenia y Moscú. Tal vez porque los separatistas adoptaron métodos cada vez más brutales, parecidos a los aplicados por Al-Qaeda y por Hamas, razón por la cual la venia para adoptar la fórmula de Bush de las guerras preventivas, practicada por Ariel Sharon, ha cerrado el círculo vicioso en el cual se movían Putin y sus antecesores.

Desde 1999, mientras el mundo miraba fijo la limpieza étnica en Kosovo y las represalias higiénicas de la alianza atlántica (OTAN), en el rabillo se asomaba Chechenia, inspirada en la intención del general Dzhojar Dudáyev, desde fines de 1991, de desequilibrar la estructura del Estado con la independencia. Fue el primer presidente de la entonces República de Chechenia-Ingusetia, tras elecciones poco democráticas, vedada la participación de los no chechenos. De ahí, la decisión de los ingusetos de crear su república. Y de distanciarse del inminente wahabismo, movimiento islámico radical de origen saudita con apoyo económico externo.

La primera intervención rusa hizo aquello que Dudáyev no había logrado: unir a los chechenos. Lo cual no garantizó nada, reacia Moscú a deshacerse de un territorio surcado por los oleoductos que transportan petróleo desde el Mar Caspio y, desde Rusia, hacia Occidente.

Los recursos escasos, correlato de la crisis rusa, obraron a favor de aquellos que abrazaron la causa de la independencia, como Masjádov (presidente durante la guerra, de 1994 a 1996) y Basáyev (líder de la incursión guerrillera contra Daguestán, en agosto de 1999).

Convencido el Consejo de Seguridad de que iba a ser una operación relámpago, el ex presidente ruso Boris Yeltsin ordenó el 11 de diciembre de 1994 la intervención de Chechenia. No duró un día ni dos, sino hasta el 21 de abril de 1996. Esa noche, precisamente, los servicios de seguridad de Moscú revelaron que había muerto Dudáyev a causa del impacto de un misil tierra-aire dirigido con un sistema de localización por satélite. El retiro de las tropas federales, confiadas en que sin él los chechenos habían perdido fuerza, fue un error, confirmado después, el 6 de agosto, con la ocupación de Grozny, la capital de la república.

Los líderes separatistas tenían aliados: los Estados Unidos y la Unión Europea habían reprobado la embestida del ejército ruso y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) había condenado la violación de los derechos humanos. Chechenia, sin embargo, no recibió reconocimiento alguno de su reclamo de independencia. La tregua firmada el 12 de mayo de 1997 por Masjádov, entonces moderado, y el general Aleksandr Lébed, enviado de Yeltsin, no resolvió la cuestión de fondo.

Con la opinión pública conmocionada por el lacerante video grabado por los guerrilleros dentro del colegio de Beslan, Putin apeló al paradigma de las guerras preventivas que adoptó Bush como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Rubricó de ese modo el presunto derecho de atacar sospechosos en cualquier rincón del planeta, ampliando un radio de acción que antes consistía en «sacarlos de sus madrigueras y aniquilarlos» dentro de los límites de Rusia.

Para evitar los incendios forestales hay que talar los bosques, pues, por más que, con Irak en llagas, un fundamentalismo sea respondido con otro fundamentalismo. Con amenazas tremendas contra las libertades civiles, profundizando las diferencias latentes por el nacionalismo y la religión.

Putin equiparó el drama de Rusia con la intifada (sublevación palestina) y con los rigores norteamericanos después de los atentados contra las Torres Gemelas, sin reparar en que, a diferencia de ellos, no pudo probar que la masacre de Beslan ha sido organizada y ejecutada desde el exterior.

Un asunto interno pasó a ser internacional por el atolladero en el que se ha visto cada vez que quiso enfrentarlo. La radicalización del conflicto ha reforzado, en definitiva, otro bushismo: nos odian porque somos libres. Dejemos de ser libres y, seguramente, evitaremos el odio, digo yo.



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