País rico, país pobre




En el mejor momento económico, América latina enfrenta agudas crisis políticas

Es un buen momento: la democracia se consolida, la economía crece, la inversión sube, la pobreza baja, la desigualdad no avanza, el precio de los commodities (materias primas) aumenta y los derechos humanos gozan de respeto. Es un buen momento para América latina y, sin embargo, esos progresos, y algunos más, se ven empañados por repentinos conflictos diplomáticos, agudos problemas sociales e inoportunas polarizaciones políticas.

En lo externo, si no es por la inaudita crisis entre la Argentina y Uruguay por la pastera de Fray Bentos, estalla el pleito entre Colombia y Ecuador por las FARC o Hugo Chávez prepara, apunta y rompe relaciones con alguno de sus pares. En lo interno, si no es por la derrota no asumida de Andrés Manuel López Obrador en las presidenciales de México, estalla el pleito entre los Kirchner y el campo o Evo Morales prepara, apunta y denuncia un complot para dividir aún más a Bolivia.

Curiosamente, en el ánimo de los promotores del referéndum de Santa Cruz nunca tuvo prioridad declarar la independencia, como en los Estados balcánicos de Kosovo y Montenegro, ni abogar por la autodeterminación, como en las Malvinas. En la campaña por el sí, coronada con una abrumadora victoria, el prefecto Rubén Costas fantaseó con la creación de una segunda república en la cual convergieran los otros departamentos de la Media Luna andina, Pando, Tarija y Beni. Pura pirotecnia proselitista, sometida nuevamente a prueba en el próximo referéndum revocatorio. Esta vez, de Morales, los prefectos y que el último apague la luz, según la convocatoria aprobada por el Senado.

El quid de la porfía son las elevadas contribuciones de esa región al producto bruto interno de Bolivia, más allá de las añejas disparidades étnicas, sociales y políticas con la otra. En vísperas del referéndum, Morales y Chávez endosaron el presunto plan separatista al embajador norteamericano, Philip Goldberg, por su experiencia en los Balcanes, y al líder del Comité Cívico Pro Santa Cruz, Branko Marinkovic, por sus raíces croatas. Era una forma de levantar una muralla entre la Bolivia rica y la Bolivia pobre. Contribuyó a ese juego de opuestos, rayano en la discriminación mutua, la reforma constitucional promovida por Morales y aprobada sólo por su gente en la Asamblea Constituyente de noviembre de 2007.

La Bolivia rica discrepa con la intención de la Bolivia pobre de alentar “la refundación” del país, como señala el texto constitucional, con la premisa de concebir un “Estado unitario social de derecho plurinacional comunitario”. La Bolivia pobre discrepa con la intención de la Bolivia rica de instalar, como señala el texto autonómico, un “régimen de autogobierno, gozando de autonomía para la gestión de sus intereses”.

La partición del país es imposible. Sobre todo, por la falta de reconocimiento externo de la región que pretenda izar su bandera. Es uno de los requisitos para crear un Estado, así como tener un territorio definido, poseer una población permanente y contar con un gobierno establecido. “El simple hecho de cumplir con los requisitos y declararse independiente no significa que te vayan a tomar en serio”, advierte Joshua Keating en la revista Foreign Policy. Y da como ejemplo el vano empeño del Principado de Sealand en ser admitido por la comunidad internacional.

Cierto. En 2007, el príncipe Michael de Sealand puso en venta sus dominios: una isla artificial, frente a la costa de Inglaterra, valuada en 750 millones de euros. El contrato establecía como condición el compromiso de continuar con la farsa de legitimar el principado, una plataforma de hormigón de mil metros cuadrados, montada sobre dos pilares, en el Mar del Norte. La descubrió en 1967 el ex mayor del ejército británico Roy Bates y, con ansia de conquista, se instaló en ella con su familia.

Mientras Roy inventaba su principado, Michael Oliver, millonario de Las Vegas, pretendía inaugurar la República de Minerva en unos arrecifes, al sur de Fiji. Por medio de la Ocean Life Research Foundation, con oficinas en Nueva York y Londres, donó varios millones de dólares para el proyecto. La micronación, fundada en 1972, iba a vivir de las industrias ligeras, las actividades comerciales y la pesca.

A diferencia de ambos experimentos, ni Santa Cruz ni los otros departamentos andinos planean instituir un Estado de facto. No son como Kosovo, que goza de integridad territorial y de ciertas prerrogativas por las cuales Serbia, de la que se separó en forma unilateral, no puede reincorporarlo a la fuerza. Ni son como Montenegro, el Estado número 192 de las Naciones Unidas desde 2006.

Tampoco Bolivia es como Bélgica, cuyos partidos francófonos y flamencos batieron un récord de nueve meses sin formar gobierno por no acordar una reforma que incluyera la redistribución de las competencias para sus dos comunidades lingüísticas. De separación no hablaron los belgas, por más que, como los bolivianos, unos y otros no puedan compartir ni el resentimiento.

Es un buen momento para América latina, aunque, a veces, presa rencores ancestrales o pleitos a estrenar, se distrae en bretes que nublan sus progresos. Y el horizonte.



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